Opinión

Agonía

La lucha de Asturias en busca de un futuro

El marco de nuestra realidad es invariable y, hasta ahora, viene acelerándose: el de una mazanina que va agurriando a medida que avanza el calendario: escaso crecimiento del PIB, problemas demográficos, emigración de los más formados, peso creciente de las rentas pasivas… Y no ayuda en nada a las expectativas colectivas el anuncio de inversiones que no llegan, como la de coches chinos BYD, o las que se buscan y rechazan, tal la de Preco (veremos, por cierto, de qué manera acaba la de baterías de Tesla). Tampoco nos favorecen las expectativas en exceso optimistas, como las del hidrógeno verde, una fuente de energía excesivamente cara para que sea utilizable de momento, y que hace que determinadas inversiones, como alguna de Arcelor, estén en suspenso.

Ello, sin embargo, no debe oscurecer que existen empresas y emprendedores que innovan, crecen y exportan y, por ello, crean riqueza y empleo, empresas muy importantes. Este viernes pasado, por ejemplo, FADE ha reconocido y galardonado a alguna de esas empresas y emprendedores, en concreto, a Ascensores Tresa y a don Daniel Alonso Rodríguez, presidente de honor del Grupo Daniel Alonso, S. L. por su trayectoria y éxito. En estos días, por cierto, también se han realizado reconocimientos varios hacia la persona de don Francisco Rodríguez el fundador de Reny Picot e impulsor de ILAS.

(Me permitirán que recuerde que don Daniel Alonso y su compañía fueron uno de los primeros Premiu Meyor Empresa que el Partíu Asturianista concedió. Asimismo, que mantenemos una buena relación personal con los descendientes de Tresa y lamentamos la reciente muerte de su fundador, don Gonzalo. Déjenme, a propósito, transmitirles unas palabras que don José Cardín me reiteró en el velatorio del patrono de Tresa: «Cuando me disteis el premio, el primero que recibíamos en toda nuestra trayectoria, pensé que, a partir de ese momento, iban a empezar a mirarnos de otra manera en Asturias»).

La puesta, por fin, en marcha del AVE levanta un montón de expectativas e ilusiones, como un motor económico importante, capaz de cambiar radicalmente nuestra economía. En mi opinión, convendría relativizar esas ilusiones. Fundamentalmente, porque faltan aún complementos imprescindibles en relación con el servicio: la Zalia, las conexiones marítimas de los puertos de Avilés y Xixón, la captación de tráficos en la Meseta, una red adecuada de comunicaciones con Galicia y Francia…

Pero, sobre todo, nuestros problemas de crecimiento, riqueza y empleo son endógenos. Estos días, he estado releyendo un libro de Juan de Lillo, «Rafael Fernández, testigo de Asturias» (libro, por cierto, que tengo casi milagrosamente, pues el PSOE se encargó de comprar casi todos los ejemplares para retirarlos de la circulación). En él señala el que fue presidente de la preautonomía que el gran problema de Asturies es la falta de capitales propios, algo que es una obviedad y que ya señalaba el mismo Xovellanos. No cabe, pues, más que buscarlos fuera. Pero a ello se añaden otros factores muy importantes. El primero de ellos, las dilaciones burocráticas de la Administración, dilaciones reconocidas por los mismos gobernantes y que encarecen o impiden las inversiones. No menor obstáculo es el escaso clima social favorable hacia la empresa y los empresarios, clima que es, en ocasiones, de hostilidad si la empresa se hace muy visible por los servicios o productos que ofrece. Todo eso, es evidente, no favorece la aparición o crecimiento de las empresas, si no es que lo impide. Si a ello añadimos desigualdades fiscales, la cosa se agrava. Y políticas de mayor entusiasmo que realismo, igualmente.

En fin, procuremos ver las cosas como son, pero sobre todo, esforcémonos en remover «los obstáculos tradicionales que se oponen al progreso», que ya no son aquellos a que se referían progresistas y liberales del pasado, sino los que están incrustados en la Administración, en muchos discursos políticos y, en nuestro caso, el asturiano, en nuestra mentalidad, tan conservadora muchas veces, tan vuelta hacia el pasado o tan volcada hacia los ensueños o los imposibles y a esperarlo todo de los milagros que vengan de afuera, como si el mundo tuviese con nosotros una deuda permanente.

P.S. Sabios como son nuestros lectores, no hace falta aclararles que la acepción aquí de «agonía» es la quinta del diccionario de la RAE, y constituye, de paso, un pequeño homenaje a don Miguel de Unamuno y Jugo.