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Francisco García

El precio injusto

El ahorro de los asturianos ha encogido en mil millones de euros, según cuenta el periódico. Como son las poblaciones más envejecidas las que tienen mejor provisto el calceto, resulta razonable pensar que sea la Asturias de los jubilados una de las comunidades más afectadas por la merma de los depósitos bancarios.

Mientas los ciudadanos, a cuenta de la inflación, han pedido poder adquisitivo, las arcas estatales y autonómicas han engordado sobremanera gracias a los impuestos que, como el IVA, gravan a los productos encarecidos. He ahí la obtusa contradicción: lo que es malo para el común resulta oneroso para el Estado, ese leviatán que cada vez nos protege menos y nos sale más caro.

Echen la cuenta: han subido el gas, la electricidad, los carburantes y los alimentos. O sea, todo de lo que no se puede prescindir, porque hay que comer cada día, poner la lavadora, encender la luz y coger el coche para acudir al trabajo. Se trata de bienes tan inelásticos desde el punto de vista de la demanda que no se pueden sustituir, salvo que vayamos a lavar la ropa al pilón, encendamos velas por la noche, nos desplacemos a pinrel o nos alimentemos del aire, como famélicos faquires.

De todos los bienes y servicios cuyo precio rastrea mensualmente el INE solo doce han bajado de precio. La mayoría de ellos vinculados al transporte, por el efecto de la rebajas de los bonos para autobuses y trenes y por el fin del periodo de pago de algunas autopistas. Hasta en eso lleva peor parte Asturias, que sigue retratándose al paso rodado por el Huerna.

Solo han reducido su precio los teléfonos móviles, los ordenadores y las gafas graduadas. O sea, que los que mandan quieren que hablemos más para compensar que comamos menos. Por lo demás, aprovechen la ganga y cambien de lentes, a ver si así dejamos de contemplar la realidad borrosa con aumento de culo de vaso.

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