Suscríbete La Nueva España

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Amancio Prada Cantautor, actúa el día 21 en el teatro Campoamor

"Tenemos que aportar un poco de armonía y de belleza a este mundo con las palabras"

"Admiro y comparto la aspiración de ‘Asturias, capital mundial de la poesía’" | "En el concierto del Campoamor estrenaré una canción"

Amancio Prada, en un concierto en Gijón. Marcos León

Amancio Prada actuará el día 21 de este mes en el Teatro Campoamor (20.00 horas). El concierto del cantautor leonés, que lleva por título "Versos en Navidad", ha sido organizado por "Asturias, capital mundial de la poesía", proyecto impulsado por Graciano García, director emérito de la Fundación «Princesa de Asturias», con la colaboración de la Fundación Municipal de Cultura y LA NUEVA ESPAÑA.

–¿Qué podrá escuchar el público que acuda a su concierto?

–Voy con un ramo de canciones variado, canciones sobre versos de los primeros trovadores galaico-portugueses, populares, del romancero y de poetas clásicos, místicos y románticos y también contemporáneos. Temas clásicos en mi repertorio, otros que tal vez no se conozcan tanto y alguna sorpresa. Pretendo estrenar una canción, compartir la alegría de una canción nueva. Cada nueva pieza es un pequeño milagro y una alegría para mí inmensa. Incluso interpretaré un villancico.

–El recital ha sido organizado por «Asturias, capital mundial de la poesía».

–Me siento honrado y contento porque admiro y comparto esa aspiración, ese anhelo de vincular a Asturias con la exaltación de la poesía cada 21 de marzo.

–De hecho, se ha implicado mucho en este proyecto.

–Sí, desde el primer momento. Estaba previsto un acto coral en el que iba a participar antes de la pandemia, pero con ella, como tantas otras cosas, se tuvo que suspender. Afortunadamente, todo está volviendo a la extraordinaria normalidad.

–¿Qué le parece la iniciativa y el apoyo que ha concitado?

–Que tenga más de 20.000 socios me parece que es muy elocuente. Es una iniciativa loable porque, como decía Lorca, «si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro», porque la poesía es necesaria, «como el aire que exigimos trece veces por minuto», como diría Gabriel Celaya.

–¿Qué puede aportar la poesía en un mundo tan convulso como el actual?

–Amor. La palabra poesía me lleva a una exclamación de amor, de unión, de admiración, también hacia el misterio de la vida. Como la Navidad, que es el otro nombre de la esperanza, de esa vida que labran las raíces bajo la tierra y que luego florecerá y se mostrará en todo su esplendor en la primavera. Hay que aportar un poco de armonía, de belleza a este mundo, con las palabras, con las manos, con el trabajo de cada día, cada uno en el suyo. De lo que se hace con amor y esmero brota la poesía, la poesía cotidiana, que no solamente está en los libros, que es también una forma de hacer las cosas y de sentirlas. Yo no sé explicar la poesía, pero la reconozco.

–Ha puesto música a muchos poetas.

–Es lo que alimenta mi canto.

–¿Cuál o cuáles ocupan para usted un lugar destacado?

–Son varios. Rosalía de Castro, San Juan de la Cruz, Agustín García Calvo… todos a los que he dedicado trabajos o discos monográficos. Canto a aquello que me encanta, que resuena dentro de mí y soy lo que canto, sea un poema suelto, de un poeta conocido o no. Uno de los primeros versos que recuerdo de mi infancia, sin saber que era un verso, es «al amanecer se va el tren, se va mi amor, yo me voy con él», versos de una canción popular que abren los ojos, el corazón y el pensamiento a imaginar lo que hay detrás.

–¿Qué supone volver a actuar en Asturias?

–Ofrecí un concierto con el «Cántico espiritual de San Juan de la Cruz» el año pasado en la Catedral de Oviedo, y hace unos meses canté en el Santuario de Covadonga. Me gusta mucho ir a Asturias, donde me siento como en mi casa, porque en el Bierzo estamos ahí en esa tierra de nadie, abrazando a Asturias, Galicia, Castilla y León. Y se cruzan allí todos los aires y los aromas de la cocina de un lugar y de otro y los cantos. Recuerdo a mi padre cantando asturianadas mientras araba con aquel arado romano.

–¿Qué sensaciones le evoca la región?

–Me encanta Asturias. Era donde más carteles había antes en las tabernas y en los bares que ponían: «Se prohíbe cantar». Ahora había que poner otros en los que se dijese: «anímense a cantar, apaguen la televisión. Aquí no tenemos música ambiental, la hemos apagado para que cante». Qué gusto aquellas cantarenas en las fiestas, en las romerías. Tengo nostalgia por aquellos cantos porque un pueblo que canta lleva la poesía dentro. En Asturias siempre se ha cantado mucho y bien.

–La Catedral de Oviedo y la Basílica de Covadonga son dos grandes escenarios.

–Me siento muy privilegiado. San Juan de la Cruz con sus «Cánticos» me ha abierto las puertas de escenarios muy hermosos, extraordinarios. Lo recuerdo cada vez que me asomo en la página web a leer los lugares a los que llegó «Cántico espiritual de San Juan de la Cruz», que estrené en 1977 en una iglesia preciosa de Segovia, la de San Juan de los Caballeros. Parece que el arte no sigue el tiempo lineal. El hombre ha sido capaz de hacer maravillas, de expresarse artísticamente lo mismo en el siglo X que ahora mismo. Cuando se acierta con el arte –sea la escultura, palabra, pintura o música– se instala como en un perenne presente.

–¿Cuál es el secreto para tener una trayectoria tan larga como la suya, con más de 50 años sobre los escenarios?

–Cuando eres un niño en una aldea, y tienes que ir con las vacas y regar los praos y estudiar, lo de cantar es algo que no te planteas que se pueda convertir un día en profesión. El secreto es la afición en el sentido más noble de la palabra, la vocación, el empeño. Cuando tienes la suerte de que tu vocación se convierte en profesión, lo menos que puedes hacer es tratar de hacerlo mientras tengas fuerzas y mientras seas capaz de imaginar las cosas mejor de lo que lo estas haciendo. Y esa pequeña frustración, que está ahí siempre, es un motor para seguir haciéndolo.

–Y el público responde. Para el concierto en el Teatro Campoamor la venta de entradas va a muy buen ritmo.

–Es un motivo de alegría y un sentimiento de gratitud. Decía mi amigo Chicho Sánchez Ferlosio que yo era de los que gusta mucho a pocos, pero esos pocos son muchos y van creciendo. Tengo esa impresión y eso es un ánimo muy grande. A todo lo que hacemos son los demás los que le dan sentido. El canto compartido, todo lo que se comparte, crece y es más gratificante. Por eso espero que cantemos también algo todos juntos en el concierto.

–Tiene una especial vinculación con el mundo rural.

–Nací en un pueblo, Dehesas. Mis padres y mis abuelos eran labradores. Todos mis antepasados se ganaron el pan literalmente con el sudor de su frente, labrando la tierra de un modo primoroso. Ese minifundio generosamente correspondía al trabajo. Recuerdo quitar las piedras de la tierra, tantas que no se acaban nunca. Me gusta pisar la tierra porque ves el milagro, cómo nace el pan, que es lo que decimos en el Bierzo cuando crece el trigo.

–La situación ha cambiado en el medio rural.

–Tiene una dimensión no de autoconsumo como antes, cuando la labranza era un complemento en la vida de la gente. Esa agricultura a tiempo parcial que yo empecé a analizar como tema de una tesis cuando cursaba Sociología Rural en La Sorbona, en París, después de estudiar dirección de empresas agrarias en Valladolid. Pero eran casas donde había de todo: un par de cerdos, gallinas, remolacha, un poco de trigo, íbamos a cortar leña al monte... Ese mundo rural creo que ha desaparecido. Es verdad que exigía una entrega y un esfuerzo muy grande. Hay que apoyar a los agricultores y a los labradores porque son los jardineros de un país. Ahora da gusto ver en Castilla esas grandes extensiones con el verde y dorado, y miedo me dan esas plantaciones de huertos solares. Creo que mejor sería reforestar, plantar árboles que atraen la lluvia, que es la bendición del cielo. 

Compartir el artículo

stats