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Xuan Xose

Emigración y empleo

Asturies y sus hijos

En sus “Cartas del viaje de Asturias” dedicadas a la agricultura y la industria señala Xovellanos la continua y numerosa emigración causada porque la tierra no es capaz de dar sustento a sus naturales y señala las causas: las continuas subdivisiones del terrazgo, la ausencia de comercio, la falta de formación, la inexistencia de industrias y la falta de capitales. Sobre esto último: “¿Dónde, pues, se hallarán capitalistas? Y sin ellos, ¿cómo se podrán erigir ni promover establecimientos industriales? ¿Cómo formar empresas grandes y dispendiosas?”.

Asturies ha sido siempre tierra de emigración por su pobreza, desde los asturianos que van a servir al ejército romano a los aguadores o esportilleros que pueblan las tierras castellanas en los Siglos de Oro o aquellos que practican la emigración temporera (segadores o teyeros). Esa emigración se convierte en masiva hacia América durante el XIX y gran parte del XX. Después a Europa, fundamentalmente, y al resto de España.

¿Qué ha cambiado desde los tiempos de don Gaspar hasta hoy? En primer lugar, la emigración no se debe ya a la sobreocupación del campo (más bien, el problema hoy es su abandono), tampoco a la falta de formación: la mayoría de los jóvenes que salen del país lo hacen con una magnífica preparación. Pero en cualquier caso, como en el pasado, Asturies no es capaz de dar empleo a sus hijos, no de acuerdo con su preparación y expectativas, al menos.

Permítanme un excurso. Durante estos meses, el debate en torno a la oficialidad se ha visto acompañado por las cuestiones relativas a la emigración y la falta de empleos en el país, a veces sin conexión entre esas cuestiones, otras sí, como si la oficialidad fuese la culpable, retrospectivamente, de nuestra secular emigración o la fuese a agravar en el futuro.

En todo caso, y al margen de los lamentos melancólicos, algunos de los análisis sobre la emigración y su complementario, la falta de empleos, realizan propuestas meramente voluntaristas (que regresen, sí, ¿pero cómo y a qué?) o confían toda la solución a las inversiones del Estado o a los fondos europeos.

Asturies ha sido siempre deficitaria en capitales, piénsese solamente en toda la creación industrial e inversiones de los siglos XIX y XX. Para evidenciarlo, hágase un somero repaso a esas industrias, desde las extractivas a las productivas, a las empresas bancarias, y a los apellidos a ellas ligadas. Durante los años del franquismo, un capitalismo de Estado empleó a más de 70.000 ciudadanos en la industria asturiana (multiplíquese por cuatro o cinco de familia, para calcular el número de “beneficiados”). Y hoy en día las grandes inversiones siguen la misma procedencia: Thyssen, Dupont, Mittal, Amazon, por ejemplo.

Con todo, hay una serie de empresas, de número no tan pequeño, digamos de capital asturiano o de capital arraigado en Asturies, que viven, crecen, compiten con multinacionales en nuestro territorio o exportan. El pasado día 13 LA NUEVA ESPAÑA titulaba: “La pymes asturianas ganan peso entre las que lideran la expansión empresarial en España”. En el PAS instituimos un premio anual a la “Meyor empresa del añu” que entregamos durante más de una década. Alguna de esas empresas, como Talleres Alegría, están entra las que el artículo de este periódico señalaba, otras como la de El Gaitero llevan muchísimos años por el mundo.

Esa situación de capitalismo de Estado durante el franquismo ha producido un fuerte núcleo de poder y de mentalidad que se realimenta mediante el voto y que ha producido un doble efecto. En primer lugar, que la mayoría de las políticas de los sucesivos gobiernos asturianos se hayan dedicado más a defender lo existente y llamado inevitablemente a desaparecer que a atender a pymes y sectores con futuro. En segundo lugar, que exista una cierta generalizada desconfianza o despego hacia la empresa y la iniciativa privadas, tanto en el terreno de las realidades como en el de las mentalidades.

Y, sin embargo, es en este campo en donde se asienta nuestro futuro, nuestro crecimiento; de forma lenta, no como una inversión milagrosa y creadora de miles de empleos por parte del Estado. Ahí deben volcarse estímulos y facilidades (entre otras, agilizar la insoportable maquinaria burocrática, tan ahuyentadora de inversiones y encarecedora de empleos). Las inversiones en empleos tecnológicos dependientes de la Administración son de efectos económicos limitados y no constituyen más, en último término, que un incremento del funcionariado. Y los millones que se empleen en parques, carreteras, centros culturales, etc., que parecen ser la demanda mayoritaria de las corporaciones locales, agotan su virtud en su instalación.

¿Seremos capaces de verlo y obrar en consecuencia?

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