La puerta de la escuela de danza de Patricia Laruelo está entre varios talleres de coches, en Pola de Siero, y se distingue por sus colores. Se puede leer "Nave 6" entre serpentinas, lo que augura, en cierto sentido, cuanto hay en su interior: todo está lleno de colores y vida. Quienes se la dan son las niñas y niños que participan en la primera edición del Campamento Creativo: "Queremos que esta sea su ventana al mundo, lejos de los móviles, las televisiones y todo eso. Creíamos que la creatividad se estaba perdiendo", explica Sara Domínguez, una de sus monitoras. La creatividad, en peligro de extinción.

Por eso allí no entran móviles. Es como sumergirse en un mundo remoto: por las paredes cuelgan cuadros de artistas de la zona, se oyen voces y gritos de ilusión y hay una gran pista de baile frente a un espejo muy bien iluminada. La mañana del viernes les tocaban acrobacias. Hay algunos que las hacen mejor, porque durante el curso practican baile, mientras que otros acaban de empezar. "Hubo una vez que vine llorando por culpa de mi hermano. Estaba muy triste. Pero empecé a bailar y se me pasó", cuenta Adriana García.

Adriana García haciendo el pino con la cabeza, frente a sus compañeros I.G.

Adriana tiene 10 años, pero lleva haciendo danza desde que era "superpequeña". Está contenta, porque le sale genial hacer el pino con la cabeza: "Yo siempre había hecho moderno, pero ahora lo que más me gusta es el 'breakdance´ y las acrobacias", confiesa. Lo probó por primera vez hace menos de un mes: los campamentos empezaron el 28 de junio y estuvo desde el principio. "Lo que observamos es que hay muchos niños que se apuntan para una semana, y luego quieren continuar todo el mes", explica la monitora del taller.

Sara Domínguez, como Adriana, también empezó a bailar cuando era una cría. Tenía 7 años la primera vez que puso los pies en una academia de danza. Fue también en la de Patricia Laruelo, y ahora, con 25 años, y opositora de magisterio, sigue recibiendo lecciones. Aunque es verdad que ahora también las imparte. "Trabajar aquí es tener confianza plena, sentirse en casa. Siempre se puede ir a tomar un café con Patricia (Laruelo) y resolver cualquier problema que surja", explica. Mientras tanto, los niños han pasado de hacer volteretas a hacer el pino.

Sara Domínguez tenía 7 años la primera vez que puso los pies en una academia de danza. Fue también en la de Patricia Laruelo, y ahora, con 25 años, y opositora de magisterio, sigue recibiendo lecciones

Están divididos en tres grupos, cada uno con una esterilla, y allí se organizan para aprender la acrobacia que les toque. Algunos están más avanzados que otros, pero entre todos cooperan para ayudarse. Ni móviles, ni televisiones, solo juegos. El viernes son 16 alumnos, aunque inscritos hay un total de 60. Cada semana, hay una temática diferente. La pasada tocó "Coco" e hicieron con manualidades máscaras de calaveras mexicanas y conocieron la figura de Frida Khalo. Y también tienen incluida en su programación "El Rey León", o "The Sing", donde cada niño tiene que ir como su estrella favorita. Y ese viernes, les toca también hacer brochetas con fruta para la merienda de media mañana, teatro musical y salir a conocer la senda fluvial del Nora. Además, para la conciliación, ofrecen la opción de madrugadores.

No quieren que se acabe, dicen los niños que participan. Les quedan aún muchas semanas para evitar que se produzca la desaparición de la creatividad. Y van por buen camino.