Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Francisco Garcia Perez

Cosas sutiles que se cargó la pandemia

Las costumbres perdidas

Cosas sutiles que se cargó la pandemia

Conté aquí el mes pasado que cuando nos vemos cara a cara (o mascarilla a mascarilla) hemos ya perdido la civilizada costumbre de preguntar cómo está el otro antes de pasar a agobiarle con lo propio. Pues el personal ha encontrado en el teléfono móvil, ese chisme que suena y suena, un estupendo cómplice para seguir avasallando intimidades. Pedir educado permiso, preguntar prudente, escuchar atento, contexto de recepción: sutiles cosas que se cargó del todo esta pandemia.

Yo entendí lo que era ese contexto de recepción tras una visita al campo nazi (ojo: no polaco) de exterminio de Auschwitz. Mi desolación anímica por la barbarie allí rememorada –y que aún parecía flotar sólida en el ambiente− era inabarcable. Traté de mitigarla buscando la empatía de una amiga a quien envié una foto del lugar y desde el lugar. Pues bien, la puse en un aprieto. Acababa ella de finalizar su jornada de trabajo, estaba tomándose algo de refresco junto a unos amigos y familiares, comprendía mi angustia, pero me dio a entender ─enviándome como respuesta una foto de su entorno en ese instante─ que no era aquel el momento más indicado para reflexionar sobre el Holocausto. Ahí aprendí lo que es el “contexto de recepción”: el conjunto de circunstancias que rodean al receptor de un mensaje. Es de buena civilidad respetarlo, preguntar primero si es el momento adecuado, si al interlocutor le viene bien hablar. Pues insisto en que el abusivo cuando innecesario uso del móvil se ha cargado esa forma de urbanidad que, siendo sinceros, ya agonizaba.

Pensé escribir aquí unos cuantos casos dolorosos de falta de respeto hacia el contexto de recepción, pero decidí tomarme la cosa con humor y acudir bienhumorado en ayuda de mis congéneres para rogarles que piensen siempre en el receptor antes de ser emisores de cualquier banalidad ni urgente ni importante. Que se corten un poco antes de marcar y rellamar y volver a marcar el teléfono del otro. Porque, en ese preciso momento en que uno se abrasa por declarar –pongo por caso− su amor incondicional, el ser amado puede estar sentadito cómodamente en el váter atendiendo a la inaplazable llamada o alarido de la naturaleza, y quién sabe si estreñido hasta la lágrima o suelto cual géiser. No insista o envíe un guasap antes de darle con el dedito al contacto de un conocido para preguntarle de viva voz qué opina de la última novela de Millás o de Posadas, pues puede pillarlo viendo porno y es un corte, mire usted. Que la gente educada descuelga o responde al teléfono, pero igual no es momento de proponerle a bocajarro a alguien un futuro viaje a Islandia cuando se haya en un velatorio de mucho compromiso, por ejemplo. Igual no es la mejor ocasión para pedir pasta prestada cuando al sableado lo están disponiendo para llevarlo al quirófano. O preguntarle a la trágala al jefe de recursos humanos si sabe a quién le toca sellar el boleto de esta semana de la lotería del curro y darse cuenta de que se halla bajo los efectos del alcohol u otras drogas. Nada más que disgustos desabridos se obtendrán si uno se salta el aviso previo −ese tan educado “¿puedes hablar o te llamo más tarde?”− y está dale que te pego al tonillo de llamada hasta que el otro interrumpe el ayuntamiento o coyunda carnal en el que estaba dale que te pego, dichoso él. No quieran a toda costa colocar lo suyo sin conocer el contexto de recepción al otro lado, pues igual invadimos comilona amical, interrumpimos lectura sosegada de poesía lírica, hacemos la gracia de cantarle cumpleaños feliz a quien reza su penitencia recién confesado o serena el espíritu en meditación zen. Recuérdese y cuéntese hasta diez antes de leerle este artículo por teléfono o videollamada a un amigo: igual lo pilla literalmente en pelotas y tenemos un lío. Contexto de recepción, un respeto.

Compartir el artículo

stats