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Ricardo Junquera

"Buenos días"

Sobre las muchas oportunidades diarias que tenemos para ser amables con los demás

Sintácticamente es solo una oración simple, con un adjetivo, un sustantivo y sin verbo, que no lo precisa. Académicamente, una fórmula fija de saludo y cortesía. Me refiero a la expresión "buenos días". Pero tranquilos, no voy a dar aquí una lección de sintaxis ni de nada; lo primero y fundamental porque carezco de base para ello; y lo segundo porque lo que quiero es centrarme un poco en lo que creo que debería haber detrás de esa simple fórmula de saludo.

Vivimos en una sociedad rica en casi todo, pero pobre en términos de afecto, de cariño, de amabilidad con los demás; la auténtica riqueza de una sociedad es la riqueza de su calidad humana. Y ahí, es posible que seamos muy pobres. Y lo curioso del caso es que cuando haces algo bueno por los demás te sientes bien; eso es innegable. Las personas que saben de eso, que están en el ámbito de la psicología positiva, te invitan a que juegues a ser amable con los demás; te dicen que cuando eres amable te cambia el carácter, que eres mucho más alegre. Pero es que además de que los demás estén mejor, de que tú también lo estés y de que, por cierto, es gratis, ser amable tiene otra ventaja enorme: te obliga a llegar a ser la mejor persona que puedes llegar a ser.

Y lo también curioso del caso, es que todos los días tenemos aproximadamente mil quinientas oportunidades gratuitas de ser amables y más o menos desaprovechamos mil cuatrocientas noventa y nueve. Necesitamos que las nuevas generaciones recuperen esa educación que nosotros en buena parte hemos perdido. Vamos camino de que algún día nuestros nietos nos acaben preguntando qué significa "por favor" o "gracias". Es lo que les estamos dejando. Así es la cosa.

Mirad, voy a contaros una breve historia que me pasó no hace mucho y que creo que puede servir de ejemplo para esto que estoy diciendo. Fue en Barcelona; fui a pasar unos días y me alojé en un hotel de las afueras. El primer día, al volver en autobús al hotel desde el centro, en una de las paradas subió un señorín mayor, bastón incluido. Y lo primero que hizo cuando subió fue dar el "bon dia" al conductor con una sonrisa. Y después mientras caminaba por el pasillo, lo mismo y uno a uno a todos los que iban en el autobús: un "bon dia" y una sonrisa. Aunque nadie se levantara para cederle el asiento, que eso ya no nos extraña; y alguno además le miraba como si fuera un bicho raro, un viejo ya algo pasadillo, saludando a todo el mundo. Por fin llega a la parte trasera, donde voy yo, se sienta cerca, y me saluda:

–Bon dia.

–Buenos días, le contesto.

–Ah, es usted de fuera, ¿verdad? ¿Le importaría decirme de dónde?

–De Asturias.

–Ah, qué tierra más maravillosa que debe de ser aquella. Me hubiera gustado mucho conocerla, sí, pero ya no sé si podré… ¿Y ha estado usted antes en Barcelona?

–No, esta es la primera vez.

–Bueno, pues mire eso de ahí es el paseo de Lluís Companys, era la entrada a la Exposición Universal de 1888 … Y aquello el Parque de la Ciudadela, tiene una fuente preciosa en la que intervino Gaudí, y eso otro…

Y así me fue explicando los lugares por los que íbamos pasando; y aquel paisanín me convirtió un simple trayecto en autobús en una delicia de viaje. Cuando le tocó bajarse se despidió con la misma amabilidad, y volvió a desear "bon dia" a todos los que se topó hasta llegar a la puerta. Y cuando el autobús se alejaba, lo vi caminar por la acera, ya solo, y sin perder su sonrisa. Me hubiera gustado acompañarle y que me hubiera seguido contando cosas; en todo caso, aquel encuentro me alegró el viaje y la mañana. Qué tontería, ¿verdad?

Estamos a principios de año y casi todos volvemos a hacer planes de mejora personal, generalmente de suprimir cosas que nos sobran, casi siempre kilos y horas de sofá, y de destinar más tiempo a la salud de nuestros cuerpos, sí. Quizá también sea el momento para intentar buscar algo de lo que nos falta, y entre ese algo, no estaría de más un poco de amabilidad con los que nos rodean.

Por nuestro propio bien, intentemos aprovechar solo algunas de esas mil quinientas oportunidades diarias de ser amables. Posiblemente sea la forma más eficaz, más económica y más gratificante de sentirnos mejor.

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