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reportaje

Alan Lomax, el blanco que cambió la historia del blues

El etnomusicólogo relata en la monumental crónica “La tierra que vio nacer el blues” sus epifánicas expediciones a las fuentes de la cultura afroamericana, en el delta del Misisipí

Alan Lomax escucha una grabación en los años cincuenta

Alan Lomax escucha una grabación en los años cincuenta

El cazador de canciones Alan Lomax llevaba un tiempo tras la pista de Robert Johnson. Había tenido el privilegio de escuchar las cintas que un equipo de Columbia Records había grabado en los años treinta a aquel joven y enigmático guitarrista durante una gira por el sur de Estados Unidos y enseguida comprendió que Johnson era “uno de esos individuos especialmente dotados a partir de cuyos logros trabajan las generaciones posteriores de artistas menos talentosos”. Así que se impuso el desafío de dar con él y hacer nuevas grabaciones. En 1941, en el curso de un periplo por el delta del Misisipí, Lomax, siguiendo las indicaciones del bluesman Willie Brown, llegó hasta la casa de la madre de Robert Johnson, una choza de madera pintada en el condado de Tunica. Allí salió a recibirlo “una viejecita negra y flaca que llevaba puesto un saco negro de algodón, lleno de polvo del campo”. Cuando Lomax le explicó el motivo de su visita, la mujer respondió con voz inexpresiva: “Sí, señor, soy Mary Johnson. Y Robert es mi hijo menor. Pero el pequeño Robert está muerto”.

Napoleon Strickland, tocando el pífano en una fiesta en Como, Misisipí, en 1967.

Napoleon Strickland, tocando el pífano en una fiesta en Como, Misisipí, en 1967.

Así fue como el mundo supo que uno de los músicos de blues más influyentes de la historia, inspirador de numerosas leyendas de orden sobrenatural, había fallecido a los 27 años, probablemente envenenado por una novia o un marido celosos. La escena está recogida en “La tierra que vio nacer el blues”, un libro monumental que recoge las crónicas de los viajes que Alan Lomax hizo por el delta del Misisipí entre principios de los años cuarenta y finales de los cincuenta en busca de los grandes profetas del blues rural y que, dieciocho años después de ver la luz en su edición original, acaba de ser publicado en castellano por Libros del Kultrum.

Considerado con justicia como el documentalista de folclore más importante del siglo XX y pilar clave de los estudios etnomusicológicos, Alan Lomax (1915-2002) consagró su vida entera a viajar por el mundo (España incluida) con su equipo de grabación para conservar y difundir un tesoro de canciones populares que de otro modo habría quedado sepultado en el olvido. Su labor tuvo un papel muy determinante en el renovado interés por el folk que sacudió la escena musical en EE UU y el Reino Unido en los años cincuenta y sesenta (“de no ser por Lomax, Bob Dylan estaría cantando “Feelings” en el piano bar de algún Holiday Inn de Minnesota”, dijo de él la revista “Newsweek”), y, sobre todo, en la reivindicación del blues como una de las principales formas artísticas genuinamente estadounidenses.

Descubridor de gigantes

Lomax, que quedó hechizado por “el verdadero canto negro” cuando, en 1933, acompañó a su padre en una expedición etnomusicológica por las penitenciarías de Texas, Tennessee y Misisipí, merece el crédito (entre otros muchos) de haber dado a conocer, con sus grabaciones de campo y sus emisiones radiofónicas, a titanes de la música popular como Son House, Big Bill Broonzy, Muddy Waters y Fred McDowell, artistas que empujaron a toda una generación de jóvenes a ambos lados del Atlántico a coger las guitarras y las armónicas e iniciarse en los insondables misterios del blues.

Trabajadores de la vía del ferrocarril en 1944

Trabajadores de la vía del ferrocarril en 1944

Todos ellos pasean su aura mítica por las páginas de “La tierra que vio nacer el blues”, un libro cuyo valor trasciende de largo la mera divulgación musical. Las crónicas de Lomax sobre sus incursiones en villorrios remotos del delta del Misisipí son un testimonio vívido, y a ratos espeluznante, de un tiempo y un lugar en los que era peligroso que una persona blanca y una negra se dieran la mano allí donde alguien pudiera verlos; un mundo en el que llamar “señor” en público a un hombre de color era motivo suficiente para recibir una reprimenda del sheriff local.

En esas circunstancias, Lomax emprende su viaje por la Ruta 61, “la autopista del blues”, comisionado por la Biblioteca del Congreso para llevar a cabo una investigación científica sobre la música popular en el Delta. Asiste maravillado a un improvisado concierto de Son House en la parte de atrás de “un viejo colmado que olía a regaliz, encurtidos de eneldo y tabaco de aspirar”; descubre con disgusto cómo los predicadores baptistas sustituyen en las iglesias los heroicos cantos espirituales por las formas mucho más reglamentadas del góspel; aprende canciones infantiles que ruborizarían al encargado de un local de estriptís, y recoge en una barbería historias desternillantes sobre el apetito sexual de los reverendos locales.

El látigo y la pistola

También realiza una visita a los presos del penal de Parchman, “hombres que habían mirado a la muerte a la cara todos los días […] y aun así creaban canciones de un poder inigualable para que sus corazones siguieran latiendo”, y se sumerge en un abismo de terror con los relatos de Black Hat McCoy, capataz en las cuadrillas de construcción del dique del Misisipí, un mundo sin ley gobernado por el látigo y la pistola en el que se había “levantado la veda para la caza de los negros, a quienes se consideraba menos valiosos que las mulas que llevaban”.

Y, por supuesto, mantiene iluminadores encuentros con los bluesmen del Delta, a quienes ve como continuadores de la tradición del griot de África occidental, el “bardo virtuoso” que desempeña el papel de depositario y custodio de la tradición oral de la comunidad. A menudo, las conversaciones con esos huidizos poetas rurales son como intercambios de descargas de rifle en los que se alternan los monosílabos y las frases lapidarias. En ocasiones, como sucede con el guitarrista Jack Owens, el recelo ante la presencia de un hombre blanco frustra el empeño: “Nos dijo que no entendía por qué habíamos ido a verle, porque él no sabía nada de blues ni había tenido una guitarra en su vida”.

El bluesman Bama Stewart, en la prisión estatal de Parchman, en 1959.

El bluesman Bama Stewart, en la prisión estatal de Parchman, en 1959. Rafael Tapounet

Tal vez los descubrimientos más relevantes que Lomax hizo en el curso de aquellas expediciones fueron los de Fred McDowell y Muddy Waters. El primero trabajaba como agricultor cerca de Como, en el condado de Panola, cuando Lomax fue a visitarlo en 1959 en compañía de la cantante folk inglesa Shirley Collins. En el momento de la grabación de campo, McDowell se hizo acompañar por un amigo, a la segunda guitarra, y por su tía Fannie Davis, que se encargaba de la sección de viento tocando un peine de dientes finos envuelto en papel higiénico. Al cabo de poco más de una década, después de hacer giras por EE UU y Europa, Fred McDowell pudo abrir una gasolinera con el dinero de derechos de autor que recibió por la versión de “You got to move” que los “Rolling Stones” incluyeron en el elepé “Sticky Fingers”.

El aparcero de Stovall

Como es sabido, los “Stones” habían tomado su nombre de una composición del legendario Muddy Waters, un aparcero del condado de Issaquena aficionado a cantar blues cuya vida dio un vuelco el día del verano de 1941 en que Lomax acudió a su encuentro en la plantación Sherrod de Stovall. Allí, en una pequeña habitación junto al economato, el joven McKinley Morganfield (tal era su nombre real) hizo sus primeras grabaciones. Entre ellas, la de una canción llamada “Rollin’ Stone”. Persuadido del inmenso talento de Muddy (“sus obras propias eran más que blues, eran canciones de amor del Sur profundo”), Lomax volvió al cabo de un año para grabar más.

Algunos meses después, Muddy Waters recibió por correo un disco con dos de sus canciones editadas por la Biblioteca del Congreso y, al escucharlo, llegó a la obvia conclusión de que podía ser tan bueno como cualquier otro cantante y guitarrista de blues. Consultó con su abuela y, tras recibir su bendición, tomó una decisión. “Así que un día lluvioso en el que los campos tenían tanto barro que le llegaba a la altura de las rodillas, mandó decir al jefe que estaba enfermo y se subió al Illinois Central con dirección a Chicago”.

Cuando Muddy Waters y Alan Lomax volvieron a coincidir, diez años más tarde, el músico conducía un gran Cadillac. Lomax seguía con su viejo Ford.

Escuchó cantar a "El Presi" en Asturias

Alan Lomax (Austin, Texas, 1915) comenzó a colaborar con su padre, John Lomax, otro destacado folclorista, recopilando canciones tradicionales de los esclavos negros.

El joven Lomax recorrió todo Estados Unidos, el Caribe y el norte de África y en 1950 cruzó el Atlántico, hasta Inglaterra, donde se reunió con la chilena Violeta Parra. Viajó por toda Europa y en una de esas travesías, en 1952, recaló en España.

Alan Lomax recorrió Andalucía, la costa de Levante, Baleares, las dos Castillas, Extremadura y todo el Norte. En octubre de ese año llegó a Asturias, donde pasó varias semanas, con Juan Uría Ríu como guía.

Durante su estancia visitó Arenas de Cabrales, Belmonte de Miranda, Tineo, Llanes, Luarca, Gijón, Oviedo, Mieres del Camino, Porrúa y Pola de Siero. En esta última localidad un centenar de polesos bailó para él la danza prima. Minucioso a la hora de tomar notas de sus grabaciones, dejó constancia de que la intérprete de la danza prima polesa era Joaquina Moro Lagar, la tía del compositor Falo Moro.

En Arenas de Cabrales un grupo de mujeres interpretó el “corricorri” ante él ,y María Teresa Martínez le cantó “La Cabraliega”, y en Gijón José González, “El Presi”, interpretó para él la canción minera “Los mineros del Fondón”.

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