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Virginia Gil Torrijos

Sola en mitad de la tierra

El dolor de una madre por la pesadilla ucraniana

“Estamos solos”, (solos en mitad de la Tierra) eso decían los ucranianos: solos. Mientras un abuelo entre lágrimas de rabia insultaba al zar: “Bastardo”. Eso le increpaba ante las cámaras al todopoderoso Goliat: “Bastardo”.

Pero iban pasando las horas y los colores de la bandera ucraniana azules y amarillos (casi del mismo tono de azul, y casi del mismo amarillo que la bandera de los asturianos) empezaban a expandirse de forma espontáneamente por las plazas de muchas ciudades. Pequeños gestos, de pequeña gente, pero que iban indicando que, a pesar de todo, quizás Ucrania no estaba tan sola, quizás no tan sola en mitad de la Tierra. Y se va formando una resistencia colectiva y Ucrania se expande por la esencia de lo que somos y de lo que en que creemos.

Desde un lado seguro, millones y millones, de personas, van contagiándose de rabia, impotencia y furia hacia la megalomanía del imperialista usurpador invasor y van también contagiándose de empatía por las madres de todos esos ucranianos, la mayoría jóvenes que probablemente vayan a ser carne de cañón (¿para que una pare a sus hijos?, ¿para verlos morir?) Personalmente a mí me inunda la ternura por todas esas mujeres a las que escuchaba en las radios hablando desde los refugios con sus móviles. Y, más que nunca, siento la necesidad de abrazar a mis hijos, a mis dos chicos en edad de reclutar, y de protegerlos por un instante en el seno materno donde los engendré. Por nada del mundo quisiera estar en su lugar de esas madres, tener que entregar a mis hijos al sacrificio para que sean quizás sean pasto de la muerte por solo la lujuria y el endiosamiento de un tío pirado y sin escrúpulos. Debería ser algo más la vida, me digo.

Y veo una y otra vez la mesa de Putin en las teles, esa mesa que es ya un nuevo símbolo para la historia de la humanidad, esa mesa como una metáfora histriónica de lo todo lo que personalmente me repugna: la vanidad, la ostentación, la prepotencia, la oscuridad de los seres carroñeros que embadurnan en oropeles sus míseros sepulcros (en este caso mesas) blanquecinos.

Toda esta guerra y toda esta resistencia me retrotrae a las reminiscencias de otras guerras del siglo XX y a los conceptos de un “no pasarán” de los carteles. Le doy vueltas al sentido de la heroicidad, de la lucha, de la dignidad y me invaden sentimientos contradictorios. Vivimos en una sociedad de pragmatismos, pero queda aún en nuestra genética un poso de cierto romanticismo. Llegado el caso, estoy completamente segura que yo también sería capaz de luchar por mis hijos, con un fusil u otro tipo de arma, por mis hijos sí que lo haría. Sería capaz de eso y también de gritar:

–¡Buque ruso, vete a la mierda!

Solos en mitad de la tierra. O quizás no tanto. Es evidente que Putin nunca ganará este relato. Pese a que gane esta guerra (que lo hará), pese al control de la prensa, el envenenamiento de los detractores y las amenazas a los díscolos que le protestan en las calles, sabemos que no ganará. Lo siento sr. Putin, será hoy usted el hombre más rico del mundo y quizás su inmensa fortuna de 200.000 millones de dólares obtenida desde la nada a golpes de frialdad, le hayan hecho pensar que había sido elegido por los dioses, pero usted ha perdido hace muchos días este relato y ha perdido para siempre la gloria que seguro ensoñaba.

A mis representantes políticos, a esos que están aquí y en Europa y a las fuerzas del orden público y de seguridad, les instaría a que cortasen de cuajo para siempre el grifo del dinero del opaco, a ese que campa a sus anchas a la luz del Mediterráneo. Medidas financieras y embargo de bienes personales al todo el séquito del zar y sus secuaces. Pido confiscación de todas las mesas millonarias siempre blanqueadas de algún modo, de todas esas que lucen en las megamansiones del Levante español. Y pido que todos los sátrapas que emprendan el camino del exilio, a pie si es preciso, derechitos hacia Kremlin, que dejen aquí sus Ferraris, sus yates y sus aviones privados, que salgan de España y de la Europa que ningunean. Aquí una madre pide represalias, y pide también como nieta de otros resistentes honor para los valores de esta Europa que otros ya defendieron hace más de 80 años. Una madre ahora y una nieta antes, pide dignidad y pide memoria histórica para la heroicidad de las creencias de libertad, igualdad y fraternidad que han subestimado. Ucrania caerá. Ucrania va a caer, pero su pundonor no deberemos olvidarlo. Su pundonor que se parece mucho al que fue hace tiempo el nuestro.

Pido a mis dirigentes: inteligencia y venganza fría para el invasor y expropiación en España de las propiedades a toda esa oligarquía millonaria. Somos nada, hormigas nimias pero desde un lugar en el que solo tenemos algunos el ardor de un teclado para combatir a un dictador, lo usaremos, de hecho ya lo estamos usando, para sembrar nuestras creencias. Mi fusil puede ser ese y la empatía para tender mi mano a los que hubieran llegado a pensar que estaban solos. Personalmente me atendré a las consecuencias de que suban de nuevo las facturas de la luz, o de la gasolina. Da igual. Hay causas que merecen la pena. Cuando caiga Ucrania, cuando caiga, dejando seguro cientos de miles de muertos, habremos recordado la lección: el sueño romántico de la utopía, el sueño romántico del no dejarse doblegar, el sueño romántico de la lucha hasta la extenuación para volver a entender que no somos solo autómatas, que nuestra pequeña alma David es por sí misma la esencia del ser humano, esa esencia de la que están hechas los sueños de poetas y la forja de los héroes.

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