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Francisco García

Ortega en la corte del exabrupto

No por recurrente está de más traer a cuento la intervención del filósofo Ortega ante las Cortes Constituyentes el 30 de julio de 1931, la de la pérdida, según sus propias palabras, de la “virginidad parlamentaria”. En un hemiciclo que ya barruntaba la barbarie del 36, el pensador pronunció, sentencioso: “Hay tres cosas que no podemos venir a hacer aquí, ni el payaso, ni el tenor ni el jabalí”. Lamentablemente, algunos parlamentarios de bien distinto sesgo ideológico han convertido el sacrosanto templo de la democracia en un circo, en una platea de opereta o en una cacería. Contempla el ciudadano con estupor intervenciones rufianes que rayan la payasada, con puesta en escena de tenor afinado en gorgoritos, y berreas montunas de extrema derecha, tal que una estampida de jabatos con aspiraciones de Capitán Trueno.

Ya dijo Ortega con brillantez en aquella ocasión que “nada de estultos e inútiles vocingleos, violencias en el lenguaje o en el ademán”. ¿Quién, desde la acera pública o desde el estrado no está de acuerdo con el filósofo, con que en este país y en este momento crítico hace falta más brillo en el ingenio y menos vomitona zafia; más agudeza en la réplica y menos dentelladas fieras a la yugular; menos insultos e intromisiones intolerables en la vida privada del adversario y más dialéctica por elevación? Lo que está ocurriendo tiene siglas, nombres y apellidos y supone una falta de respeto a la opinión pública y a las cámaras. Comentando el discurso orteguiano en las Cortes, Unamuno escribió en el diario “El Sol” otra frase que viene al caso, lapidaria: “Suerte fatal la de tener que civilizarse”. Civilícense los radicales, a diestra y siniestra, y dejen ya de hacer el jabalí.

Ocurre que cuando un payaso entra en la corte no se convierte en rey; más bien al contrario, es la corte la que se transforma en un circo. Y así nos va, agigantándonos los enanos.

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