Opinión | El rompecabezas
Natalia Menéndez Profesora y escritora
El sueño americano
Historia de un emigrante cualquiera
Mi tío abuelo Enrique nació en 1903, y a los 19 años embarcó de polizón y partió del puerto de Cádiz rumbo a América. Tras una breve estancia en Cuba, se dirigió a Nueva York y fue recibido en la isla de Ellis en 1923, como muchos millones de europeos que contribuyeron a formar la híbrida sociedad americana actual. En Nueva York, Enrique se asienta rápidamente con la comunidad hispana del barrio de Brooklyn, y un año después de su llegada conoce a la que se convertirá en su esposa y madre de sus dos hijos, Viola Dubison, una inmigrante jamaicana que trabajaba como costurera en el Distrito de la Moda de Manhattan. Son años difíciles, la Bolsa sufre el crack de 1929 y la Gran Depresión sume al país en una crisis sin parangón. El creciente desempleo obliga a Enrique a separarse de su familia y trabajar en otro Estado, New Hampshire, a varias horas de distancia de su hogar. Mientras tanto, en España, mi abuelo Antonio trata de seguir sus pasos, pero su padre, consciente de que jamás volvería a ver a Enrique, no quiere perder a un segundo hijo, interpone una denuncia y Antonio es interceptado en Canarias.
Durante varios años la familia no recibe noticias de Enrique, y por ello su padre decide acudir al Consulado americano y averiguar su paradero. Recupera el contacto y la correspondencia se sucede durante años: Enrique es testigo de la lenta recuperación del país, y así lo relata en sus cartas. Finalmente logra regresar a Nueva York para trabajar como técnico de mantenimiento del sistema de aire acondicionado del hotel Barclay, aprende a escribir y hablar inglés de forma autodidacta, y en el año 1946 obtiene al fin la nacionalidad norteamericana. Sólo un año después Enrique fallece durante una jornada de trabajo a los 44 años. Su sueño americano termina ahí, pero la semilla de una nueva vida apenas comienza a germinar, sus descendientes consolidan lo que él una vez inició: una vida próspera en el país de las oportunidades, y un vínculo sólido con su familia española.
Así que cuando hace varios años puse los pies en Ellis Island por primera vez, imaginé la silueta de mi tío abuelo Enrique un día de agosto de 1923, en una larga cola de inmigrantes con apenas pertenencias, contemplando viejas fotos de una familia que no volvería a ver y con un sueño de esperanza escondido en su equipaje, un puente que comenzaba a construir -sin saberlo- de un lado a otro del océano.
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