Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

HISTORIA

El desastre de annual cumple 100 años

Más de 8.000 españoles murieron al inicio de la última guerra colonial, que duró 6 años y acabó con la ocupación militar del protectorado

La llanura de annual, escenario del desastre bélico español. Carlos Fernández

Información elaborada por Gerardo Muñoz Lorente, autor de "El Desastre de Annual. Los españoles que lucharon en África (Almuzara))"

Este verano se cumple el centenario del Desastre de Annual. Ocurrió en 1921, entre el 21 de julio, cuando los rifeños rebeldes liderados por Mohamed Abd-el-Krim ocuparon la posición española de Igueriben, y el 9 de agosto, con la rendición y matanza en Monte Arruit.

La trágica derrota fue el inicio de la última guerra colonial española, que duró 6 años y finalizó con la ocupación militar del Protectorado de España en Marruecos.

Las noticias sobre los miles de españoles que murieron o fueron heridos en el Rif durante la segunda mitad de 1921 y el cautiverio que sufrieron centenares de militares y paisanos españoles hasta enero de 1923, causaron una enorme conmoción en España y varias crisis políticas que culminaron con el golpe de estado y la dictadura de Miguel Primo de Rivera.

Un avance mal planeado

Esta ocupación española del Rif era consecuencia del acuerdo recogido en la denominada Acta de Algeciras (7-4-1916) entre los gobiernos de Marruecos, Estados Unidos y once países europeos, por el que se creaba un protectorado en el territorio marroquí, el cual quedaba dividido en dos zonas: la del norte, controlada por España, y la del sur, por Francia. Esta repartición no tuvo lugar en la práctica hasta después de la firma del Tratado de Fez en 1912. Al ejército español le costó mucho penetrar en el Rif, una región árida, montañosa y con fama de indómita, formada por 24 cabilas o tribus.

El desastre de annual cumple 100 años

El desastre de annual cumple 100 años Gerardo Muñoz Lorente

Cuando el 12 de febrero de 1920 el general de división Manuel Fernández Silvestre tomó posesión de su cargo como comandante jefe de la plaza de Melilla, decidió reanudar de inmediato el avance del ejército español en el Rif. Impulsivo, seguro de sí mismo, baqueteado en infinidad de batallas en las que sufrió numerosas heridas, sintiéndose apoyado tácitamente por su amigo Alfonso XIII, ordenó la rápida ocupación militar del Rif. Su obsesión: llegar cuanto antes a Alhucemas, el corazón rifeño donde residían las cabilas más rebeldes.

A lo largo del año 1920 y la mitad del siguiente, el avance se produjo de manera casi incruenta, ocupando varias cabilas y constituyendo fortificaciones en lugares tan estratégicos (y cada vez más alejados de Melilla) como Dar Drius, Dar Quebdani, Sidi Dris, Annual… Más de un centenar de posiciones españolas había en territorio rifeño a mediados de 1921. Eran posiciones precarias, mal provisionadas (sin depósitos de agua) y escasamente fortificadas y guarnecidas. El frente se había extendido paulatinamente, abarcando un vasto territorio, cada vez más lejano de la retaguardia y tardaban en llegar los convoyes de aprovisionamiento.

A pesar de que le aconsejaron no proseguir hacia el Rif central hasta consolidar debidamente las posiciones, Silvestre ordenó que sus tropas continuaran el avance, desoyendo los informes por escrito que le advertían de que internarse en aquel territorio inhóspito y hostil era una temeridad, ya que la mitad de la oficialidad estaba de vacaciones y la mayoría de los soldados eran de reemplazo y carecían de experiencia. Tampoco hizo caso de la carta que recibió desde Tetuán de su superior, el general Dámaso Berenguer, alto comisario de España en Marruecos, en la que le avisaba de que su rápido avance se había visto propiciado por la hambruna que habían padecido los rifeños, que ahora sin embargo esperaban recoger una buena cosecha.

Comienza el Desastre

En la madrugada del 1 de junio de 1921 una columna española cruzó el río Amekrán y tomó una colina llamada Abarrán, donde se construyó rápidamente una fortificación. Antes de acabar el día la posición fue arrasada por rifeños rebeldes. De los 250 defensores, entre 141 y 179 murieron, desaparecieron o fueron heridos o capturados.

Pese a este revés, Silvestre ordenó cinco días después que fuese ocupada otra colina, Igueriben, a cinco kilómetros de Annual. Los defensores de esta posición resistieron más tiempo. El 17 de julio fueron asediados y se les acabó el agua. Desde Annual trataron de rescatarles infructuosamente varias veces. Se negaron a rendirse. El 21 de julio, tras una defensa heroica, la posición cayó en poder de los rifeños. De los 244 hombres que la guarnecían, sobrevivieron 37.

Todo se precipitó tras la caída de Igueriben. Más de 3.000 rifeños rebeldes avanzaron hacia el campamento de Annual, dispuestos a aprovechar la confusión y el desánimo español.

En Annual había concentrado Silvestre el grueso del ejército, pero durante la madrugada del 21 al 22 de julio el comandante general dudó sobre qué debía hacerse: resistir y enfrentarse al enemigo o emprender la retirada. Cambió de opinión varias veces y al final, cuando ya amaneciendo mandó retirarse, la confusión se había apoderado del campamento y la desbandada fue generalizada, al tiempo que los rifeños atacaban. Muchos españoles murieron en la posición (como el general Silvestre) o durante la huida.

Los que sobrevivieron comenzaron un viacrucis que duró varios días, perseguidos por los cabileños, formando una columna que dirigía el segundo de Silvestre, el general Felipe Navarro. A esta columna se unieron precipitadamente los militares de otras posiciones, que cayeron en cascada. El objetivo era llegar a Melilla.

Las heróicas cargas del regimiento Alcántara

La columna mandada por el general Felipe Navarro retrocedió desde Annual acuciada por el enemigo en varias jornadas de sufrimiento y muerte. Primero hasta el campamento de Ben Tieb, luego hasta Dar Drius, después a Batel-Tistutin… El repliegue de esta columna estuvo custodiado por el regimiento de caballería Alcántara n.º 14, al mando del teniente coronel Fernando Primo de Rivera.

Los escuadrones del Alcántara protegieron la retirada de otras posiciones menores que había cerca de la carretera por la que se replegaba la columna Navarro. El 23 de julio de 1921 este general envió a Primo de Rivera y sus hombres a proteger un convoy de camiones de heridos que había partido esa madrugada. Interceptados por los harqueños, los camiones habían intentado retroceder.

Primo de Rivera y los suyos partieron de Dar Drius y se encontraron con que, poco antes de llegar a la posición de Uestia, el convoy había vuelto a retroceder, al ser atacados los tres primeros camiones y asesinados sus ocupantes. Los conductores del resto de vehículos aceleraron para dejar atrás al enemigo. Algunos camiones volcaron y se incendiaron.

Primo de Rivera ordenó al clarín que tocase al galope y los jinetes del Alcántara llegaron en socorro de quienes eran rematados en la carretera. Los escuadrones 4º y 5º avanzaban protegiendo los lados del camino. Los escuadrones 1º, 2º y 3º y el de ametralladoras marchaban detrás. Desde ambos lados de la carretera, escondidos, los harqueños dispararon a la caballería española. Los escuadrones 4º y 5º recibieron la orden de ocupar las alturas que dominaban los harqueños a la izquierda del río Igán. Al galope, se enfrentaron a harqueños, que disparaban a mansalva.

Los harqueños, atrincherados, disparaban contra los heridos que iban en la vanguardia del convoy, mientras que los escuadrones 2º y 4º del Alcántara sufrían numerosas bajas. Pero no dejaron de cargar contra el enemigo. Buscaban a los harqueños, que se escondían entre las rocas y los matorrales. El escuadrón 5º expulsó al enemigo de unas casas.

Matanza en monte Arruit

Asediados desde hacía días por más de 5000 harqueños, sin agua ni víveres, sin apenas municiones y esperanza, los españoles que permanecían en el fuerte de Monte Arruit soportaron a diario el bombardeo y los disparos de los pacos o francotiradores rifeños. No habíadonde enterrar a los muertos ni donde curar a los heridos. Los medicamentos se habían acabado. Casi todos los que trataron de huir o se dejaron embaucar por las promesas de libertad de los harqueños, fueron muertos o capturados.

Después de varias propuestas de rendición, Navarro aceptó capitular, siguiendo el consejo de su superior, el general Berenguer, que se hallaba en Melilla, desde donde no se veían capaces de mandar una expedición con posibilidades reales de rescatarles. El objetivo prioritario de los refuerzos que desembarcaban en el puerto melillense era defender esta plaza.

El 9 de agosto se produjo la rendición en Monte Arruit. Una vez que los 1.675 españoles se habían desarmado y se preparaban para iniciar la retirada, fueron atacados por más de 3.000 harqueños. Los españoles fueron masacrados, incluidos los heridos y el general Navarro y una docena de jefes y oficiales, apresados.

Después de monte Arruit

Se desconoce con exactitud el número de españoles muertos durante el desastre de Annual, que comenzó con la caída de Igueriben y terminó con la matanza de Monte Arruit. Según documentos oficiales, las bajas fueron 13.363 o 12.214. Si se restan los heridos, desaparecidos, desertores y prisioneros y los rifeños que cayeron sirviendo a España, se calcula que hubo entre 8.000 y 9.000 muertos peninsulares.

El regimiento de caballería Alcántara n.º 14 quedó prácticamente aniquilado tras la caída de Monte Arruit. De los 691 hombres que lo conformaban un mes antes, habían muerto 541; 7 estaban heridos y 67 prisioneros. Es el único regimiento del Ejército español al que se le ha concedido la Cruz Laureada de San Fernando (Real Decreto 905/2012, de 1 de junio).

El 1 de septiembre la cifra de refuerzos llegados a Melilla rondaba los 36.000 militares. Con ellos, el alto comisario Berenguer planeó la ansiada reconquista, según le gustaba decir. La primera columna que emprendió esta empresa estaba dirigida por el general José Sanjurjo Sacanell.

El 12 de septiembre comenzó el contraataque del ejército español. Su avance no encontró una fuerte resistencia al principio, pero se produjeron bajas casi a diario.

Expediente Picasso

El 4 de agosto de 1921 el ministro de la Guerra nombró al general Juan Picasso González, para que dirigiera una investigación sobre el denominado desastre de Annual. Picasso arribó a Melilla el 13 de agosto. El 15 pidió a Berenguer que le enviara los planes de operaciones del general Fernández Silvestre, pero una real orden fechada el día 24 mandó a Picasso que dejara al margen de sus investigaciones las actuaciones llevadas a cabo por el alto comisario.

Berenguer había recurrido el día 20 al ministro de la Guerra porque temía que los planes de operaciones de Silvestre, que le había solicitado Picasso, pudieran implicarle como alto comisario del protectorado. El 31 de agosto Picasso respondió al ministro su desacuerdo con la real orden, pero continuó la investigación.

El 23 de enero de 1922 Picasso regresó a Madrid. El 18 de abril hizo entrega al nuevo ministro de la Guerra del expediente de su investigación, de 2418 folios, que tres días después el ministro pasó al Consejo Supremo de Guerra y Marina. El 9 de junio este consejo aprobó provisionalmente el informe, que recomendaba el procesamiento del general Dámaso Berenguer. Este dimitió el día anterior como alto comisario de España en Marruecos, siendo sustituido por el general Ricardo Burguete.

El Consejo Supremo de Guerra y Marina acordó el 6 de julio el procesamiento por negligencia o abandono de su deber en Annual a 39 militares, además de los 37 oficiales que ya eran imputados en el Informe Picasso. Aunque en este expediente no se acusaba al general Berenguer, limitándose a criticar su estrategia durante el desastre, el Consejo Supremo de Guerra y Marina decidió acusar al alto comisario, pidiendo el 10 de julio al Senado el correspondiente suplicatorio.

El presidente del Gobierno envió el Informe Picasso al Congreso de los Diputados, donde se creó una comisión parlamentaria y se celebraron encendidos debates en los que llegó a responsabilizarse al rey del desastre de Annual.

El 10 de julio de 1923 se creó una nueva comisión para investigar las responsabilidades por el desastre de Annual en el Congreso, disuelta tras el pronunciamiento militar del general Miguel Primo de Rivera el 13 de septiembre. El Informe Picasso y toda la documentación generada por las comisiones parlamentarias fueron incautados por el Directorio Militar.

En junio de 1924 se conoció el fallo contra el general Berenguer (condenado a la separación del servicio y su pase a la reserva) y el general Navarro (absuelto). El 4 de julio el rey declaró una amnistía para todos los implicados en el desastre de Annual y, poco después, nombró al general Berenguer jefe de la Casa Real.

El diputado Bernardo Sagasta Echevarría guardó el Informe Picasso en la Escuela Especial de Ingenieros Agrónomos de Madrid, devolviéndolo al Congreso tras la proclamación de la Segunda República. El expediente desapareció tras la Guerra Civil. Fue recuperado en 1990 y transferido al Archivo Histórico Nacional.

Un té y dos abuelos

Un viaje al escenario de la escabechina

Carlos Fernández

Llegué al lugar en el que se había iniciado la matanza una mañana soleada de mayo. La historia era muy simple: El comandante militar de Melilla, General Silvestre, ovetense de Olloniego, ideó un plan para acabar de una vez con el peligro rifeño. Una fuerza muy potente se acantonaría en un gran valle elevado, Annual, y desde allí, en el momento propicio, barrería toda la fuerza rifeña, a sus pies. El 15 de enero de 1921 llegaron las primeras fuerzas a Annual. No es fácil acuartelar a miles de hombres. A los pocos días las grandes tiendas cónicas llenaban el horizonte, perdiéndose a la vista. Pero el gigantesco campamento de Annual tenía dos puntos debiles: la corona de colinas que lo rodeaba y las deficientes condiciones del Desfiladero de Izummar, única salida en caso de retirada y única entrada para refuerzos y suministros. En mayo las alturas del desfiladero y parte de las colinas cayeron en manos enemigas. No era posible salir ni entrar. No había solución. Se aguantó hasta que estalló el pánico y comenzó la desbandada, y la matanza. Era el día 22 de julio. Veinte días después llegaron a Melilla y a alguna otra posición no perdida un centenar de supervivientes, mi abuelo entre ellos. Atrás habían dejado doce mil muertos.

Y por eso yo había llegado a Dar-Drius, y subí el Desfiladero de Izummar, y descubrí, allá arriba, el valle inmenso donde había empezado todo.

Vi una llanura de varios kilómetros de longitud y menos de uno de ancho, cruzada por grandes riegas generadas por las lluvias, con la superficie cubierta por el verde limpio de la vegetación en su esplendor primaveral. No había construcciones ni arbolado salvo lo que quedaba de la granja de experimentación del Ministerio de Agricultura español, en funcionamiento hasta 1956, el año de la independencia marroquí. Aún se veían algunas casas. Hasta allí me dirigí en la idea de recabar información directa de lo que había sucedido. Paré el coche unos metros antes de las viviendas. Salió un hombre. Tendría 45 años. Se acercó a mi sonriente.

–Vous venez d’Espagne, monsieur…

Asentí. Dio una voz. De una de las casas salió una mujer delgada, de la misma edad, atándose una pañoleta. Llevaba un vestido estampado, muy alegre, hasta los pies. Sin velo. Hermosa de cara, la mandíbula un poco ancha le daba fuerza y atractivo, y sus ojos marrones miraban con fuerza, casi hechizaban. El hombre le dijo algo en rifeño. Le conté mi historia. Mi abuelo había sobrevivido, pero lo increíble era que otro de aquellos cien que lograron escapar resultó ser el abuelo de mi mujer, nacida, además, en otro país, sin vínculo ninguno con mi familia. Algo que supe muy tarde, mucho después de que los dos coincidiesen en mi casa, y hablasen entre ellos, pero sin saber que ambos pertenecían a aquellos cien que se salvaron. Siempre lamenté que no lo supieran.

En la sombra de una higuera la mujer había preparado una mesa cubierta por un mantel blanco con bordados y dos banquetas. Sobre la mesa una bandeja con una tetera y dos vasos repujados en dorado y un pequeño plato con varios dulces. El hombre me indicó que me sentara y él se dirigió a la otra banqueta, mientras la mujer se acercó al tronco de la higuera, y se quedó mirándonos en silencio. “Donde fueres haz lo que vieres” -pensé, y un poco cortado sorbí el té con cuidado, quemaba, y probé aquellas pastas, muy dulces.

–Ustedes conmemoran una terrible derrota y nosotros una gran victoria, dijo. Me alegro de que su abuelo fuese uno de los supervivientes. Era soldado, por tanto era tan víctima como mis familiares. En verdad yo no soy marroquí ni usted español, eso son adjetivos que nos imponen, queramos o no. Solo somos dos hombres tomando un té. Dos hombres amigos.

–Me agrada mucho su punto de vista, pero creo que deberíamos ser tres personas tomando un té.

–También eso cambiará, pero hay que tener cuidado cuando se intenta modificar la cultura de un pueblo. Mi esposa no está sentada con nosotros porque así es aquí. Pero yo la valoro y la quiero. Seguro que su compañera también es una gran mujer, y lo añora.

–Bueno, al salir para este viaje me dijo: “No tengo nada contra tu abuelo, pero al escapar de Annual me desarmó la vida, Carlinos.”

Él rió con ganas.

Compartir el artículo

stats