Opinión

Creemos en la solidaridad

La experiencia de dar y compartir, un buen lema para la Campaña contra el Hambre

Hace unos días disfrutaba de un viaje en autobús urbano de nuestra ciudad cuando no pude evitar una de esas conversaciones cotidianas, fruto de la irracionalidad y las simplezas irreflexivas; una paisanas que gritaban y discutían sobre la sentencia de la más simple: "la culpa de todo la tienen los católicos". No pude más que afinar el oído y seguir el hilo de absurdeces y tonterías que decían. Al parecer la causa de todos los males de nuestro mundo, de las guerras, las epidemias, las muertes de hambre, y tantas otras lindezas, decía la inteligencia social de aquella cenutria, eran las tonterías que nos habían metido los curas y la Iglesia, que estaban maquinando y engañando para así mantenernos esclavizados.

Mi dilema, ¿qué hacer, intervenir o callar? Si me metía saldría escaldado, embadurnado de montones de insultos e improperios. Así que me callé, seguí a lo mío, y con profunda tristeza llegué a la parroquia. Al llegar me encuentro con un grupo de mujeres, de paisanos, de críos y familias que se afanaban en preparar cosas para nuestro Rastrillo y demás acciones para la Campaña contra el Hambre de este fin de semana, les conté lo sucedido, y entre risas y discursos dolidos, todos nos sentimos algo decepcionados por el síntoma de una sociedad enferma, ya no de ignorancia, sino de insensibilidad, de indiferencia, y lo que es más grave, de una cierta y palpable insolidaridad.

Una parroquia de barrio metida en mil batallas cotidianas, de cerca y de lejos, por ejercer lo que es su esencia y razón de ser, el amor, la bondad, la justicia, la solidaridad, la fraternidad compartida. Una bendición de gentes sencillas empeñadas en mejorar la vida de tantas personas desconocidas, que gritan desde sus convicciones vitales, frente a lo que la tonta del autobús vociferaba, como hacía nuestro Papa: "pobres sí, pero esclavos no; pobres sí, pero sin dignidad no". Que denuncian la vergüenza de nuestro mundo, que se dice civilizado, porque la pobreza, sea del tipo que sea, es una verdadera vergüenza. Los pobres tienen rostro, aunque vivan a más de 5000 kilómetros, no podemos callar por más tiempo.

Por ello este año nos hemos enzarzado en un proyecto solidario en África, para construir un sistema de traída y distribución de agua potable en una zona rural empobrecida y azotada por toda clase de enfermedades y una grave mortalidad infantil.

En nuestra parroquia, en nuestro barrio, estamos convencidos que la mejor receta se llama solidaridad. Una solidaridad entendida en sentido pleno: solidaridad con el pobre, con el vecino, con los de lejos, con el planeta. Una solidaridad que es cercanía, proximidad; es saber estar cuando todos se van o miran para otro lado, es dar la mano para ayudar, es ofrecer ternura, es saber mirar con los ojos del corazón, es regalar una sonrisa cuando la tristeza nubla los ojos de los que más sufren. Sí, solidaridad es dar, pero es también mucho más, es compartir lo que se tiene, sea mucho o poco.

La solidaridad es nuestra esencia de humanidad, y como creyentes, digan lo que digan; y no es de izquierdas ni de derechas, ni de creyentes o ateos. La solidaridad es un "nuevo poder" social. Un verdadero fenómeno creador de riqueza y dignidad. Es el verdadero motor que creará las condiciones para una verdadera justicia mundial, que acabe de una vez con la desigualdad, la miseria y la pobreza de nuestro mundo. ¡Si crees en lo mismo que nosotros, si crees en la fuerza transformadora de la solidaridad, no hables en los autobuses y pásate este fin de semana por la humilde Parroquia de Covadonga y haz algo por cambiar nuestra triste realidad, por devolver un trocito de dignidad a las gentes de un pequeño rincón de nuestro mundo que no conocemos, pero que son nuestros hermanos; y déjate de lamentos y simplezas.