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Antonio Masip

Con vistas al Naranco

Antonio Masip

Carmena, la joven política

Las peculiaridades de la exalcaldesa de Madrid

“Donde viven las manolas / las que se van a la Alhambra / las tres y las cuatro solas”,

García Lorca, F.

Mi primer recuerdo de Manola es el patio de la madrileña Martínez Campos, 27 donde celebraban las Magistraturas de Trabajo y donde yo, con la inestimable colaboración de Juan Luis Rodríguez Vigil, defendía a unos obreros de Getafe. Manola, todo empática cordialidad, sabía que Juan Luis y yo trabajábamos de pasantes para un jefe, que junto al Procurador de Carmena, se había metido en lío mercantil bastante tenebroso que nos desbordaba hasta preocuparnos. Manola nos invitó a cenar en su casa. Venía de Estados Unidos donde constató in situ que Angela Davis, icono de la izquierda, también de la española, arriesgaba pena capital. Más que lista, listísima, nos explicó, cartesiana, cómo los tales, procurador y abogado, debían salir del enredo.

No la volví a ver hasta la tarde en que yo despedía en Ranón a Maldonado, presidente de la República en el exilio, del que fui apoderado, al que le presenté. Manola trabajaba para un organismo vasco de Derechos Humanos y, de mi parte, estaba muy comprometido contra las penas de muerte, que me angustiaron.

Después la seguí un lejos muy de cerca, valga el oxímoron. Acabo de paparme su libro “La Joven política” que, disidente de todas las disidencias, me entusiasma. Impecable e implacable cuando se queja de la frecuencia de la mentira en política contra “Las Tablas de la ley” y el demasiado habitual recurso de la abogacía profesional a la coletilla “en términos de defensa”. Alguna vez conté aquí cómo en San Juan de Puerto Rico, en el transcurso de una vista oral, destrozaron toda la prueba exculpatoria, menos un detalle que el abogado contrario, licenciado en la prestigiosa Harvard, había reconocido en el pre proceso, traducción quizá incorrecta, trámite muy útil que, en cualquier caso, falta en nuestra Ley de Enjuiciamiento. Con la argucia de que vale mentir hubiera perdido el pleito sin más, pero mi oponente en estrados era tan honorable que sostuvo verdad. Otro momento estelar del libro es cuando la directora de un debate interrumpe, aprovechando minutos publicitarios, para exigir más sangre pues la audiencia bajaba estrepitosamente.

Lorca canta a cuatro Manolas, yo a una, más fantástica que cuatro.

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