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Francisco García

BILLETE DE VUELTA

Francisco García

Adrados, el último titán

Se nos van yendo los clásicos, los últimos defensores acérrimos (del latín "acerrimus", superlativo del adjetivo "acer", que significa agudo, afilado, punzante) de la pervivencia de la cultura grecolatina. El filólogo Francisco Rodríguez Adrados, Premio Nacional de las Letras (2012), adalid de una generación de titanes que defendieron de pensamiento, palabra y obra los estudios de latín y griego en el sistema educativo, ha fallecido casi centenario, tal vez herido en el desconsuelo de conocer que no se alude a las lenguas clásicas en una sola línea de la modificación de la Ley Orgánica de la Educación, la LOMLOE, con la que el Gobierno pretende un regreso a la LOE de Rodríguez Zapatero, reconocida gloria nacional. Ojalá que el recorrido legislativo resulte tan tortuoso como el retorno de Ulises (Odiseo para Homero) a Itaca tras el saqueo de Troya.

Adrados, padre del diccionario que los estudiantes de clásicas del viejo COU manejábamos para traducir a Tucídides y su "Historia de la guerra del Peloponeso", fue el campeón de la defensa de la permanencia del latín y el griego en las aulas. Tan es así que una de sus obras, "Defendiendo la enseñanza de los clásicos griegos y latinos. Casi unas memorias (1994-2002)" es libro recomendable para conocer cuán poco han hecho los últimos gobiernos de este país por la promoción de la cultura helenística, salvo pisotearla. El viejo profesor salmantino hizo de su vida la norma del historiador y militar griego recolector del discurso fúnebre de Pericles: "Recordad que el secreto de la felicidad está en la libertad; y el secreto de la libertad, en el coraje".

Cuando alguien pregunte qué valor tiene que los bachilleres traduzcan en las aulas textos de lenguas clásicas habría que recordar al imbécil de turno (del latín "imbecilitas", que significa pusilanimidad) que los griegos inventaron el individuo humano, la libertad, la ciencia, el teatro, la democracia? Incluso la enseñanza, hecho desconocido, al parecer, por tanto tonto de capirote que vive de reinventar la moderna pedagogía (palabra, por cierto, de origen griego).

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