22 de noviembre de 2010
22.11.2010
 

Marinero de Banco Chinchorro

Pedro González-Rubio reflexiona sobre la inestabilidad del amor en «Alamar», la vivencia de un niño ante la separación de sus padres

22.11.2010 | 01:00
El director mexicano Pedro González-Rubio.

Gijón, Ángel CABRANES
Los niños pueden ser los primeros en sufrir ante la separación de sus padres, pero bajo la mirada de Pedro González-Rubio esa experiencia puede albergar una historia dulce. El director mexicano desembarca en la sección oficial del Festival de Cine de Gijón con su segundo trabajo, «Alamar», una película premiada con el «Tiger Award» de Rotterdam y que cuenta cómo el pequeño Natan, de 5 años, pasa unos días pescando en el mar de Bancho Chinchorro (México) junto a su progenitor antes de verse obligado a trasladarse a Roma con su madre. «Es una historia con personajes reales y un punto de imaginación que me ha servido para explorar la impermanencia del amor», destaca el director, que en su niñez también pasó por la misma situación que el protagonista.

Pedro González-Rubio presenta su última obra como un «viaje personal a la infancia y la nostalgia, sobre todo aquel tiempo que me hacía sentir los colores y los paisajes». Ambientada entre los manglares de la costa mexicana, el autor asegura que hace pequeños guiños a «la etapa de siete años que viví en Playa del Carmen, muy cerca de Banco Chinchorro, antes de descubrir cómo el desarrollo hotelero cortó toda la naturaleza». Y es que los paisajes que retrata en «Alamar» son también un canto en favor del medio ambiente, aunque «sin caer en el ecologismo. Creo que quienes lo defienden son una especie de conservadores con un halo de buena honda. Ellos son los primeros en pensar que las cosas no pueden cambiar».

Quien pretende seguir en su buena línea es este mexicano nacido en Bruselas hace 34 años, que debutó como director con «Toro Negro». «Rodaré en la primavera del año que viene en Japón y también tengo otro proyecto pendiente gracias a la beca que me concedieron por el galardón que obtuve en Rotterdam», sostiene sin dejar de invitar al público a que siga su pista con «Alamar»: «La película se aleja del conflicto, sin los dramatismos habituales que vemos en una separación. Por lo menos son 73 minutos de terapia sensorial».

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