Opinión | Solo será un minuto

Pecados sin espinas

La madurez no consiste en perder energías sino en aprender a canalizarlas para invertirlas bien. Esto es, dejar de perder el tiempo con lo que no nos aporta nada (y apartarlo sin contemplaciones) y centrarnos en lo esencial, suspendiendo en lugar de aplazar los planes que se imponen por intereses económicos o de largo medraje. La madurez si está bien administrada ayuda a que el cansancio se pueda tener bajo control cuando se trata de tirar por la borda a los polizones bordes que intentan hacernos encallar y que la fatiga cotidiana que se va adhiriendo al casco por cruzar aguas poco profundas y enfangadas no llegue a abrir agujeros imposibles de taponar.

La madurez bien entendida es la que te hace detectar casi al instante las tonterías que cometemos para poner remedio de inmediato y no enredarnos en nuestro propio bucle de excusas y autoindulgencias. Es muy sencillo echar las culpas a los demás para no convivir con los errores propios, tan sencillo como mirar hacia otro lado cuando nos reclaman explicaciones o nos hacen reproches bien intencionados. No es una buena idea pensar que los demás son nuestros enemigos sin excepción, y valorar en su justa medida a quienes merecen la pena es una de las decisiones más sabias, saludables y sensatas que puedes tomar.

La madurez, en fin, te debe inspirar a la hora de tomar cartas sin marcar en el asunto, desechar las vías que la experiencia nos desaconseja, por atractivas que parezcan desde la distancia, o despejar el camino de piedras con las que hemos tropezado tantas veces que nos consideran de la familia. El signo más evidente de que estamos listos para disfrutar de la vida madura es la capacidad renacida por volver a la inmadurez de nuestros primeros años, cuando nos dedicábamos a jugar como si fuera la cosa más seria del mundo, cuando abríamos mucho los ojos en el cine y los cerrábamos en el beso escondido, cuando caíamos en la tentación del pecado sin espinas.