17 de julio de 2013
17.07.2013

San Antolín de Bedón, de pena y dolor

Todos los turistas consultados por este periódico lamentan el estado de absoluto abandono que presenta el monumento nacional llanisco y reclaman medidas para salvarlo de la ruina

17.07.2013 | 00:00

«El estado del monasterio es un pecado, verdaderamente». Federico Campostrini, italiano de 41 años, asegura que se quedó «con la boca abierta» cuando halló el monasterio de San Antolín de Bedón, en Llanes, mientras avanzaba hacia Santiago de Compostela. «Este lugar es bellísimo. Llegar aquí me produjo una sensación hermosa, como la de hallar un oasis en el desierto», indicó. Estaba un poco enfadado por la «mala señalización» del Camino de Santiago en Asturias, pero encontrar el monasterio lo reconfortó. Claro que pronto se percató de que no todo era idílico: «Está abandonado, es terrible», indicó. Todos los turistas consultados por este periódico han coincidido en lamentar el estado de absoluto abandono de San Antolín de Bedón y en exigir a las autoridades políticas una actuación inmediata para conservar la iglesia y recuperar el entorno.


Campostrini, toscano de Carrara, lamentó el estado ruinoso de todas las edificaciones que rodean San Antolín de Bedón. Y el abandono general de toda la finca y del templo. Trabaja como fisioterapeuta y señaló que el monumento y la finca en la que se enclava sería «ideal» para habilitar un centro de fisioterapia. «Perfecto. O un museo», añadió el caminante italiano, que es la segunda vez que recorre el Camino de Santiago.


En su primer viaje tomó el «camino francés», y ahora ha elegido el del Norte hasta Sebrayu (Villaviciosa) para, desde ese punto avanzar por el primitivo. Partió de Irún el 29 de junio. Solo. Unos días más tarde dejaba claro en su perfil de Facebook que, en comparación con el francés, el Camino del Norte incluye rutas «más bellas y panorámicas»; los peregrinos son «mejores, pues casi todos han hecho ya al menos otro camino»; y las gentes, «más hospitalarias». La ruta del Norte es «increíble, es como estar a otro nivel», destacó.


El peregrino toscano se llevó las manos a la cabeza cuando se enteró de que la iglesia de San Antolín de Bedón es pública: propiedad del Estado, monumento nacional desde 1931 y bien de interés cultural desde hace treinta años. Su estupefacción aumentó aún más, si cabe, cuando supo que el antiguo monasterio se fundó en el siglo XI y que la iglesia se construyó a finales del XII o principios del XIII. No puede entender que las autoridades españolas den la espalda a un edificio que considera «bellísimo» y de un valor patrimonial «enorme».


Peter Purger y Renata Laimgruber, austriacos, de Viena, también han decidido aprovechar sus vacaciones para recorrer el Camino de Santiago del Norte, después de haber hecho anteriormente el francés. Por la costa hay «pocos peregrinos» y «la mayoría españoles». Les gustan ambas cosas. Les gusta España, pese a la «nefasta señalización». Aseguran que todas las señales del Camino de Santiago en España están «al revés». Es una situación muy distinta de la de Francia, donde la señalización es «perfecta: si pasan cinco minutos sin que veas una flecha, es que te has equivocado de camino. En España sólo encuentras las señales buscándolas. Y a veces, ni así», subrayó Purger, quien añadió: «Menos mal que la gente, aquí, es muy amable».


Tanto a Purger como a Laimgruber les da «lástima» el estado de la iglesia de San Antolín y de las edificaciones anexas, todas ellas en ruinas. «Está todo descuidado, expuesto al tiempo, a la lluvia. Una pena», indicó el austriaco, quien abogó por una urgente intervención de las autoridades españolas para salvar San Antolín de Bedón.


Valentín Ibáñez, castellonense aficionado al ciclismo, veranea en un apartamento en Llanes. Halló el monasterio de casualidad, porque vio las señales en la carretera, mientras pedaleaba. En el lado positivo puso el entorno natural que rodea al monumento; en el negativo, que está «dejado, abandonado». Lamentó las pintadas, los techos hundidos, los excrementos de caballo, los tejados de uralita y, en general, la impresión de «total abandono y de suciedad». Ibáñez subrayó la necesidad de «atender» al monumento.

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