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Ricardo Junquera

Me equivoqué de difunto

Anecdotario de equivocaciones en los tanatorios

Hoy vamos a ir de humor, que de cuando en cuando se necesita. Allá va la historia:

Hace unos días me volvió a pasar; volví a equivocarme de muerto. Bueno, exactamente de muerto no me equivoco, que los pobres están donde están y ya no se mueven. En lo que fallo es en el lugar al que voy a cumplir con la obligación social de transmitir las condolencias a los parientes del finado, es decir, a dar el pésame.

Y es que esto de los tanatorios a veces da origen a equivocaciones. Antes no había lugar a ellas. Tú ibas a la casa del difunto, que era su casa, y allí no había pérdida ni posibilidad de que te metieras por error en la casa vecina. Bueno, a veces sí. Y si querías pasabas allí la noche, que nunca faltaba una copita de algo. Me refiero a la casa del finado. Ahora, con esto de la comodidad de que nos aparquen ya difuntos en esta especie de suites con vistas al más allá, sí que es fácil que acabes equivocándote de habitación de visita.

Esta vez fue en el velatorio de la madre de un amigo. El hombre estaba en el patio central del tanatorio y estuve hablando con él y haciéndole un rato compañía. Y, después, allá que te fui a cumplir con la costumbre que tengo de no marchar sin acercarme un momento a despedirme del difunto o difunta. La cuestión es que entres en la habitación correcta. Y a veces es que no: me metí en la sala de al lado.

Os cuento: sala grande, como todas las de los tanatorios. Cristal al fondo, a la izquierda, y detrás, la caja y las flores. En el lugar, una sola persona; una mujer de mediana edad. Me ve entrar. Me acerco. Supongo que es la hermana de mi amigo, es decir hija de la difunta. Y se lo pregunto:

–¿Eres la hija, verdad?

–Sí. Era mi madre.

–Lo siento mucho.

–Gracias.

–Ya he estado con tu hermano. Está mejor de lo que pensaba. El hombre estaba muy unido a tu madre.

–¿Hermano? No, yo no tengo hermanos.

Ostras Pedrín, he vuelto a equivocarme, pensé; a ver cómo salgo ahora de aquí. Pues "palante", y me acerco al cristal.

–Vaya. Creo que venía a la sala de al lado. Muy guapo ese centro, dije por decir algo.

–Sí. Lo mandó mi hijo. Está fuera y no puede venir. Está con su padre, que ahora está trabajando en Dubái. Desde que nos separamos se va a vivir temporadas con él. Por eso no puede venir. Es un viaje muy largo. La verdad es que lo estoy echando mucho de menos. Soy hija única y con poca familia.

–Ya. Es lo que hay ahora. Pasar estos momentos solos es más difícil. Lo siento mucho de verdad.

Y me fui, asumiendo la pena de la chica pero a toda leche.

Otra vez no me equivoqué de sala, sino de tanatorio. Es decir, fui al número correcto de sala pero del tanatorio de al lado. Allá que entré. Y los conocía de vista, es decir, a los parientes del finado. Ellos a mí también. Yo creía que serían otros familiares distintos a los que yo conocía, y me puse a dar pésames como un campeón, con cara de sincero compungimiento y gesto de qué se va a hacer, es lo que hay. Hicimos corrillo; pequeña charla sobre lugares comunes en esos momentos y otras cosas así.

Pero los supuestos parientes del finado a quienes fui a dar el pésame no acababan de aparecer. Hasta que una chica me dice: "Ricardo, creo que te has equivocado de tanatorio". "Bueno, pues puede ser, pero lo siento igual", respondí. Y zapatilla.

Esto no pasaba cuando los velatorios eran en la casa del finado. No. Grandezas y servidumbres de los tiempos modernos.

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