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De Viavélez a la inmensidad del Atlántico

La villa marinera ha alumbrado a decenas de capitanes de la Marina Mercante: “Es un pueblo pequeño, tiramos unos de otros”

De izquierda a derecha, Julio Suárez, Bernardo Castro, Gildo Tellado, José Antonio García y José Antonio Suárez, ayer, en Viavélez. | T. Cascudo

De izquierda a derecha, Julio Suárez, Bernardo Castro, Gildo Tellado, José Antonio García y José Antonio Suárez, ayer, en Viavélez. | T. Cascudo

Dice el franquino Julio Suárez que pocas cosas hay comparables a disfrutar de una noche estrellada en la inmensidad del océano Atlántico. Lo sabe bien este capitán jubilado de la Marina Mercante, que atesora cientos de horas de mar a su espalda. Su historia es compartida por su hermano José Antonio Suárez y también por Bernardo Castro, Gildo Tellado y José Antonio García. Tienen en común el origen, la coqueta villa de Viavélez, de la que han salido decenas de capitanes y patrones de barco. LA NUEVA ESPAÑA les ha reunido para rememorar sus años embarcados y los cambios de un oficio al que dedicaron cuatro décadas de su vida y que les permitió dar varias vueltas al mundo.

Una imagen del buque tanque “Patriot” llegando a Terranova totalmente cubierto por la nieve. | Rep. de T. C.

“En este pueblo aprendíamos a nadar antes que andar”, bromea José Antonio Suárez “Toño” cuando se les pregunta por la razón de por qué esta localidad franquina ha dado tantos capitanes. No hay una lista oficial, pero son muchos los lugareños que acabaron en la mercante. “Al ser un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce tiramos unos de otros y te van haciendo hueco”, cuenta Julio Suárez, quien expone que, en sus años en la multinacional petrolera ConocoPhillips, había catorce capitanes en nómina, cuatro de ellos de Viavélez. Y es que, coincidió en la empresa con su hermano, con Gildo y con Bernardo. “Decían que éramos una mafia”, bromean. José Antonio García, Toño de Hortensia (Viavélez, 1945), fue el único de estos cinco capitanes que no pasó por Conoco. Empezó trabajando en un bacaladero como su tocayo José Antonio Suárez y, después, pasó por varias empresas hasta que recaló en la petrolera Exxon, en la que estuvo nada menos que veintitrés años. Se jubiló en la compañía vasca de remolcadores Ibaizabal, pero dice que no añora nada sus días de mar.

Anécdotas cuentan a cientos, algunas compartidas, como la que vivieron José Antonio Suárez, de capitán, y Bernardo, de segundo oficial, a trescientas millas al norte de Bermudas. Allí rescataron a unos americanos que iban en velero rumbo a una boda en Baltimore. Uno de los tripulantes resultó ser el médico personal del entonces presidente de EE UU, George Bush padre. “Les salvamos la vida. Nuestra idea era dejarles en Gibraltar, pero acabó interviniendo el Departamento de Estado y nos tuvimos que desviar para llevarles a Las Azores. De allí les sacaron en avión, tenían enchufe”, bromea Castro. Todos ellos vivieron momentos de angustia a causa de algún temporal, “el pan nuestro de cada día”, aunque, quizás uno de los más crudos, le tocó a Julio Suárez, al que, en 1995, le pilló un huracán en el golfo de México. “Aquello es una ratonera, si te pilla algún ciclón allí hay que jugar a las cuatro esquina. Si a eso le sumas problemas de motor, la cosa se complica. Nos pegó fuerte, pero el barco aguantó bien y no hubo desgracias personales”, relata. Otro momento delicado de su trayectoria fue la Guerra del Golfo, ya que muchos de los petroleros de Conoco cargaban en el golfo Pérsico. “Íbamos con barcos de 300.000 toneladas y tenías que meterte allí. Pasamos miedo a montón”, recuerdan estos marinos.

Cuentan los veteranos de Conoco que las rutas principales que cubrían eran desde Estados Unidos, donde tenía sede su empresa, al golfo Pérsico, aunque también iban al golfo de México o a Libia, entre otros destinos. En este sentido, se sienten privilegiados por poder recorrer medio mundo y disfrutar de destinos como el Caribe. Añoran especialmente los largos viajes y la “libertad” que experimentaban en medio del océano.

Cabe precisar que estos profesionales iban al mando de buques que podían superar los trescientos metros de eslora, con cargas de más de 200.000 toneladas. “Se pilota igual que uno pequeño, pero hay que pisar el freno antes”, bromea Bernardo. El de capitán no es un trabajo físico, pero sí de gran responsabilidad. “En teoría no existe un cargo en tierra con más poderes que el de un capitán de un barco navegando. Eres notario, médico...eres todo. Allí el 112 no existe”, relatan, al tiempo que coinciden en que es fundamental tener un buen equipo.

Los capitanes están de acuerdo en que la tecnología ha facilitado sobremanera el trabajo. Todos se recuerdan en los inicios “a golpe de sextante” y cómo al final tripulaban barcos cargados de aparatos, desde ordenadores a GPS. “Quizás al principio era más emocionante, más profesional”, evoca Gildo.

Coinciden también en que lo más duro de su profesión eran las separaciones de su familia. Relata Toño Suárez que cuando nació su segunda hija estaba en Bahamas, mientras Gildo apunta que vivió el parto de su hijo desde la isla de Terranova. En los primeros tiempos podían pasar hasta nueve y diez meses sin volver a casa, así que cada regreso era casi como una “luna de miel” con sus seres queridos, con los que durante años contactaban por radio de onda corta, “que, unas veces se oía y otras no”.

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