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Virginia Gil Torrijos

En lo alto del "palo Asturias" del "Juan Sebastián Elcano"

Memoria de los quinientos años de la primera circunnavegación a partir de una travesía en el buque escuela de la Armada

La guerra de Ucrania nos ha recordado como a lo largo de Historia de la Humanidad se modifican la apreciación que tenemos de los bienes y servicios, y el valor que somos capaces de darles en un determinado espacio/tiempo bien por su escasez, por su abundancia, o por los hábitos variables de vida, en definitiva, por eso que se denomina la ley de la oferta y la demanda. Hoy se pone de manifiesto ante el suministro de gas, hace dos años ocurría con las mascarillas, tal vez mañana sea por la falta en el mercado de algunos componentes electrónicos procedentes de China. Todo es variable. Nada es estático. En la Edad Media uno de los bienes más codiciados eran algo tan común hoy en día como las especias. Así la pimienta, la canela, el jengibre, el clavo o la nuez moscada alcanzaban precios astronómicos en Europa. Estas sustancias eran utilizadas para enmascarar el sabor de los alimentos que no eran frescos y llegaban al Mediterráneo desde el Oriente Medio a través de Venecia. Pero a principios del siglo XVI esa vía estaba siendo bloqueado por el emergente imperio turco y eso preocupaba a los estados y a las coronas. Y ahí, en esa razón comercial, hay que buscar el motivo para el emprendimiento de uno de los viajes más asombrosos y temerarios de la historia universal, la expedición de Magallanes-Elcano hacia las míticas Islas Molucas, pero por una ruta nueva, en dirección Occidente.

En 1519 cinco naos –la Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago–, salieron al océano en busca de las preciadas especierías. Pero no fue hasta el 6 de septiembre de 1522, tres años después, cuando los lugareños de Sanlúcar de Barrameda vieron llegar una nave escorada, parcialmente desarbolada, y de la que asomaban 18 escuálidos hombres "flacos como jamás hombres estuvieron" que afirmaban ser los supervivientes de la armada de Magallanes, y que habían vuelto tras haber dado la vuelta al mundo cargados de especias. Esa única nao que arribaba era la Victoria. Llegaba comandada por Juan Sebastián de Elcano tras "recorrer y descubrir toda la redondeza del mundo", tal y como el marino describió.

Aquel viaje fue la primera circunnavegación. Y de eso, de su llegada a puerto se cumplen ahora exactamente 500 años.

Ante tal abrumador relato hay pocas cosas que decir, salvo que en ocasiones la vida nos alegra con sorpresivas carambolas, y ocurren pequeños milagros que rompen nuestra existencia anodina y nimia. Mi particular gran milagro de este verano fue tener el inmenso privilegio de poder realizar una travesía de cin días en el Buque Escuela de la Armada Española, Juan Sebastián de Elcano y vibrar con la experiencia de que esta historia, la de la primera circunnavegación, me fuera explicada en la sala de guardamarinas por el Capitán de Navío y Comandante del mítico barco escuela, Manuel García Ruiz, mientras la nave surcaba el mar azul frente a las costas de Portugal.

La razón a ese inmenso privilegio fue atender a una invitación que la Armada Española tuvo con unos ochenta y cinco civiles, conmigo y con mis compañeros de travesía, todos de muy diversa índole y profesión que previamente, y muy reiteradamente, habíamos manifestado nuestro grandísimo interés por vivir esa experiencia de Marín a Cádiz ocupando las literas que los caballeros y damas guardamarinas dejaban tras finalizar su aprendizaje de casi seis meses de circunnavegación, y que ahora descansaban ya en Pontevedra, tras la finalización del curso. Con nosotros a bordo el barco se dirigía a Cádiz, a su base en San Fernando, para la reparación y puesta a punto anual. No puedo decir más que siento un profundo agradecimiento a la Armada por este honor, por la cortesía de que esta institución decidiese que una poeta fuese merecedora de tal invitación, dándose además la circunstancia de la concurrencia de la conmemoración del hito de Elcano.

Puedo constatar que el buque escuela es un barco absolutamente bello, tanto por su imponente figura de bergantín goleta de cinco palos, como por sus primorosas dependencias o por su historia acumulada, pero sobre todo, lo es por la gran calidad humana de toda la dotación que viaja dentro. La generosidad, la alegría, la convivencia, el buen rollo que se respiraba en el barco, a pesar de ser una nave militar, fue sin duda lo mejor y también lo más sorprendente del embarque. Hoy no tengo la menor duda que ese navío es el mejor embajador posible de España en cualquier confín del mundo.

Podría enrollarme y contarles muchas cosas sobre todo lo que hice y aprendí en esos días, que van desde las lecciones de navegación hasta las pedagogías de derrotas, pirotecnias y sextantes. Pero sin duda, lo que en realidad, en verdad, aprendí o tal vez recordé, es el reencontrarme con la fe y con el convencimiento de la capacidad del ser humano para vencer sus particulares miedos, sus temores, y así, entregarse a la curiosidad de los sueños. Soñar con circunnavegar el mundo, con subirse a un mástil o con ver la espuma de las olas sobre la red de un bauprés. Y tengo que decir que yo allí también vencí alguno propio al decidir trepar a un palo, concretamente al "palo Asturias", con arneses y cables de rapelar, eso sí, y siempre bajo la atenta mirada de un subteniente, porque tampoco sería cuestión que a una "señora", por muy intrépida y ágil que pareciese, le fuera a ocurrir una desafortunada desgracia.

Estando allí, en el momento que iba aupándome hasta la cofa, intentando no mirar abajo para no morirme de la impresión, se me ocurrió pensar en una anécdota que había leído de la poeta Concha Méndez. Era Concha muy jovencita cuando un conocido de su padre les preguntó a sus hermanos varones lo que querían ser de mayor, y la osada, de forma espontáne, y por iniciativa propia, sin que el hombre se hubiese dirigido a ella, contestó: "Yo voy a ser capitán de barco". El señor, tras una risotada despreciable le replicó "las niñas no son nada". Y en eso pensaba yo mientras trepaba, en eso y en que alguien por favor desde cubierta hiciera el favor de estar grabándome, porque en caso contrario mis hijos nunca se lo iban a creer. Pelayo y Lucas jamás se creerían que su madre tuviese una mínima astilla de pirata por mucho que de pequeña le encantasen las películas de bucaneros o de submarinos, o incluso las de botón de ancla.

El episodio de Concha Méndez ocurrió hace más de un siglo. Desde 1988 a las mujeres les es permitido incorporarse formalmente a las Fuerzas Armadas españolas. Aunque sí que es cierto que durante guerra civil en el bando republicano hubo milicianas en primeras líneas del frente y no sólo como personal de apoyo. En este año, en 2022 se han batido récords de porcentajes en muchos cuerpos en cuanto a la integración. La dotación de Buque Escuela está formada también por muchas mujeres, algunas de ellas increíblemente jóvenes. Ocupan puestos de todo tipo, desde miembros de la marinería hasta oficiales. El trabajo es el mismo, sin distinción. Nada de discriminación positiva, incluso en las labores físicamente más duras como las de recogida de velas.

Al llegar a puerto entre la algarabía, las bandas de música, los saludos oficiales, y los himnos, me llamó la atención una pancarta, iba dirigida a una suboficial. En ella se leía: "Bienvenida a casa, mamá". Este país sin duda ha cambiado. En mi caso concreto ese del 21 de Julio pasado, aún tardé muchas más horas en llegar a Asturias. A Ranón vino a buscarme mi hijo mayor. Él y su hermano me esperaban emocionados. Me habían hecho la cena. De postre me sacaron una tarta de queso horneada por ellos mismos, con un papelito y una vela. El mensaje decía: "Feliz cumpleaños" y luego me pudieron que les contase de pe a pa todo, mientras se miraban entre incrédulos y orgullosos. Cuesta impresionar a unos chavales. Tuve que constatar todo con testimonios gráficos, incluida la pasada de los Harrier y la de los helicópteros sobre el barco. Pero funcionó. Se tragaron el relato. En ocasiones cuando miro a mis hijos, hasta creo que algo he hecho bien porque, a veces, la vida es, sin duda, hermosa.

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