Opinión

Para qué sirven las encuestas

Existe un viejo dicho al que se atribuyen variadas paternidades que reza así: “Hay tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”. La frase, que coloca a la estadística en el grado más elevado de la falsedad, se ha ido perfeccionando con el tiempo hasta el punto de que hay quien coloca en la cúspide de la pirámide de la engañifa a las encuestas y sondeos. A esa percepción ha ayudado lo suyo José Félix Tezanos, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas, el frecuentemente vituperado CIS, al que se acusa de cocinar la demoscopia al gusto del paladar del presidente del Gobierno. Tan es así que hay quien asegura que las elecciones autonómicas del próximo domingo en Asturias no las ganará Adrián Barbón sino Pedro Sánchez. Cuando quizás ocurra en parte lo contrario: que el cabeza de lista de los socialistas asturianos se deje votos por el camino por culpa de la errática política y los encamamientos de su líder espiritual.

Si se trata de maquinar trolas y trápalas, sobre todo aquellos sondeos encargados de parte, ¿para qué sirven entonces las encuestas? Muy sencillo: para hacer más llevadero el insoportable tedio de las campañas electorales y su habitual chamarilería de tienda de todo a cien. El ciudadano aguarda el resultado de la demoscopia como el momento más fascinante de la carrera a las urnas, aún a sabiendas que muchos encuestados esconden el sentido de su voto. Los partidos esperar ansiosos los sondeos de los medios de comunicación porque saben que resultan más fiables que los suyos, en los cuales suele ocurrir que las respuestas dependen del cariz que se le de a las preguntas. Si en las encuestas del PSOE gana el PSOE y en las del PP son los populares los que acarician la victoria, la trampa de trilero de cubilete se encuentra en que se interpela a la gente para que diga lo que se quiere que diga, no para que exprese lo que piensa realmente.

Podría decirse que las encuestas son como las morcillas: muy sabrosas hasta que uno se entera cómo las hacen. Y aún así seguimos untando pan en ellas, porque hemos entregado nuestra vida a los contables.

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