Opinión | Un millón

No es la hora, es el reloj

El tiempo engendra relojes caros. Las 24 horas de acciones de las bolsas del mundo especulando en vela, el dinero que se multiplica por tiempo en los préstamos bancarios... Nunca valió menos saber la hora y nunca más tener un reloj caro. A la industria Suiza –bancos y relojes, dinero y tiempo– le va como nunca con sus mecanismos complejos que, bajo una esfera, mueven agujas en las que, penélopemente, el tiempo se teje y se desteje: "He llegado a y veinticinco y a menos veinticinco me he ido".

En este tiempo acelerado de milmillonarios rápidos conviven magnates jóvenes con jóvenes herederos de la meritocracia testamentaria y unos y otros pagan fortunas por lucir relojes ahora que el más pobre sabe la hora que es y que, conectada al Tiempo Universal Coordinado (UTC), ni adelanta ni atrasa. Los tambores de detergente en polvo llegaron a regalar relojes electrónicos japoneses y ahora te dan la hora el móvil, la tele, el microondas... Cuanto menos vale la hora, más vale el reloj en hombres hechos y derechos, de pelo en dorso, de peluco en correa que –como niñas– presumen de muñecas. El tic-tac de ese reloj es un sonido que da imagen y no dice la hora, grita riqueza.

En los malos tiempos, el dinero cobarde se refugia en buenos relojes tan suizos como los francos en que se pagan y se invierte en Rolex por los que no pasa el tiempo. En cuanto se le pasa el miedo al dinero, los pelucos salen a subasta a ver cuánto valen en otra muñeca coleccionista a la que le sobran tiempo y dinero porque se los ha quitado a los demás como empleador, como especulador, como evasor fiscal, como rentista. (Un Rolex Daytona que perteneció a Paul Newman se subastó por más de 17 millones de dólares).

El reloj que dio cuerda al horario de la industrialización y marcó el tiempo de nuestro capitalismo acaba en la gama alta de consumo, pagado por la desindustrialzación, como artesanía en tiempo de prefabricados, como mecánica en la era electrónica, como símbolo de los dueños de este tiempo que tiene un orden a la vez helvético y selvático.