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Matilde Carlón Ruiz | Vicerrectora de Relaciones Institucionales y Programación de Actividades de la Universidad Menéndez Pelayo
Matilde Carlón Ruiz Vicerrectora de Relaciones Institucionales y Programación de Actividades de la Universidad Menéndez Pelayo

“Hay que romper la inercia de que todo joven debe recalar en la Universidad”

Matilde carlón. | | UIMP

Matilde Carlón Ruiz ha sido nombrada vicerrectora de Relaciones Institucionales y Programación de Actividades de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). Carlón (Oviedo, 1971) es hija del fallecido Luis Carlón Sánchez, catedrático de Derecho Mercantil y fundador de la Facultad de Económicas de Oviedo, y de Carmen Ruiz-Tilve, cronista oficial de la ciudad. Catedrática de Derecho Administrativo de la Universidad Complutense, es licenciada en Derecho por la Universidad de Oviedo en 1994 y doctora por la misma Universidad. Técnica de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones en excedencia, fue experta nacional Destacada ante la Comisión Europea (2001-2003) y letrada del Tribunal Constitucional por adscripción temporal (2007-2011).

–¿Qué le espera en el nuevo cargo?

–La UIMP es una institución universitaria singular, a la que apenas me estoy asomando desde dentro, pero que he podido disfrutar como alumna y como profesora. El próximo verano conmemoraremos su 90.º aniversario, lo que dará ocasión de dar testimonio de hasta qué punto ha sido testigo y partícipe de la evolución de la ciencia, el arte y la política de este país y del mundo. Poder ser parte de ello es, sin duda, una ocasión que, como universitaria, no puedo más que agradecer.

–Hija de Carlón Sánchez y de Ruiz-Tilve. ¿Imprime carácter?

–He tenido la suerte de tener unos padres excepcionales, juntos y por separado. De ellos he aprendido de pensamiento, palabra, obra y omisión y procuro seguir su ejemplo cada día.

–Se doctoró en Derecho por la Universidad de Oviedo con una tesis sobre telecomunicaciones, así que nadie mejor que usted para explicarnos y que lo entendamos qué nos trae de bueno a los usuarios el nuevo proyecto de ley general de Telecomunicaciones. O de malo…

–La defensa de la posición de los usuarios, como consumidores, seguramente sea el eslabón más débil de un proceso que, en reglas generales, se puede calificar como un éxito. Hemos pasado de un monopolio –con un único prestador en todo el territorio, Telefónica– a un régimen de competencia, lo que nos permite como usuarios elegir operador e incentiva las bajadas de precios y las mejoras en la calidad. Pero es en esa dimensión del usuario como consumidor en la que queda mucho por hacer, para ofrecerle mecanismos ágiles y verdaderamente útiles para disfrutar de esa pluralidad en la oferta, sin que quede capturado por un operador. La nueva ley introduce avances en este sentido como reacción a malas prácticas bien conocidas, pero muchos problemas vienen de las fórmulas ahora mismo asentadas en las relaciones comerciales, no solo en este sector. Todos sabemos lo frustrante que es que toda interlocución con las compañías sea a través de servicios de atención telefónica, en los que no pocas veces al otro lado no encontramos más que un robot.

–Usted conoce bien la Complutense por dentro, una ciudad en sí misma. ¿Daría para una novela contar todo lo que sabe y no se puede revelar?

–A la Complutense le debo haber podido cumplir mi vocación universitaria y en ella he pasado por varios puestos de responsabilidad que me han permitido asomarme a ella. Podría emular a Fermín de Pas con el catalejo, pero más que para una novela la Complutense da para una crónica de más de quinientos años de historia de docencia e investigación.

“Para aprender hay que comprender, pero también hay que –en su justa medida– memorizar”

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–¿Es un error el mal trato a las Humanidades en nuestra educación?

–De que las Humanidades deben estar en el centro de nuestra educación cada vez estoy más convencida. Abrumados como vivimos en este cúmulo de información ensordecedor, son la única guía segura para conocernos y conocer el mundo.

–Publicó el libro “Disciplina urbanística de las costas: sus particulares en la servidumbre de protección”. ¿Cómo está Asturias de disciplina en ese terreno?

–Mi respuesta solo puede venir de la visión como veraneante fiel, pues estoy alejada de la práctica en la materia. Y puedo contestar desde la curiosidad que me impulsó a escribir este libro, de temática lejana a otras cuestiones que me han ocupado antes y después. En este tema, como en pocos, se puede observar la profunda disociación entre el modelo diseñado por el legislador y la realidad. La ley de Costas en 1988 tenía una cara A, en su articulado, inspirado por un afán claramente protector de las costas que está presente explícitamente en la Constitución, y una cara B, en sus disposiciones transitorias, que venía a acompasar en el tiempo y en el espacio las pretensiones del legislador. Las tensiones que ello produjo explican muchas de las previsiones de la ley de 2013. El problema último es, como en tantas cosas, la falta de interiorización de los valores que la Constitución y la ley expresan por parte de los que deben aplicarlas y, en último término, de los ciudadanos.

–¿Hay que poner coto a las redes sociales cuando se pasan de la raya algunos de sus usuarios?

–Este es asunto especialmente delicado. Vivimos instalados en la paradoja. Al individuo se le hace creer que las redes sociales son el espacio de la más plena libertad, sin la intermediación de estructuras editoriales ni poderes públicos, para luego descubrir que son espacio fértil para la tiranía del algoritmo y, de su mano, de la manipulación, con fines comerciales o políticos. El famoso fenómeno de la desinformación lo pone bien de manifiesto. Si a esto le sumamos, desde el punto de vista de los límites de la libertad de expresión, el hipercorrectismo que parece haberse instalado, nos encontramos ante el riesgo opuesto de una censura, o autocensura, implacable. La respuesta más simple ha de venir, en todo caso, inspirada por el criterio elemental de que lo determinante es el mensaje en sí, no el medio por el que se difunde.

–Hubo un apagón de Facebook y Whatsapp hace semanas y mucha gente se quedó bloqueada. ¿Qué nos enseña esa experiencia?

–Que hay vida –y es maravillosa– sin las redes.

–¿Los gigantes tecnológicos nos expolian los datos personales?

–La legislación europea de protección de datos es muy rigurosa. De modo que difícilmente se puede hablar de expolio, cuando el grueso de los datos se obtienen previa autorización por nuestra parte, estando como estamos intimados continuamente, para cualquier gestión, a autorizar expresamente el uso de nuestros datos. Otra cosa es el grado de libertad real que tengamos para negar dicha autorización, viviendo como vivimos en un mundo cada vez más informatizado.

–El Gobierno quiere limitar los estudios memorísticos, ¿cómo lo ve?

–Sin valorar hasta qué punto esto sea así o no, porque también vivimos atrapados por el mundo del titular, sin alcanzar a la letra pequeña, yo creo que la memoria es una herramienta imprescindible para la vida. Y que hay que practicarla, sin aspiraciones a ser Funes el memorioso. Para aprender hay que comprender, pero también hay que –en su justa medida– memorizar.

–¿El lenguaje inclusivo es compatible con una docencia universitaria práctica?

–He de confesar que soy muy poco entusiasta del lenguaje inclusivo. Ni desde un punto de vista práctico, ni desde un punto de vista sustancial. No creo que las discriminaciones que puedan sufrir –y, de hecho, sufren en muchos campos– las mujeres se arreglen así.

“Soy poco entusiasta del lenguaje inclusivo, No creo que las discriminaciones que puedan sufrir las mujeres se arreglen así”

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–¿Qué es para usted ser feminista en el año 2021?

–Yo he tenido la suerte de nacer en una familia en la que, por las dos ramas, en varias generaciones hacia atrás, ha habido mujeres profesionales que han tenido padres, maridos e hijos que han vivido con total naturalidad esa situación. De modo que yo he crecido en un ambiente en el que el hecho de ser mujer u hombre no marcaba ninguna diferencia en el trato o en las expectativas. Y en ese sentido he aspirado siempre a que mi condición de mujer no fuera determinante, ni a favor ni en contra. Eso seguramente me haya llevado a vivir con total naturalidad ser la primera mujer secretaria general de la Universidad Complutense de Madrid y ser la primera mujer –y, por el momento, la única– catedrática de Derecho Administrativo de esta Universidad. En ambas cosas he reparado a posteriori. Dicho esto, tengo claro que existe mucho camino por recorrer. Que hay muchos mecanismos, sutiles y no tan sutiles, por los que ser mujer es condicionante, y no necesariamente para bien. Yo aspiro a que el mundo se corresponda cada vez con el ambiente en el que me he criado.

–Con su experiencia en Bruselas, ¿qué cree que le espera a esta Europa llena de problemas?

–Lo que puedo decir es que el proyecto europeo, con todas sus quiebras, es imprescindible en el mundo global en que vivimos, para el mundo y para España. Por eso, hay que cuidarlo.

–¿Cómo queda el paisaje universitario después de la batalla pandémica?

–Como todos, en shock. Creo que debiera haber servido para reivindicar al máximo la Universidad en sentido pleno, presencial y como espacio para la reflexión y para la ciencia, pero en la confusión parece que, paradójicamente, han sabido fortalecerse los modelos virtuales e hiperespecializados. Todavía ayer veía una publicidad de una Universidad privada en Moncloa que versaba “La Universidad en la que solo se habla de bussiness”.

–¿A quién pedimos cuentas de que haya universitarios que terminen la carrera sin saber ortografía?

–Yo he de decir que, afortunadamente, entre mis alumnos es raro, muy raro, el que pone faltas de ortografía.

–Desde su experiencia como letrada del Tribunal Constitucional, ¿qué le parecen estas guerras políticas para renovar determinados órganos?

–Me parece que el deterioro institucional que lleva experimentando este país desde hace años es penosísimo y de funestas consecuencias.

–Tenemos las generaciones mejor preparadas y no encuentran empleo acorde a sus estudios. ¿Ese drama tiene solución?

–Esta pregunta plantea a su vez varios interrogantes, que apuntan en último término al modelo mismo de Universidad. Se ha instalado últimamente una expresión, en mi opinión, terrible: la empleabilidad. No quiero decir con ello que la Universidad deba estar ciega a las necesidades del mercado laboral, pero tampoco creo que su objetivo se agote en formar, no ya profesionales, sino empleados. En ese juego de diseñar grados pegados a la demanda del mercado se corre el riesgo de no llegar nunca a tiempo, como en la fábula de la liebre y la tortuga.

–¿El año en blanco del confinamiento en las aulas pasará factura a los estudiantes?

–Si hablo de mi propia experiencia, y la de muchos compañeros, no puedo decir que el año haya pasado en blanco. Nos adaptamos, alumnos y profesores, a la situación, impartimos las clases online con una dedicación y aprovechamiento que en mi experiencia fue muy positiva. Los alumnos respondieron muy bien.

–¿La Universidad ha estado a la altura de la crisis profunda en la que estamos instalados desde hace mucho tiempo?

–La Universidad tiene el gran reto de repensarse, pero cada vez me convenzo más de que debe hacerlo sin desvirtuarse. El progreso de este país en las últimas décadas sería impensable, a título individual y colectivo, sin la Universidad pública. Y la mayoría de las fórmulas que ahora florecen –Universidades privadas, en muchos casos virtuales y temáticas, con cero vocación por la investigación– están en las antípodas de lo que es una Universidad.

–¿A favor o en contra del bable cooficial?

–No seré tan osada de pronunciarme a este respecto. Solo diré que el bable es un patrimonio valioso que hay que proteger, defender y fomentar, sin que tenga claro que cumplir esos objetivos pase por declararlo lengua cooficial.

–Un alumno podrá llegar a la Universidad con varios suspensos en su expediente. ¿Qué me dice?

–De nuevo prefiero no atenerme a los titulares, pero asumiendo eso como hipótesis, evidentemente no puedo más que mostrarme en contra. En el acceso a la Universidad hay que eliminar toda barrera socioeconómica, pero hay que romper con esa inercia de que todo joven debe recalar en la Universidad, lo que redunda en otros problemas que ya hemos tenido ocasión de comentar. Trabajar en una buena Formación Profesional, y en una buena aceptación social de la misma, es una asignatura pendiente de este país.

–¿La politización de la Universidad es inevitable?

–La Universidad bien entendida, como foro en el que coinciden para la reflexionar y aprender adultos de 18 a 70 años y más, es, por definición, un espacio abierto, también a la política, lo cual es especialmente intenso en algunas disciplinas. Dicho esto, no concibo la docencia como adoctrinamiento, porque un valor íntimo de lo universitario es la libertad y la pluralidad.

“El deterioro institucional de este país desde hace años es penosísimo y de funestas consecuencias”

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–Podemos nació en la Complutense… ¿Cómo ve su futuro?

–Podemos es un fenómeno político que nació en la Complutense y que debe ser, como tal, objeto de estudio en esta y otras universidades. Quedo atenta al análisis de los politólogos (o quizás de los sismólogos), que tienen más mimbres para explicarnos cómo puede evolucionar.

–Yolanda Díaz. ¿La aprueba?

–Acabo de comprobar las listas de clase, y no está matriculada.

–¿A qué políticos suspendería?

–Se habla mucho del aprobado general, pero habría que empezar a practicar el suspenso general.

–¿Seguimos padeciendo titulitis?

–Ahora en su nueva variante: tituliting… Si no va en inglés, no sirve.

“En el juego de diseñar grados pegados a la demanda del mercado se corre el riesgo de no llegar nunca a tiempo”

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–¿Las nuevas tecnologías ayudan a la democracia o la intoxican por su mal uso?

–Vuelvo un poco a lo dicho antes. El problema de la desinformación es un problema grave, que reedita en un mundo hiperconectado el viejísimo fantasma de la propaganda y la contrapropaganda, con la capciosa apariencia de ser fruto de un boca a boca espontáneo. Vivimos en un zumbido permanente, rodeados de información entre la que es difícil discriminar cuál es verdaderamente fiable. Al final es, como –casi– todo, un problema de educación. La educación como instrumento para formar ciudadanos libres.

–Hace seis años declaraba que desconocemos el modelo de país, el jurídico y el universitario al que vamos. ¿Estamos mejor o peor?

–La pandemia podría haber sido un revulsivo, pero tengo la sensación de que ha servido para reforzar lo menos bueno del antes de.

–Los proyectos de ley orgánica del Sistema Universitario y de ley de Convivencia Universitaria tienen a muchos estudiantes en pie de guerra...

–Me consta el esfuerzo y la buena voluntad del Ministerio para impulsar ambas leyes. La composición de intereses que confluyen en la ordenación universitaria reclama equilibrios complejos, si bien no tengo tan claro que la solución de los problemas de la Universidad pase por una nueva ley, particularmente ahora. Creo que vivimos un tiempo de exceso de reglamentismo, convirtiendo a la norma en un fin en sí mismo. 

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