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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Vals de los recuerdos con Ariel Rot

Un concierto generacional en La Vega

Hace tiempo ya que he detectado una falsa identidad juvenil en mi generación. En la forma de vestir, en la manera de actuar, en la actitud hacia la vida en general. Y está muy bien, hay que seguir exprimiendo la experiencia hasta el último aliento, pero eso no significa que tengamos aún veinte años. Yo me pongo mis vaqueros rotos, mis sudaderas con capucha, mi calzado deportivo y todo con un rollo muy desenfadado, pero consciente de ser un caballero de mediana edad con mis achaques, mis gafas para leer y mi medicación crónica.

Son mis hijos, esos tres adolescentes con el inevitable ramalazo impertinente, los que me ponen en mi lugar la mayoría de las veces. Entre mi forma de entender la vida y la suya hay diferencias de criterio palpables. Tienen sus códigos, que ya no son los míos. También tienen su sonido, su música y, por lo tanto, calibran todo lo anterior con cierto desdén, igual que hicimos nosotros antes que ellos. No quiere decir que no les guste la música de los ochenta, por ejemplo, pero en comparación con lo que es exclusivamente suyo les parece un dinosaurio. Les puede interesar, pero en su imaginación es algo agotado y extinguido.

Total que, si me voy a ver un concierto de Ariel Rot a la Fábrica de Armas, resulta que es un plan de “señor mayor”. Si les explico lo de la Movida Madrileña no es muy distinto a si les hablase de Mayo del 68 o de la Revolución Industrial. Es un hecho, amigos está en los libros de Historia Contemporánea, mientras que Rosalía o Ibai Llanos aún no.

Esa parte de mí que tanto disfruta de los detalles descubre ahora que los abismos que yo veía en la carrera de Rot entre sus inicios ochenteros con “Tequila”, su evolución melódica noventera con “Los Rodríguez” y la fresca madurez de su carrera en solitario, parecen quedar resumidos en un solo renglón a los ojos de la pujante adolescencia.

La buena noticia es que este asunto a mí me tira de un pie. A pesar de ciertos achaques reumáticos encontré las fuerzas para ir a ver a Ariel Rot y me pareció un planazo. Los últimos treinta años he bailado sus canciones, me he emocionado con sus himnos, nunca le había visto en directo y no me lo quería perder. Ver su flaca figura subirse con sencillez al escenario era justo lo que necesitaba: dos guitarras, bajo y batería, y unos tíos que disfrutan todavía con sus canciones gamberras, que además son parte de mi historia sentimental. Cierto que por momentos se me escaparon pensamientos en plan “está muy bien para su edad”. Pero, qué coño, yo no había ido hasta allí a preocuparme por la artrosis temprana, sino para bailarme un “Tequila” y para emocionarme rezando un “Tú me estás atrapando otra vez” con otros domingueros nostálgicos en perfecta comunión generacional. Si Ariel Rot está fenomenal, conserva todo su pelo, no ha echado barriga, ni culo, ni papada y me canta la de “Hace calor”, yo estoy fenomenal también y me marcho a casa encantado.

En esas canciones está toda esa imaginaria de la movida, versos sobre fiestas infinitas, y noches que ya no volverán. Nada sobre teléfonos móviles, porque antes salíamos a la aventura, totalmente ilocalizables, y lo que contábamos al volver era un acto de fe para nuestros padres porque nadie lo había inmortalizado en una red social. Creo que si eso me pasase a mí ahora con mis hijos, me daría un infarto de miocardio cada sábado por la noche. Enfant terrible, sí. Pero el sobrio padre de familia, abnegado y preocupado, también.

Ariel Rot arrancó su concierto con “El vals de los recuerdos”. Seguramente por esa honestidad que es marca de toda su carrera. “Nadie se puede escapar, nadie se puede borrar. Todo el mundo listo para bailar el vals de los recuerdos. Recueeeeerdos….. “

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