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Perlas de Tahití engarzadas en Tapia

Sara y Paula Santos llevan un año elaborando joyas bohemias con estas singulares bolitas de nácar: "Es un producto muy desconocido"

Por la izquierda, Sara y Paula Santos, en su taller de Tapia. | T. Cascudo

La avilesina Paula Santos llegó de visita hace diez años a la isla de Taha’a, en la Polinesia francesa y acabó quedándose a vivir en este paradisiaco rincón del Pacífico. Trabajó durante siete años en una granja familiar de producción de perlas, que ahora se ha convertido en la suministradora de las singulares joyas que elabora con su hermana Sara bajo la firma "Maraea”. En su pequeño taller de Tapia acaban de soplar las velas de su primer aniversario con el reto de desmitificar la perla de Tahití o perla negra y convertirla en una joya accesible para todos los públicos.

“Cuando Paula venía de visita siempre nos traía colgantes o anillos y a la gente le llamaban mucho la atención. Entonces empezamos a pensar en la idea de hacer algo juntas, de elaborar joyas de estilo bohemio, que sirvan para el día a día”, cuenta Sara de la génesis de un proyecto que empezó a tomar forma en 2020 y que lanzaron formalmente en 2021.

Trabajos submarinos en la granja Champon, donde se cultivan las perlas que importan las tapiegas.

“La perla de Tahití es un producto muy desconocido, la gente no sabe lo que es ni todo el trabajo que hay detrás”, cuentan estas hermanas ahora afincadas en Tapia, su lugar de veraneo desde la infancia. “Nos gusta mucho el entorno y nos parece un privilegio vivir aquí”, añaden. Los paisajes de Tapia están muy presentes en su trabajo y son el escenario de la mayor parte de sus fotografías promocionales, en las que usan modelos reales empezando por ellas mismas.

En la granja Champón se producen unas 20.000 perlas al año que venden de manera directa desde sus instalaciones, a excepción de la pequeña partida que exportan a Tapia. A siete metros de profundidad, cultivan las perlas dentro de la ostra “pinctada margaritifera” o también llamada  ostra de labio negro, que es muy diferente a la que engorda en la ría del Eo  con fines gastronómicos y que es más conocida en Asturias.

Trabajo con la perla a la que se le hace un agujero para su engarce. TANIA CASCUDO

El proceso para la fabricación de la perla, que dura unos dieciocho meses, comienza con la introducción de un trozo de labio de una ostra donante junto a un núcleo de la concha de uno de estos moluscos. El resultado es una bolita de nácar que puede ser más o menos redonda y que llama la atención por sus colores iridiscentes, con preponderancia del negro. Más del cincuenta por ciento de la producción está conformada por las denominadas perlas “barrocas”, características por su forma irregular. También a veces se producen los llamados “kehis”, que son pequeñas perlas creadas por el rechazo prematuro del núcleo injertado.Con todas ellas, las hermanas Santos elaboran unos productos con precios que van desde los veinticinco a los novecientos euros. “También hacemos piezas por encargo y diseños personalizados, nos adaptamos”, explican. Además, defienden la durabilidad de las perlas, que intervienen mínimamente. En el caso de los collares, pendientes y pulseras, tan solo hacen un pequeño agujero a las perlas que permita su engarce.

Eligieron “Maraea” porque es una palabra tahitiana que significa tierra roja y por ser “un nombre sencillo y fácil de pronunciar, que evoca el mar”. El logo de esta firma añade la silueta de las montañas de Bora Bora que se ven desde la isla de Taha’a y también ahora, al menos simbólicamente, desde Asturias.

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