Opinión | La espiral de la libreta
"Solo sí es sí" y un concierto para piano en re menor
Cinco meses de oprobio para las víctimas y un desgaste inútil
Un hombre de sesenta y pocos echa a correr para subirse al autobús casi en el mismo instante en que abandonamos la parada. El hombre tropieza, se cae, se endereza enseguida y persigue el vehículo por la acera hasta que, en el primer semáforo, consigue fotografiar al chófer, el morro y los distintivos del bus, indicando con una gestualidad histriónica que pretende denunciarlo. Se pasa el dedo índice raudo por la garganta, amenazando al conductor con rebanarle el pescuezo. Está rabioso, con esa agresividad que parece impregnar el minué urbano desde el covid. Caerse de rodillas y en público da mucha vergüenza, sí. Aunque tampoco hay para tanto: nos pasamos la vida dando traspiés.
Entre las maneras de responder al error, la pifia o el descuido, se encuentra la de proyectar la culpa contra los demás, que no están obligados a esperarnos en la parada del autobús. Parece más atinado apechar con la equivocación como mejor sepa uno. Como hizo la pianista Maria Joâo Pires en un concierto en Viena en 1998.
En cuanto la orquesta acomete los primeros compases del concierto para piano en re menor de Mozart, la solista portuguesa cae en la cuenta de que ha estado preparándose otra pieza distinta. Un vídeo colgado en YouTube muestra el caleidoscopio de emociones que le atraviesan el rostro en pocos segundos: el asombro, la risa floja, el pánico, la desesperación, el vértigo, el desaliento. Mientras, la orquesta sigue avanzando. El director, Riccardo Chailly, la mira desde el podio.
–Tenía otro concierto apuntado en la agenda –musita Joâo Pires con la mirada degollada.
El maestro Chailly sonríe sin dejar de mover la batuta. Le dice:
–Este lo tocaste en la última temporada.
Tras una brevísima pausa, insiste:
–Puedes hacerlo. Estoy seguro de que lo harás bien.
El público aguanta la respiración cuando Joâo Pires empieza a deslizar las yemas de los dedos sobre el teclado, como si prefiriese no hacerlo. Tal vez otra diva hubiese abandonado la sala airada, con la espalda muy tiesa, soltando un bufido, "tendrías que habérmelo recordado", "¿por qué no me llamaste para ensayar?" o cualquier otro pretexto exculpatorio. La genial pianista, en cambio, se entrega al instrumento con humildad y respeto, hacia la música y el público, reconcentrada en sí misma para rescatar la partitura de algún pliegue del cerebro. Hermosa también la lección del trabajo en equipo: el maestro Chailly, lejos de avinagrarse, empatiza con ella infundiéndole ánimos. Hoy por ti, mañana por mí.
No sé… Me han venido todas estas imágenes sin sentido a la cabeza al pensar en la ley del "solo sí es sí", el empecinamiento de Podemos y el bulto escurrido de otros. Si la norma da lugar a tan distintas interpretaciones por parte de los jueces, está mal hecha. Ha costado cinco meses de desgaste inútil y sobre todo de oprobio para las víctimas. No pasa nada por reconocerlo.
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