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Pedro de Silva

Vangelis, grande en todo

Vangelis, en una imagen de archivo. | EFE

Al conocer la muerte de Vangelis me pongo a buscar una obra para su homenaje. Tras un merodeo por lo que tengo en mi discoteca física opto por el álbum “Opera Sauvage” (1979), pero dudo entre varios temas. Acabo descartando “Hymne”, por muy evidente, y opto por “Rêve”, una pieza larga, con un final que parece interminable, como demorando irse, dando así cuenta de una vida cumplida hasta el último día. Los orígenes de Vangelis en el rock progresivo, el uso de sintetizadores, el no infrecuente recurso a la percusión moderna y la dificultad de clasificarlo (¡como si ese fuera el asunto!) alejaron de él a algunos amantes de la música clásica. En mi modesta discoteca, organizada simplemente por estratos del propio gusto, comparte balda con Philip Glass, Michael Nyman y Win Mertens, pero también con John Adams y hasta Arvo Pärt. Su legado visionario anticipó un mundo, y todavía lo hace.

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