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Ana González

Heterodoxa e irrenunciable

Lejos de conformarse con el destino que otros habían diseñado para ella, Constanza Figueroa se deshacía del determinismo al que la abocaba su condición para erigirse en única dueña de su vida y su destino. No era un simple personaje. Era, también y sobre todo, un símbolo. Cuando escribió sus andanzas, Carmen Gómez Ojea se había dado a conocer con algunos textos, pero seguía siendo una desconocida para la inmensa mayoría de lectoras y lectores. El 6 de enero de 1982, la novela que narraba los avatares de aquella mujer gallega que se rebelaba contra la condena que la recluía en las estrecheces del palacio de los Mármol obtenía el Nadal. El titular con que el periódico El País encabezó la información al día siguiente ilustra bien el modo en que se concebía la realidad en la España de entonces: "Carmen Gómez Ojea, ama de casa asturiana, premio Nadal con ‘Cantiga de agüero’".

El paso del tiempo demostró que lo que aquella frase parecía mostrar subliminalmente como anécdota era, en realidad, la norma. Carmen Gómez Ojea no dejó nunca de ser ama de casa, pero por encima de eso fue una escritora portentosa que, siguiendo la recomendación de Virginia Woolf, tuvo la valentía de buscar una habitación propia desde la que plasmar su visión de la sociedad y de la historia. Escribir es entablar un diálogo con el mundo, y ella nunca cejó en su empeño de tratar de tú a tú a héroes y canallas, de escudriñar las esquinas más olvidadas del pasado, de destacar el poder de la imaginación frente a las flaquezas de la realidad, de reivindicar el papel que las personas cuyos nombres jamás se escriben con letras de molde juegan en la construcción de esa gran epopeya colectiva de la que todas y todos formamos parte. Mujer ilustrada y feminista, heredó a su modo del mismo afán que guio a ese Jovellanos al que desmitificó y humanizó a partes iguales en su novela "Pentecostés". Dueña de un estilo reconocible y deslumbrante, defendía la sabiduría que desprenden la tradición y las formas populares y dominaba todos los registros con una naturalidad que convertía su prosa en un modelo de sagacidad y lucidez. Fue una agitadora cultural infatigable y una mujer siempre dispuesta a presentarse allí donde se requiriesen su verbo y su talento. Trataba con cariño a las generaciones más jóvenes cuando acudían a ella en busca de consejo y entendía la literatura como una fuente de placer y de conocimiento. La cultura asturiana y española pierden a una de sus representantes más heterodoxas e irrenunciables. Gijón se queda, además, sin una de sus vecinas más queridas, probablemente aquella que mejor supo leer la propia ciudad, que le otorgó su Medalla de Plata en 2010, y también una de las que mejor acertó a ponerla por escrito.

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