Maestre: “El latín, por desgracia, todavía se enseña de memoria, somos hijos de Nebrija”
El latinista destrozó mitos sobre Nebrija y dio claves contemporáneas sobre humanismo en una charla iluminada por el recuerdo de Alarcos
Por la izquierda, Humberto Rodríguez, José María Maestre, Josefina Martínez y Juna María Núñez, ayer, en el Aula Magna de la Universidad, antes del inicio de la charla. | Irma Collín / Ch. Neira
El camino que va “De Nebrija a Alarcos, pasando por El Borcense”, título de la charla que ofreció ayer el catedrático de Filología Latina de la Universidad de Cádiz y presidente nacional de la Sociedad de Estudios Latinos, José María Maestre, es largo y está lleno de meandros. El profesor cordobés analizó, durante más de hora y media y con profusión de documentación de apoyo que repartió entre el público, la figura y la obra de Nebrija y sus supuestos continuadores, como El Brocense. Lo hizo para descartar mitos en este quinto centenario del gramático y para ponerlo a la luz del lingüista Emilio Alarcos, del que también se celebra el primer centenario de su “necesario nacimiento”. Y en ese recorrido, lleno de ejemplos, Maestre fue dejando gotas de reflexiones sobre el humanismo aquí y ahora, como cuando concluyó que hoy todavía seguimos hablando latín, aunque transformado o que, “por desgracia, somos hijos de Nebrija cuando todavía enseñamos latín de memoria en los institutos”.
La charla de Maestre, introducido por la directora de la Cátedra Alarcos, Josefina Martínez, por el vicerrector de Relaciones Institucionales, Humberto Rodríguez, y por el catedrático de Filología Latina en Oviedo Juan María Núñez, arrancó con textos de Emilio Alarcos, para poner de manifiesto, más allá del paralelismo entre la gramática estructural de este y los textos de Nebrija, que el lingüista castellano entendió mejor que muchos en la actualidad la importancia del autor de la primera gramática castellana, en 1492. Ese, explicó, es el primer error, dar importancia a Nebrija por una gramática que no es su obra principal, sino una cuestión secundaria a la que llegó, precisamente, por su empeño mayor, que era la correcta enseñanza del latín.
Secretario de los actos del Quinto Centenario de Nebrija, Maestre protestó por ese “discurso erróneo” que “tanto se repite estos días”: “Hablar de él como el arquitecto de la lengua española es erróneo, injusto y presenta a un Nebrija descafeinado”. Por eso reclamó que “los latinistas tenemos que entrar y poner las cosas en su sitio”.
En su desmitificación de Nebrija, Maestre citó al profesor Juan Gil para razonar que no era un humanista pleno, menos si se le comparaba con los italianos, que llevaban ya siglo y medio “en el confín de dos puertos, mirando al mundo clásico” cuando el humanismo llega a España. Esa idea permitió a Maestre ofrecer análisis que solo se entienden a la luz de los enfrentamientos entre italianos y españoles en el XV a cuenta de esta especie de chovinismo latinista.
El caso es que Maestre destaca de Nebrija su empeño en ser “develador de la barbarie”, es decir, un defensor de las lenguas clásicos. Y, así, explicó, “cuando escribe a la Reina Isabel eso de que siempre la lengua fue compañera del Imperio” hay que interpretarlo como guiño a “aquello de que el Imperio está donde se habla la lengua de Roma”. No hablaba, pues, tanto del castellano como del latín. Y en verdad, concluyó Maestre, “es cierto que era una latín transformado y que todavía hoy hablamos un latín transformado, y que por eso precisamente los latinistas reclamamos que la Unesco lo reconozca como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad”.
No fue la única vez que Maestre rompió lanzas por el latín. También reclamó que se mantenga su enseñanza y la del griego en los institutos, pero por separado, no en una asignatura de lenguas clásicas: “Que el tsunami no nos arrastre a todos, salvemos el latín y tiremos del griego”.
La cuestión clave, en la comparación con Alarcos y El Brocense, es que Nebrija ofrecía una gramática latina descriptiva, con paradigmas que aprenderse de memoria, como hoy se sigue haciendo en los institutos, mientras El Brocense defendía unas leyes racionales y fáciles, pero “se equivocó al tomar partido por los platónicos y pensar que el signo lingüístico no era una convención”. Ante eso, la gramática estructural de Alarcos, el libro que Maestre estudió gracias a un profesor de Cou, “lo cambió todo y abrió las puertas a la modernidad”.