Opinión

¿Qué pasa en el campo español? El fin del buenismo (1)

La llegada de la anunciada venganza del medio rural

Protesta ganadera, el pasado viernes, ante la Consejería de Medio Rural, en Oviedo.

Protesta ganadera, el pasado viernes, ante la Consejería de Medio Rural, en Oviedo. / Luisma Murias

Las recientes, y crecientes, protestas de los agricultores y ganaderos españoles han ocupado con sus vehículos las calles y los accesos de muchas ciudades españolas –entre ellas, Oviedo–, generando inquietud y gran perplejidad entre nuestros políticos. Estos, mayoritariamente y sin distinción en esto de credos y adscripciones, se han apresurado a balbucear un genérico e inconcreto "apoyo" al campo", sin comprender, creo yo, donde se sitúa la raíz del malestar. Cosa difícil, sin duda, dada la diversidad de situaciones, problemas y alternativas que se plantean en estas movilizaciones, que son muy distintos en cada y para cada región del país.

Hablo, por cierto, de convocatorias más o menos espontáneas, propagadas en las redes sociales y encabezadas u orientadas por plataformas sin apenas estructura organizativa que, además, en buena medida se sitúan al margen de las organización sindicales agrarias establecidas.

Reseñado este dato, efectivamente, bastante poco tienen que ver los problemas que aquejan a los productores de verduras y cítricos del Levante con los que sufren los arroceros andaluces o los cerealistas castellanos. Y muy poco los de los productores de fruta catalanes y aragoneses o de la Ribera del Ebro con los propios de los ganaderos de la Cornisa Cantábrica. Y, entre estos, son también bastante distintos los problemas de quienes se dedican a la producción intensiva de ganado de carne o bien a la cría de ganado en estabulación y pasto libre, al igual que difieren de ellos los propios de los ganaderos dedicados a la producción láctea.

Cada uno de ellos es un mundo diferente y, sin perjuicio de que en la actualidad confluyan en la movilizaciones, sus problemas son peculiares y como tales requieren de soluciones muy distintas, imposibles de alcanzar dentro de un magma caótico, desordenado, de propuestas y alternativas dispares.

Sin duda alguna, y con independencia de su muy distinta causa y motivación, estas manifestaciones y ocupaciones se han producido como una reacción imitativa, natural y primaria consecuente a las violentas protestas de los agricultores franceses que han atacado camiones cargados de productos agrícolas españoles, destrozando sus mercancías y bloqueando con sus tractores las entradas de París y de otras ciudades francesas, exigiendo al Gobierno francés un mayor proteccionismo agrario en general, y un especifico apoyo a sus producciones, pese a que este es ya muy fuerte.

Nada nuevo, porque esto es algo que se produce cada cierto tiempo y que está en buena medida en la raíz de los problemas que sufren –intensamente– algunas áreas del mundo agroganadero español desde el momento de nuestro ingreso en la Comunidad Europa. Y ello es especialmente cierto por lo que se refiere a la ganadería de la Cornisa Cantábrica.

Muchos de los problemas que subyacen en la actuales protestas son, obviamente, consecuencia de algunas cuestiones que desde entonces no han sido adecuadamente planteadas y menos resueltas por la autoridades españolas y tampoco por las comunitarias.

Nuestra entrada en la Comunidad Europea no fue precisamente un camino de rosas. Hubo que realizar muchos, muchos, sacrificios. Sobre todo en algunos aspectos agrícolas y ganaderos, y quizá más en este sector que en ningún otro.

El gobierno francés de entonces fijó una serie de condiciones draconianas para la agrogranadería española, incluso más que para el área industrial, donde fueron muchos los condicionamientos.

Conviene no olvidar que el presidente Giscard d’Estaing llegó a decir que "España no puede entrar en la Comunidad Europea porque es un competidor agrícola que nos creará serias dificultades".

Solventar esas dificultades seguramente nos ha causado a nosotros otras muchas. Buena parte de ellas, inadecuadamente afrontadas, ahora emergen de forma brusca, exigiendo soluciones de forma acuciante tanto a las autoridades comunitarias como a las nacionales españolas y a las propias de cada comunidad, que hasta ahora estaban todas muy tranquilas gestionando, mal que bien, las ayudas y subvenciones de la PAC, y a la par imponiendo de continuo políticas de corte ambientalista-buenista que, per se, renunciaban a solventar los problemas estructurales del campo español, que son los que, abandonados al libre juego del mercado agrario europeo y mundial, ahora han explotado de manera poco ordenada y sin que, por parte de los poderes públicos, se esbocen a corto y medio plazo soluciones razonables y adecuadas.

Pero, sin duda, hay algo más que todo eso. Algo más fuerte y profundo en esta generalizada protesta de los agricultores y ganaderos española. El asunto, en mi opinión, rebasa con mucho lo coyuntural y responde a cuestiones de fondo muy distintas, que solamente de forma tangencial son coincidentes.

¿Dónde está la raíz de este malestar, al parecer, generalizado? Un movimiento tan extendido, que responde a motivaciones tan distintas, porque muy distintos son los problemas, produce perplejidad y, principalmente entre los políticos. Ante esta rebelión, se dice "estoy con el campo". Y seguramente quienes lo dicen lo sienten en su corazón, creyendo que con decirlo basta y que tienen razón suficiente para estar tranquilos.

Lo cierto es que da la impresión de que ni saben en qué están de acuerdo ni por qué tienen razón. Se limitan, en la mayor parte de los casos, a manifestar sentimientos buenistas primarios, no razonamientos rigurosos; a quedar bien; a no perder comba; a salir del paso con vacuidades y evitar tener que adoptar medidas que impliquen responsabilidad, trabajo y coste político evidente y claro.

Sin embargo, esto va a exigir medidas políticas, económicas, sociales, relativas a la propiedad y a la ordenación financiera, de formación, de apoyo técnico del campo –y en el caso de Asturias, principalmente, de la ganadería–, que necesariamente serán complicadas de adoptar y también costosas. Seguramente bastante más costosas de lo que el buenismo al uso imagina, pero que con todo no llegarán a sumar ni una centésima parte de lo que ha costado la reconversión industrial –por ejemplo, la de Hunosa– y paradójicamente los beneficios pueden ser mucho mayores en términos de Comunidad y de futuro.

Este movimiento, aun inorgánico, iniciado violentamente en Francia y principalmente dirigido contra los productos agrícolas y ganaderos españoles, a la larga puede resultar positivo, en la medida en que puede despertar a la sociedad española de su largo y estéril letargo en relación con su mundo rural.

En realidad, esto se veía venir desde hace mucho tiempo. Hace ya bastantes años, el 20 agosto de 2009, Manuel Pimentel publicó un lúcido artículo en el diario "Cinco días", titulado "La venganza del campo": "No sabemos cuándo llegará, pero más pronto que tarde se presentará ante nosotros con sus fauces abiertas sedientas de venganza. Durante décadas lo hemos despreciado, humillado, pisoteado, al campo, a la agricultura, a la ganadería, al conjunto de sus gentes... La sociedad posmoderna ignoraba a los productores agrarios, a los que benignamente toleraba como habitantes cuidadores de un medio ambiente que solazarse".

Eso ahora está a punto de terminar, creo, y habrá que buscar a nuestro campo, a nuestra ganadería, soluciones racionales, no sentimentales ni populisto-buenistas que, en expresión popular asturiana, ya fieden...