Opinión

Elogio de las metáforas

"Se sabe dónde comienza, pero no dónde concluye una metáfora…". La frase me vino a los labios de pronto en medio de la nevada más grande de las últimas décadas en Asturias, mientras la voz, el don y la guitarra de Amancio Prada ponían un nudo en las gargantas de aquel largo centenar de personas que asistieron un 29 de febrero, hace ahora veinte años, a la inauguración en la capilla de los Dolores de Grado de una apasionada y apasionante historia de amor llamada “Aula de las Metáforas”.

"Se sabe dónde comienza, pero no dónde concluye una metáfora…" dijimos y asentimos todos de inmediato, como un coro unánime, colocando esa frase como lema inicial de una aventura que partía entonces con emoción mal contenida y una ilusión desbordante.

También con el temor a que dichas palabras quedaran finalmente reducidas a una conjunción de líricas, pero efímeras voluntades. Ajenos desde luego al increíble, mágico, inaudito devenir que tras tan lúdica botadura le aguardaba al Aula.

Porque ni en mis sueños más optimistas, pude imaginar nunca que alcanzaríamos este aniversario con un historial de convocatorias tan rico, plural e intelectualmente privilegiado. Lecturas, recitales, ciclos, encuentros, conferencias, incluso exposiciones, como la dedicada a Albert Camus, llegada tras hacer escala en Tokio, París y Buenos Aires… Un sinfín de memorables eventos que, bajo la gestión de Leopoldo Sánchez Torre, y el apoyo entusiasta -por amor al arte, conviene recordarlo-, de los infatigables Manuel García Rubio y Covadonga Santianes, se han sucedido sin tregua a lo largo de estos años. Y jalonados todos ellos por decenas de inolvidables veladas poéticas y musicales en las que Grado y la poesía, la poesía y Grado, se han hermanado cordial, sentimental, definitivamente, hasta sellar un pacto de mutuo intercambio.

Un elenco de lujo que tuvo como sucesivos maestros de ceremonia la voz, la música y la palabra de personalidades como Ángel González, Antonio Gamoneda, Joan Margarit, Amancio Prada, Olvido García Valdés, Laura Scarano, Marta Ferrari, Marcela Romano, Luis Eduardo Aute, Víctor Manuel, Niall Binns, Pastora Vega, Adonis, Joan Luis Alberto de Cuenca, Berta Piñán, Xuan Bello y tantas y tantos otros domadores del vértigo, patriarcas de la belleza, que nos dejaron lo mejor de su oficio en unas lecturas y recitales cargados de hondura, abismos y bellezas. Poesía pura.

Un verdadero seísmo emocional que alcanzó sus cotas más altas e insospechadas con la presencia del mismísimo Leonard Cohen, y un no menos aclamado Joan Manuel Serrat, a los que se sumó el año pasado la experiencia que supuso la visita a Grado, como flamante Premio Aula de las Metáforas, del actor Pepe Sacristán, declamando poemas de Federico García Lorca en la mismísima plaza de Ponte, donde Federico instaló en 1932 su Barraca, y llegando a proclamar en público “sentirse” desde ese día como un moscón más.

Mucho más espacio necesitaría para poder enumerar el nombre de cada uno de los artistas plásticos -Eduardo Beato, Carlos de Paz, Chema Madoz, Asunción Carandell, Fernando Vicente, Pep Carrió, José Hierro en su vertiente pictórica, entre otros- que han donado obras al Aula de las Metáforas, hasta convertir su espacio en un verdadero museo que cuenta también con obras de artistas universales como Miró o Benjamín Palencia, por no mencionar las magníficas bibliotecas particulares donadas al Aula por poetas y escritores como José Agustín Goytisolo, Jordi Doce o Miguel Munárriz.

Tiemblo aún cuando escribo los párrafos anteriores, porque cuesta no restregarse los ojos ante tan exhaustiva nómina, me parece imposible lo conseguido hasta aquí. Lo que ha sido posible también por el apoyo que hemos recibido siempre del pueblo de Grado, acudiendo en masa a cada convocatoria, llenando una y otra vez las salas del Aula, emocionándose cómplices con nosotros en tantos momentos que han quedado ya para la memoria colectiva de la Villa. Un logro común y un orgullo personal que no sería justo ni completo si no recordara en este momento a Gustavo Fernández, el inconmensurable bibliotecario de la Casa de Cultura de Grado, viga imprescindible en el día a día, año a año, del proyecto, así como a las sucesivas concejalas y concejales de distintas corporaciones que sin desmayo soplaron siempre con tesón las velas de esta nave desde aquel primer día en el que un poeta originario de esta hermosa villa presentó el proyecto al entonces alcalde José Sierra.

¡Gracias a todos!

Porque sólo como palabra pública y habitada tiene sentido el verso, la espuma y el barro de los poetas, así como la existencia de una Biblioteca poética nacida para la lectura y la imaginación, y entendida desde sus orígenes como un organismo vivo, útil, utópico, esencial y en permanente pie de conciencia; una auténtica "Sublevación Inmóvil" según bautizó el poeta Antonio Gamoneda enuno de los cientos de recitales convocados en estos veinte años por el Aula

POETAS

la voz de los poetas,

los que aventan palabras, los que tejen la piedra,

los que avivan los grifos del incendio y se lavan los dedos

en sus llamas, los que esculpen espejos como arterias

y echan bloques de azúcar en los campos

minados de la sangre, los que sueñan cuchillos

y atraviesan el filo de las noches c on un pie en la galerna

y otro quieto en el barro de las casas natales, los que llaman

a voces a los botes, y callan luego al borde del rescate

y ven cómo se aleja la ambulancia pasándoles de largo,

los que atizan cometas y hurgan calmas y confunden

las rayas de las cebras con las rayas de un tigre,

el galope de un pez con la espina de un árbol,

los que tienen siempre hambre, los saciados, los que buscan

sinfín y al fin se abocan como dientes de leche

condenados al tránsito, los que arrojan palomas

a sus pozos y arena a sus paraguas, los que no

se conforman, los pálidos la miel los contagiados,

los que nunca se rinden, los que mueren de pie bajo los cascos

de los mismos caballos que inventaron, los que arengan

al poema con sus tropas, verso a verso ordenadas

y engañan luego al mundo con sus banderas blancas,

los que imantan las brújulas de lluvia

y al calor de la herrumbre, una noche de perros

inventaron el don de las metáforas