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Jorge J. Fernández Sangrador

La piel de plátano

La utilidad de una norma muy práctica para identificar a líderes de verdad

Un hombre escribe a máquina frente a una ventana de guillotina, a través de la cual se divisan tres torres: Victoria y las de la abadía de Westminster, en Londres. Pulsa con extraordinaria agilidad las teclas de una Remington Noiseless 7, en derredor de la cual hay varias tazas en las que sucesivamente fue bebiendo té. Aún queda un “scone”, el panecillo tradicional británico, en un plato.

También ha estado trasegando whisky, a juzgar por la elegante botella de cristal de bohemia, que tiene tan a mano, y porque todavía le queda un poco en el macizo vaso Timeless, que reposa, por cierto, sobre un libro con poemas de T.S. Eliot: “Collected Poems: 1909-1935”. Al lado hay uno de Alan Campbell-Johnson, cuyo título no se puede leer porque lo oculta un pequeño busto colocado encima, que yo diría que es de Joyce.

Sobre la repisa de la ventana, el escritorio y algún otro mueble hay estatuillas africanas y grecorromanas. Tal vez fueron adquiridas durante los años de servicio diplomático en Ghana, o en los muchos viajes de trabajo o de turismo cultural que realizó. Se ve que a Michael Shea, secretario de Prensa de Buckingham, que es de quien estamos hablando, tal como aparece en el episodio 8, de la temporada 4, a partir del minuto 6.05, de la serie “The Crown”, en Netflix, le gustan las antigüedades. Y la música del compositor Peter Maxwell Davies, que es la que escucha, en un disco de vinilo, mientras escribe.

“Farewell to Stromness” (“Adiós a Stromness”) es el título del interludio para piano, ejecutado por el mismo Peter Maxwell Davies, que reproduce el tocadiscos, mientras el actor Nicholas Farrell, que, en “The Crown”, interpreta el papel de Michael Shea, mecanografía el último párrafo de su libro, existente solo en la serie, “Ixion’s Wheel; a Threnody” (“La rueda de Ixión: un canto fúnebre”), que dice así:

“Era el cambio súbito de Eurydice, salvo que yo era Aristaeus, conduciéndola hacia la serpiente… Malachi, Maaalachi… Dos veces me llamó por mi nombre y dos veces me hizo señas con su dáctilo extendido… Me quedé en la oscuridad. Ella, en la luz. Sin embargo, yo era el diurno. Ella, la crepuscular, si tal distinción sin valor puede ser relevante. Despuntaba la aurora. La isla, rodeada por el mar, se movía rápidamente. La volví a mirar. Su dermis, cristalina en la luz del sol centelleante, parecía la piel tensa de un pez. Me echó una última mirada y luego, hundiéndose, se sumergió en la creciente verdescencia de las aguas jónicas… Mors tua, vita mea. Fin”.

La lectura de este pasaje es como un preludio del argumento principal del episodio: la desaprobación, por parte de Isabel II, de las líneas más incisivas del programa de gobierno de Margaret Thatcher, y de cómo se traslada sutilmente a la prensa, con la anuencia de Buckingham, el dato de que la Reina está disgustada con la situación que se ha creado por la tajante aplicación de ciertas medidas de carácter económico y social, y por los pronunciamientos acerca de la naturaleza de la Commonwealth, que la Dama de Hierro ha emprendido y expresado sin andarse con miramientos.

Nunca antes había tenido lugar algo así: lo del explícito desacuerdo de la Reina con las acciones de su Gobierno y lo de la filtración. Y, cuando el secretario privado de Su Majestad cae en la cuenta de la equivocación en la que han incurrido él y los asesores reales al permitir que la noticia de cuál era el sentir regio llegase a los medios de comunicación, le sugiere, con el visto bueno de Isabel II, a Michael Shea, secretario de Prensa, que presente su renuncia al cargo, lo cual hace inmediatamente, aun sin tener culpa alguna. Más aún, él mismo había advertido del error de juicio que constituía el difundir, a través de los periódicos, el hecho de que la Reina y la Primera Ministra no congeniaban, pero... “Mors tua, vita mea”.

Se inmola para salvaguardar la buena imagen pública de la Corona y practicar, de este modo, un torniquete que corte el flujo de consecuencias políticas que está a punto de desencadenar el insólito posicionamiento de la Reina contra la firme actuación de Margaret Thatcher en materia social y su manifiesto desdén hacia la Commonwealth. Todo esto, según la versión de “The Crown”.

Nada más salir del entorno palaciego, y ya fuera de la serie, Michael Shea se convirtió en un prolífico escritor de novela y ensayo. Tengo uno de sus libros, “Leadership Rules” (“Reglas de liderazgo”), que comienza con esta cita de Charles-Maurice de Talleyrand: “Las naciones se aterrorizarían si supieran lo pequeños que son los hombres que las dirigen”.

Y es que Shea, quien, a lo largo de su vida, mantuvo contacto con muchísimos e importantes mandatarios nacionales e internacionales, llegó a la conclusión de que eran gente de lo más corriente, que alcanzaron puestos relevantes por una combinación de oportunidad de tiempos, circunstancias coyunturales y de cualidades personales, sobre todo la ambición, estando en manos de otros, que los manejaban como si fuesen marionetas, la gestión real de su gobierno y la confección de su perfil mediático.

Eso es lo que eran: marionetas, no líderes. Casi todos ellos. Y para identificar a un líder de verdad, o para llegar a serlo, Michael Shea ofrece veinte “reglas”, que versan, entre otras, sobre la genialidad, la capacidad de aglutinar voluntades, o dividirlas, según convenga, de resistir, innovar, contagiar ilusión, perseverar o implicar a gente joven. Y, aunque sea la de menor relumbrón, menciona una que es la mar de práctica: ¡Ojo con la piel de plátano! ¡Que siempre está ahí!

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