La Nueva España de Siero

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Bitácora de Lugones

Espíritu joven

El reto de procurar que, al llegar a la edad adulta, sigan pesando más en nuestra mente las ilusiones que los recuerdos

No se nace joven, hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere. Además ser joven es estar abierto a las novedades, a los nuevos tiempos. ¿Se puede llegar a una edad adulta o a viejo y mantener un espíritu joven? Claro que sí, sin lugar a dudas. Tan sólo requiere un mínimo de esfuerzo, profundizar un poco en la vida, así como la evolución humana a través de la historia. No es tanto el espíritu joven por el mero hecho de adquirir una buena condición física por la práctica de una disciplina deportiva, como el que se deriva de la mente. Se pone realmente de relieve el verdadero espíritu joven a la hora de pensar y actuar ante distintas situaciones que nos ofrece la vida. Por ello, hay que procurar evitar que pesen más sobre nuestra mente, los recuerdos que las ilusiones. De la misma manera que un buen enfermo supera más fácilmente el mal que le acecha, la propia naturaleza ayudará a quienes gozan de buena disposición para mantenerse joven. Es más, pensamos que cada episodio de nuestra existencia requiere un aprendizaje para no perder el grado de juventud precedente, o sea, reciclarse. De lo contrario podemos quedar estancados, entumecidos bajo los efectos de una de las primeras etapas de la vida. Todos conocemos algún ser que, al igual que las plantas, se queda mustio.

Somos arquitectos de nuestra propia personalidad, aseveración que utilizamos en cuantas ocasiones se nos presenten, por lo que, a través del tiempo, según vamos físicamente creciendo, nuestro interior debe hacerlo igualmente modificando los puntos de vista. La sociedad/humanidad ha evolucionado a través de los siglos desterrando las ideas fijas, contrarias, de otro lado, a mantener el espíritu joven. En su plenitud residen en el ser humano todas sus facultades, por lo que no será baldío señalar que la persona adulta encuentra la verdadera madurez en su estado físico, psicológico, social y cultural.

Hay que decir, en honor a la verdad, que no existen criterios científicos para delimitar la línea fronteriza con esa rama adulta del más sabroso fruto del árbol de la vida. No obstante, como orientación, se halla dividida en tres niveles: la edad adulta temprana, media y tardía. Son realmente huidizas entre ellas, incluso a menudo arbitrarias. La primera se establece entre los 20 y 40 años. La segunda, la mediana, de los 40 a los 65 años. Y la tardía, de los 65 años hacia arriba.

Será siempre joven quien todavía es capaz de sorprenderse y entusiasmarse. Amará la juventud aquel que desafía los acontecimientos y se encuentra como pez en el agua dentro del juego de la vida, a pesar de todo.

Perlas de la sabiduría. La vida humana eterna sería insoportable. Cobra valor precisamente porque su brevedad la aprieta, densifica y hace compacta. También el mismo Ortega y Gasset, nos dejó dicho: "La vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada".

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