Opinión | La Asturias que más sorprende

Jardines para soñar

Patrimonios vegetales

Leo, estos días de tanta crispación, un texto para la calma y el sosiego: el curioso y delicioso libro del milanés Umberto Pasti sobre jardines y sus diversas tipologías: "Jardines. Los verdaderos y los otros". Aparece el jardín creado por el coleccionista obsesivo y pelmazo, el del tomillo plantado en los senderos para desprender aroma al ser pisado, el de la sensualidad y el erotismo, el del millonario ostentoso sin imaginación o los orientalistas con su versión adulterada de lo magrebí o hispanomorisco, incluso las ajardinadas rotondas o esas flores que crecen en latas en las ventanas populares… todo tiene interés para quien sabe mirar.

¡Y yo que recordaba aquello del jardín francés, el inglés y el italiano! Hay, claramente, más formas de observar, otras maneras de sorprendernos; como se enuncia en el título genérico de este repaso por el patrimonio que Asturias ofrece, y que a veces nos pasa desapercibido de tanto convertir lo sorprendente en cotidiano, de tanto mirar sin percibir, oír sin escuchar, oler sin disfrutar.

Ese deseo de domesticar la naturaleza, de hacerla nuestra, de convertirla en escenario y parte del placer, aparece de forma recurrente a lo largo de la historia, de la real y de la leyenda. Los Jardines de Babilonia, el jardín ameno… Y ya más tarde, los enormes jardines áulicos como los de Mirabell en Salzburgo; por supuesto Versalles, Hampton Court, los hermosos entornos naturales rendidos y adecuados a los palacios reales españoles, de Madrid, Aranjuez o los que quedaron salvajes como en Riofrío donde los propietarios son los gamos y los ciervos. Y los de La Alhambra y el Generalife.

Y los fragantes, como el de los delirios cromáticos, aromáticos y sonoros en el Giverny de Monet.

Y los grandes jardines cívicos: los parques que se incorporan al París de Haussman, y Hyde Park, y después Central Park, emulando a los anteriores. O El Retiro que Carlos III abre al público…

Y por supuesto, los jardines ocultos, los que nos sorprenden detrás de tapias o portales. Los claustros ajardinados de monasterios con su pozo y su silencio, los beguinarios del norte de Europa donde las mujeres se hacían fuertes en comunidad, el reducto que en Yuste acogió los últimos días de Carlos V. También las zonas verdes dentro de edificios más bulliciosos y populares, en los conjuntos de vivienda obrera de las utopías de la industrialización, desde el falansterio al Karl Marx Hof de la Viena roja.

Una vista del Jardín de los Selgas.

Una vista del Jardín de los Selgas. / A. F. V.

Y los jardines y parques contemporáneos de uso cívico y disfrute público: el deconstruido de La Villete en París, la superficie recuperada en Madrid Río, o el Salesforce sobrevolando San Francisco.

Y los alardes arquitectónicos como el Jardín Tallado del Parador de Alcalá de Henares.

Y los jardines de las leyendas y los sueños. El de Karen Blixen en Kenia, rodeado de los misterios de África. O, en el mismo escenario, el de Justin Quayle, el jardinero fiel. Y los de los cuentos infantiles, el temido y deseado de El Gigante Egoísta.

Y los de Asia y la antigua América española. Los exquisitos japoneses, por ejemplo. También las alamedas que el Virrey Amat creó en lenguaje rococó para que la Perricholi se viera reflejada en las aguas de un estanque limeño.

Son todos jardines soñados o vividos, son espacios donde los cinco sentidos experimentan y disfrutan. Son lugares para la vida y el placer, para la contemplación y el disfrute.

Y con esta mirada, volvemos la vista a nuestro alrededor y nos centramos en lo que a veces no vemos, sólo por no fijarnos: en los jardines de Asturias. Esos que ya captaron la atención de estudiosos como José Valdeón, Cruz Morales Saro y otros. Y que fueron captados por la cámara de fotógrafos curiosos: Juanjo Arrojo, Alfonso Suárez, Alejandro Braña o Marcos Morilla.

Algunos están en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias; se intenta además declarar por fin BIC el conjunto de Selgas en El Pito.

Encontramos jardines conocidos en los centros de las principales ciudades: el San Francisco de Oviedo, a modo de Central Park, a partir de huertos monásticos recuperados para los ciudadanos. En Gijón, las marismas del Piles se transformaron en el parque de Isabel La Católica durante la centuria pasada. Y en Avilés la apertura del Parque de Ferrera a finales del siglo XX, antiguo jardín del palacio homónimo, supuso la cesión a los vecinos del pulmón verde antaño oculto tras las tapias.

Pero también hay naturaleza domesticada en otros muchos lugares de la región.

En Cudillero, la Quinta de Selgas alberga uno de los más interesantes. Creado por Fortunato de Selgas con la ayuda de Henri Rigoreau Jouvert, formado en Versalles. Allí se combinan los parterres del jardín francés, con los pabellones de invitados y tapices que enmarcan el jardín italiano o la cuidada desmesura del parque inglés con sus rocallas y senderos.

Y el jardín de la Fonte Baxa, un capricho de magnolias en Valdés, creado a partir del sueño y el tesón de José Rivera Larraya, marqués de San Nicolás de Noras, y su mujer Rosa María Pardo de Unceta, a finales del siglo XX.

Y los que circundan las grandes casas. Los de palacios antiguos que ahora son hoteles, como el del Conde de Toreno en Salas o la Quinta del Infanzón en Gijón. Éste último diseñado en el siglo XIX a partir de lo que fue una explotación agraria. Y el de la Quinta Duro y tantos otros.

Y el de la Fundación Evaristo Valle, abierto al público, con sus especies exóticas y sus esculturas contemporáneas.

Y los recuperados como el de La Isla en Gijón para Jardín Botánico.

Y los de los indianos, muchos desaparecidos; pero otros que permanecen. Algunos fueron obra de Pedro Múgica, que del País Vasco fue a París y luego vino aquí a planificar los Jardines de la Reina en Gijón y se quedó. Y puso negocio de flores de gran éxito y realizó obras para casas de algunos indianos, como Villa Excelsior en Luarca o el Palacio de Arias en Navia. Por cierto, que hay ahora un proyecto del ingeniero llanisco Daniel Valera para recuperar esos jardines venidos de ultramar; habrá que seguirlo.

Hay que mencionar también los jardines ocultos, como el de La Rodriga en Oviedo, al que se accede por un paso que horada un inmueble cerca de la plaza de San Miguel. O los privados, también en la capital, que se muestran al viandante: los de Concha Heres, que (pese a desaparecer el histórico edificio) quedaron para el recuerdo y la sorpresa rodeando el espléndido inmueble del Banco de España, con su estanque y sus pavos reales.

Y los nuevos, pequeños ejemplos de sostenibilidad, como las cubiertas vegetales de CAEaCLAVELES en La Pereda, donde Roldán y Longo dan muestra de creatividad y honestidad.

Jardines reales, paseables, táctiles, frondosos, abiertos, aromáticos. Jardines fastuosos, jardines humildes. Vegetación domesticada para que la disfrutemos. Son otros patrimonios de Asturias, algunos más anclados en el pasado, algunos descuidados, todos dinámicos. Todos nuestros, todos susceptibles de ser admirados por quienes se acercan a nosotros. Todos accesibles y con potencialidad turística.