Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Plácido Barrios: “En la Guerra Civil, ser notario era una profesión de riesgo”

El fedatario analiza en un estudio la evolución histórica del oficio y los peligros y situaciones comprometidas que pasaban los que lo ejercían

Plácido Barrios.

Plácido Barrios, ovetense de adopción tras cerca de dos décadas residiendo en la ciudad, ha volcado toda su experiencia como notario y su pasión por el estudio de la historia en un libro que apunta a referencia obligada para los estudios sobre la profesión: “De Escribanos a Notarios. Apuntes para una historia del notariado español” (Basconfer). Un volumen en el que Barrios repasa la evolución del oficio de escribano y su regulación a través de la ley de 1862, que instauró el sistema moderno del notariado, pero en el que, sobre todo, ofrece una visión humana y cercana de aquellos escribanos y notarios que ejercían el noble oficio de dar fe, las dificultades que encontraban en su día a día y los peligros que tuvieron que afrontar en algunos de los momentos más convulsos de la historia de España.

“Hay una acta que a mí me sobrecogió, por lo dramático de la situación. Es de 1936, de un notario de Mieres, Justo Vigil, al que requieren que levante un acta por el que el Comité local de Defensa de la República pretendía hacer arqueo de las cuentas de tres bancos y querían que el notario prestase su aprobación. El notario deja constancia en el acta de la anomalía del procedimiento. Yo me pongo en la piel de ese notario, al que no le quedó más remedio que prestarse a eso, y me resulta acongojante”, revela Barrios.

No es para menos. El autor del estudio fue notario precisamente en Mieres entre 2001 y 2018, cuando se trasladó a Alcalá de Henares. Durante todos esos años residió en Oviedo, colaborando con diferentes colectivos y llegando a formar parte de la directiva del Club de Tenis como secretario. Pese a que su desempeño profesional le ha llevado a tierras madrileñas, Plácido Barrios no olvida Asturias: sigue viajando con frecuencia a Oviedo y veranea en Ribadesella. Su estudio es fruto de cuatro años de trabajo.

“Lo que pretendí modestamente al escribir este libro es poner en valor la profesión notarial siempre conectada a la sociedad a la que sirve, y poner igualmente en valor los protocolos notariales como fuente autónoma y de primer orden para el estudio de la historia social en su conjunto”, explica.

En su estudio, Barrios profundiza con especial ahínco en dos momentos históricos que a él le resultan especialmente estimulantes y que fueron igualmente cruciales en la evolución del oficio, como son la Edad Moderna y la Guerra Civil, y centra su mirada con especial interés en el trato que se da a las minorías. “Soy partidario de hacer hincapié en la visión humana de nuestra profesión, pues el hombre constituye nuestra razón de ser. De ahí que aborde, siempre respetuosamente, la situación de minorías históricamente marginadas (como eran los moriscos, los esclavos, o los gitanos) o aspectos de la vida íntima de las personas que se confiaban al escribano, como podían ser los matrimonios o los adulterios”, sostiene.

En este último ámbito se centran algunos de los hallazgos más curiosos del volumen, como las desconocidas “cartas de perdón de cuernos”, con las que los maridos engañados pasaban página y perdonaban a su mujer. “Desde nuestra perspectiva de hoy es sorprendente, pero es que era un delito y había una discriminación evidente hacia las mujeres. Hay muchísimas cartas de este tipo. Una que cito en el libro es de 1489, en la que un vecino de Sevilla, Juan de Palma, perdonaba a su mujer, Isabel, por el adulterio cometido ‘con todas e cualesquier personas y vecinos e moradores desta dicha cibdad como de otras partes e lugares, puede aver dos annos poco más o menos’, con lo que daba a entender que había sido varias veces. En esa carta, en el encabezamiento, habían puesto ‘Cuernalla’ y tenía una cabeza de ciervo dibujada”.

Portada del libro “De Escribanos a Notarios”.

Entre las actas exhumadas por Plácido Barrios hay también otras singularidades como las cartas de parto, en las que los escribanos daban fe de presenciar un parto, o las de pérdida de virginidad. “El ser doncella era un valor sobreprotegido. Hay un acta de una niña que estaba jugando, se cayó y se rompió el himen, así que su abuelo llamó a un escribano para que diese fe. Pero también hay actas corroborando la consumación de un matrimonio: todo delante del escribano, que lo reflejaba en un acta”, señala. También actas de circuncisión, que pedían personas que debían someterse a una intervención por razones médicas, y que se cubrían de esta manera ante una eventual acusación de la Inquisición de profesar la fe judía. El trato dado a los esclavos o a los moriscos son otros asuntos sobre los que Barrios aporta luz a través de las actas de los escribanos.

En los últimos capítulos, Barrios centra la mirada en la labor de los notarios durante la Revolución del 34 y la Guerra Civil. “En aquellos tiempos, ser notario era una profesión de riesgo. Las actas que aporto creo que ayudan a dar una visión histórica ‘real’ de la contienda fratricida”, afirma.

En este punto, Plácido Barrios vuelve a ponerse en la piel de ese notario de Mieres, Justo Vigil, al que “conminan” a otorgar un acta de arqueo de tres bancos. Pero también en la de otros profesionales como Enrique Casuso de la Hesa, que el 10 de diciembre de 1936 autorizó acta, a instancia de la Junta de Defensa del Tesoro Artístico Nacional, para dejar constancia de los daños sufridos en el Museo del Prado por un bombardeo efectuado el 16 de noviembre. Tras una inspección ocular, Casuso de la Hesa refiere “huellas de una bomba incendiaria en el patio de las calderas; de otras dos en el techo de la sala de Velázquez; de tres impactos similares en el óculo y techo de la rotonda y de dos señales más en el patio de Murillo”. El notario acudió a los sótanos del Banco de España en abril de 1937, de nuevo a petición de la Junta de Defensa del Tesoro Artístico Nacional, para dar fe del mal estado de las obras de arte allí depositadas a causa de la humedad, entre ellas los “Grecos de Illescas”, que presentaban una “capa de moho densísima”.

“No me preocupan las grandes historias, me preocupan los individuos, los paisanos, y sus padecimientos. Y los notarios siempre estaban ahí, para dar fe: eran, somos, unos confesores privilegiados”, concluye Barrios.

Compartir el artículo

stats