Opinión | El rompecabezas
Natalia Menéndez Poeta y profesora
Mentiras arriesgadas
n Más de la mitad de la población miente en su currículo
Cuando en 1985 se eliminó la profesión del DNI, fue una señal inequívoca de que la estabilidad del mercado laboral se veía amenazada. Ahora, si tuviéramos que renovar el carné cada vez que cambiamos de profesión, nos pasaríamos la vida haciendo cola en las dependencias de la Policía Nacional. En una cultura como la nuestra, donde planea sobre nuestras cabezas que lo ideal es tener un trabajo fijo, no se entiende que en Estados Unidos se cambie de trabajo por decisión propia una media de 5 veces en la vida. En nuestro caso se trata de cambios forzosos en un mercado laboral particularmente difuso. En muchos casos los estudios no nos orientan hacia ninguna profesión en concreto. Esto, en realidad, sucede en otros países europeos desde hace mucho, en la universidad se adquieren ciertas destrezas, pero son las empresas las que te forman para desempeñar el trabajo. En España, sin embargo, aún tenemos la impresión de que no trabajar «en lo nuestro» es poco menos que una desgracia. Es decir, que si uno estudia Trabajo Social, y luego se dedica a ser comercial de bisutería, aunque gane mucho dinero, más de uno te dirá que vaya pena, haber perdido así el tiempo para no trabajar «de lo tuyo». En cualquier caso tampoco los estudiantes tienen muy claro qué es realmente «lo suyo». Así, con tanta ambigüedad entre lo que es «lo nuestro» y lo que el empresario pide, elaborar un currículum es un acto de lo más creativo.
Dicen que más del 50 por ciento de la población miente en su currículo. La cosa va de mentirijillas sin trascendencia hasta cuestiones de riesgo para los demás, o para el propio interesado si finalmente se descubre el engaño. Algunos creen que forma parte de la ley de la oferta y la demanda. Para limpiar una calle piden poco menos que ser ingeniero de caminos, así que si las empresas exageran, los candidatos escriben en su currículum «nivel medio de inglés» sin inmutarse, cuando lo estudiaron hace mil años en el instituto y no llegan ni a chapurrearlo. Y los hay que mienten a lo grande. Recordemos a Luis Roldán, que ostentaba un surtido número de títulos gracias a la técnica del corta y pega y la fotocopia. Imagínense lo que se puede hacer ahora a golpe de photoshop. En internet, sin ir más lejos, hay un verdadero mercado de compra-venta de títulos falsos. Pero para intrusismo arriesgado el del osado y falso médico gallego recientemente detenido, que llevaba ejerciendo de neurocirujano más de 20 años con un título de Bachiller. Está claro que para la mayor parte de los trabajos uno debe ser, cuando menos, un buen actor.
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