Opinión | Mezclilla
Carmen Gómez Ojea
La historia robada
Relato de un episodio sorprendente ocurrido durante una firma de libros
Un día del pasado febrero escribí sobre algo tan espeluznante y tétrico como ese cuento de los niños muertos, la fábula y cruel mentira de la muerte de los recién nacidos que eran vendidos antes de ser alumbrados y, curiosamente, a los pocos días de ser publicado ese artículo, me ocurrió algo que permanecerá indeleble en mi memoria. Sucedió en una biblioteca pública de un precioso pueblo, verde por sus palmeras arábigas, blanco por la cal de sus casas, azul por su cielo, y perteneciente a una comunidad autónoma de Levante, cuando la última de la fila de quienes aguardaban su turno para que les firmara «La historia robada», uno de mis libros, causa y motivo de haber tenido allí mi encuentro con escolares de varios colegios que lo habían leído y comentado en clase y me habían dejado gozosamente la boca seca tras responderles a tantas, tantísimas preguntas como me formularon, dejó sobre la mesa su ejemplar, con la finalidad de que le pusiera en él una dedicatoria.
Era una adolescente muy rubia, como los visigodos que pervivieron en aquel lugar después de la derrota del rey Rodrigo, gracias al pacto entre el duque Teodomiro y Abdelaziz, hijo del moro Muza, por el que, a cambio de un impuesto anual, se les permitía continuar en su tierra, con sus hábitos y religión, dueños de sus vidas y propiedades. Los rasgos de su rostro, toscos y fieros, parecían haber sido tallados de mala manera, con brutalidad, por alguien que no hubiera conocido en absoluto el arte grecolatino. Le pregunté cómo se llamaba. Me repuso que Grisel. Sonreí, pensando que en efecto, era una goda auténtica y esforzada, a la que ese nombre germánico, apócope de Griselda, le sentaba como hecho por encargo y a la medida, ya que significa «Heroica en la pelea». Y lo era, porque vi el brillo del valor, de la fortaleza, de la perseverancia en la claridad de sus ojos azules, bondadosos y algo porcinos.
Pero, en el momento en que me disponía a dedicarle el libro, me puntualizó que era para Elisa, su madre. También lo había leído. Le había gustado y había llorado mucho con su lectura. Un poco desconcertada, le comenté que, ciertamente, no se trataba de un relato de entretenimiento, alegre y divertido, sino muy duro, a pesar de que estuviera presidido por un apasionado y buen amor, pero que jamás hubiera imaginado que pudiese provocar el llanto. Entonces me explicó que las lágrimas de su madre se debían a que en «La historia robada» yo había contado la suya, la historia que le habían robado, pues poco antes de empezar a leer el libro había recibido una carta anónima, donde alguien pensaba que debía saber que el primero de enero de 1971, una mujer, casada, madre ya de un niño, había dado a luz a una criatura, pero le dijeron que se trataba de un varón muerto que no quisieron enseñarle, porque verlo, sin duda, le produciría una impresión muy fuerte. Tampoco se lo mostraron al padre ni a ningún familiar, ya que de inmediato se había dispuesto su entierro a cargo del hospital. Sin embargo, todo era una mentira. La criatura era ella, una niña viva y sana, que había sido vendida a un matrimonio, por cuya compra había pagado el precio de un buen piso y de un coche de entonces. No obstante, quien había escrito la carta confesaba no saber si los pagadores tenían constancia de que adquirían una recién nacida robada o si creían que el dinero que debieron entregar se debía a tasas, gestiones y trabajo de los intermediarios: tocoginecólogos, matronas, enfermeras, curas, monjas o el mismo demonio vestido de gestor sonriente y muy activo. Al final, la persona autora de la carta se lamentaba de que su madre nunca encontraría a la que la había alumbrado, por mucho que la buscara, pues esa mujer había sido engañada doblemente cuando le habían dicho que su bebé muerto era un niño y no una niña, sin duda para atar mejor los cabos de la mentira.
Me quedé alelada. Pero ella puso fin al angustioso silencio, agregando que mi historia le había gustado y, a la vez, hecho mucho daño, ya que, al llegar a la última palabra, se sentía tan confusa y desesperada como Roxana, la protagonista. Le costaba aceptar que era la hija de una mujer a la que le habían robado su historia quienes se decían sus abuelos. «Lo peor -dijo iracunda y dolida- es que ya no puedo ni podré jamás mirar ni escuchar ni abrazar ni querer a mi yaya Cande ni al yayo Sebas como antes, aunque mi madre siga queriéndolos y diga que, aunque fueran culpables, los perdonaría. Pero tampoco querría encontrarme jamás con mi verdadera abuela, y eso hace que me sienta mal y mala. No me gusta nada vivir en un lugar así, donde se pueden comprar y vender bebés y traficar con ellos como si fueran heroína».
Después me preguntó mi porqué para escribir aquella historia. Le respondí que no lo sabía, pero que todo lo que se escribía era algo que ya había pasado hacía miles de años o estaba sucediendo en el mismo instante en que alguien se dedicaba a escribirlo, o que ocurriría mañana o dentro de varios siglos. Antes de decirnos adiós, en el libro escribí: «Para la madre de Grisel, que lloró leyendo estas páginas, con toda mi gratitud porque su historia me hace pensar de pronto que la persona que perdona no olvida ni deja de sufrir el daño padecido, pero a la vez se pide perdón a sí misma por el dolor que les causó a otros, y perdonarse es redimirse, salir de la cárcel, de la esclavitud, aunque sea por poco tiempo».