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Latidos de Valdediós

La rutina

Valorar las cosas bellas de la vida

Una de las cosas más tristes de esta vida es que Dios nos ha capacitado para vivir cosas grandes y hermosísimas, preciosas, bellísimas, pero nos acostumbramos a ellas y dejamos de valorarlas, de disfrutarlas y de agradecerlas. Nos habituamos a lo más sublime y acabamos? literalmente aburridos de la vida, hartos de todo y de todos. ¡¡Qué peligroso es esto!! Si no tenemos cuidado se desgasta lo más bello y más valioso y caemos en las garras de la rutina y ni nos enteramos? y nos encontramos con personas que -aparentemente lo tienen todo- y no disfrutan de nada.

¿Cuándo nos entrará en la cabeza que las cosas no son un derecho, sino un regalo? La mayoría de las cosas que consideramos "normales" porque son habituales, no son "normales", son un regalo y una bendición que no valoramos. Por ejemplo: es "normal" que yo esté escribiendo este artículo? leer y escribir es "normal" ¿no? Todo el mundo lee y escribe ¿no? ¡¡Pues no!! No todo el mundo ha podido aprender a leer y escribir, y no hablo el medievo: en el siglo XXI aún queda analfabetismo en el mundo con el empobrecimiento que eso conlleva. Yo os pregunto y me pregunto: ¿alguna vez agradezco a Dios la educación y la cultura recibidas? ¿pienso en lo hermoso que es poder tomar un libro y disfrutar zambulléndome en él? ¿o ya es algo rutinario, "normal" y no reparo en que es un regalo y un privilegio?

De la misma manera? ¿comprendemos y valoramos lo que supone abrir los ojos y percibir la luz, los colores, las formas?? ¿disfrutamos del aroma de las flores, de los perfumes, de la fiesta que es para los sentidos entrar en una pastelería, o nos parece algo banal? ¿valoramos la vista, el gusto, el tacto, el olfato? o también nos parece "normal"? ¿caemos en la cuenta de que hay muchas personas con discapacidades sensoriales que no gozan ni se benefician de eso que nos parece tan "normal"?

A los que vivís en la costa y veis el mar todos los días me permito deciros que contemplar el mar no es lo normal para mucha gente. Yo viví durante dieciocho años junto a él y no lo valoré. Comencé a añorar el olor del salitre, el sonido de las olas y toda su belleza cuando ya no lo tuve cerca y me arrepentí de no haberlo disfrutado más. Era tan normal pasar por su lado casi sin mirarlo y después? ¡cuánto lo he echado de menos!

Y ya no os cuento lo que es esto del mar aplicado a las personas. Cuántas personas extraordinarias tenemos a nuestro lado y no las valoramos, ni las queremos, ni las cuidamos? Con frecuencia deseamos saludar o conocer a personajes públicos: deportistas, cantantes, literatos? a los que admiramos, y me parece bien, no tengo nada que decir en contra, pero? ¡cuidado! Muchas veces nos deslumbra lo espectacular, lo que no tenemos cerca, que nos parece una pasada, y no caemos en la cuenta de que estamos rodeados de personas impresionantes, que no brillan ni son famosas, pero que tienen una talla humana y espiritual que nos daría vértigo si acertáramos a mirarla como es en realidad. Pero nos acostumbramos a su presencia y tenerlos a nuestro lado se convierte en rutina, y hasta nos resultan a veces cansinas e incómodas, y? nos damos cuenta demasiado tarde -casi siempre cuando la muerte nos las ha arrebatado- de lo grandes que eran y nos duele el alma por no haberlas amado más.

¡Cuidado con la rutina! Es un enemigo silencioso y sutil que nos va minando y destrozando lo más hermoso: desgasta nuestra capacidad de asombro y vacía de sabor la vida. Hasta el amor sucumbe algunas veces al veneno de la rutina.

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