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Día Internacional del Beso

Los besos más difíciles de la pandemia: la historia de dos parejas que se las ingeniaron para vivir su amor a pesar del covid

Celebramos el Día del Beso junto a una gijonesa y una leonesa que se veían en Pajares para no incumplir las normas y un médico y un enfermero que el coronavirus los pilló empezando su carrera

Noelia Alexandra Arenas Fernández y Zulima Carrión Flores y Pablo Escandón y el enfermero Carlos Sanz

Noelia Alexandra Arenas Fernández y Zulima Carrión Flores y Pablo Escandón y el enfermero Carlos Sanz


Adónde irán los besos en los tiempos del covid


LA NUEVA ESPAÑA sella en el Día Internacional del Beso expresiones de amor y cariño de los asturianos


Adónde irán los besos, se preguntaba el cantante Víctor Manuel, los besos que guardamos, que no damos, y su letra entre melancólica y resignada se puede incorporar a estos tiempos del covid y su tiranía de afectos separados o amores que no encuentran su punto de pasión por culpa de restricciones y temores en la tierra quemada de la pandemia. Ayer se celebró el Día Internacional del Beso y el liviano significado de la fecha no impide recordar, en primer lugar, a quienes han pasado y pasan hojas de calendario añorando a sus seres queridos: por estar lejos en alguna ciudad o concejo inaccesible, o por luchar en residencias u hospitales sin la presencia de quienes podían reconfortarles con algo tan simple y profundo como un beso. El Día Internacional se impuso el 13 de abril para recordar el más largo ósculo del que se tiene registro: 58 horas, 35 minutos y 58 segundos. Un muac titánico de los tailandeses Ekkachai y Lksana Tiranarat en 2013 durante un concurso, y no sabemos si les quedaron ganas de intentar mejorar su hazaña con arduos entrenamientos bucales o si lo dejan correr. Ahora la pandemia pone las bocas difíciles, sobre todo entre no convivientes, pero, mientras llega la inmunidad salvadora y los besos se quitan la mascarilla, LA NUEVA ESPAÑA sale a la calle en busca de besos de todo tipo y relación. De pareja. De amistades. De padres e hijos. Besos, ternura, qué derroche de amor, cuánta locura, ¿que diría Ana Belén? Que ustedes lo besen bien.




La historia de Noelia Alexandra Arenas Fernández y Zulima Carrión Flores está cuajada de muchas ganas de besos porque la pandemia impuso una muralla entre ellas: la primera es de Gijón; la segunda, de León. Así que para poder darse un beso durante los meses en que uno se podía mover pero no se podían traspasar las fronteras regionales esta pareja se las ingenió para encontrar una solución intermedia: "nos encontrábamos en el parador de Pajares, una de cada lado, y teníamos que vernos en el coche porque estaba cerrada la cafetería", relatan con una sonrisa. 

Por eso ahora valoran más que nunca el poder demostrarse su amor con un ósculo cada vez que lo desean, porque fueron meses de mucha pantalla y poco contacto físico. "Llevamos juntas un año y medio, y de hecho cuando se decretó el confinamiento yo estaba en León de visita con Zulima, y tuve que volver porque ya cerraban todo", relata Noelia Arenas. Previamente se habían conocido en una ruta de montaña, se encontraron de nuevo en Gijón para tomar un café, dar un paseo y conocerse mejor, y de ahí surgió una chispa que ha soportado largos meses de aislamiento. Curiosamente, la pandemia hizo que adelantaran la convivencia. 

"Vimos que cada poco íbamos a estar así, así que decidimos que vivir juntas cuanto antes era lo mejor". Zulima Carrión se trasladó a Gijón y juntas llevan ya varios meses bajo el mismo techo, besándose cada vez que les apetece porque ya no hay ninguna barrera que se lo impida. "Que vivan los besos, y que todo el mundo se los pueda dar sin problema", resumen.

La pareja gijonesa formada por el médico Pablo Escandón y el enfermero Carlos Sanz no tuvo problemas de distancia física, porque llevan juntos casi tres años. Pero también tienen claro que la pandemia ha supuesto un buen lastre para las demostraciones de afecto, especialmente para quienes no son convivientes. "Hay que darse muchos besos, pero con cuidado en estos tiempos, la salud es lo primero", relata con humor Escandón, médico de Atención Primaria. 

Ellos, en primera línea de la atención sanitaria, han visto mejor que nadie "la impotencia de la gente de no poder darse ya no un beso; ni tan siquiera un abrazo", destacan. Y por eso desean que la vacunación acelere la recuperación de una proximidad "muy necesaria", y que la gente "echa mucho de menos". 

De hecho, "ahora todo se valora mucho más, y por eso darse besos es tan importante". Eso sí, "con todo el cuidado del mundo mientras el virus siga circulando", recomiendan encarecidamente desde su óptica sanitaria. Ellos tienen el privilegio de subrayar sus palabras con un buen beso ante el Cantábrico, una prueba de que demostrarse afecto es una gran medicina para muchas cosas. 

Los besos que nos robó la pandemia: "Recuerdo que mi último beso fue en una fiesta, ahora eso se acabó" A.Domínguez/ E. Vélez/ M. León

¿Cómo fue tu último beso antes de la pandemia?

En el Día Internacional del Beso, que se celebra cada 13 de abril, recordamos esta costumbre intrínseca en nuestra vida y que que hoy en día se ha visto transformada, pero nunca olvidada, de hecho, cada vez la valoramos y añoramos más. "Mi último beso antes de la pandemia fue en Croacia, nos habían invitado a un evento y nos despedimos con un beso. Desde entonces, exceptuando a mi pareja, no he dado ninguno más", explica el gijonés Ángel Morán. "Yo me despedí de mi novia con un beso antes de que nos confinaran, lo recuerdo perfectamente", asegura André Delgadinho en Oviedo.

Todos estos distanciamientos que hemos tenido que introducir para cuidar nuestra salud no ha hecho, sin embargo, que cambie nuestra actitud a la hora de lanzarnos cuando alguien nos gusta de verdad. "A veces nos olvidamos de la mascarilla un ratito para darnos un beso", confiesa Rita Valerio. "Lo que más echo de menos son los besos a mis abuelos. Es muy raro ir a verlos y tener que mantener la distancia", explica Patricia Espinel. "Ahora no doy besos, doy codazos o saludo con un gesto", detalla Javier Blanco. Su último beso fue el último día que salió a una discoteca.

Luisa Agustín y Loli Yáñez: “Somos besucones por naturaleza”

Luisa Agustín y Loli Yáñez. | D. Álvarez

Con el covid, Luisa Agustín y Loli Yáñez, amigas desde hace 49 años, se han visto obligadas a sustituir los besos por el choque de codos. Los besos para estas dos vecinas de Cangas del Narcea eran una muestra de cariño que reservaban para las celebraciones, pero después de un año sin ellos reconocen echarlos de menos. “Ya te lo pide el cuerpo”, comenta Luisa Agustín, y Loli Yáñez la secunda: “Somos besucones por naturaleza”. “Ahora en casa no doy besos ni a mi madre ni a mi hijo”, cuenta Luisa Agustín, informa D. Álvarez.

Adrián y Graciela: “Los besos son ahora más necesarios que nunca”

Adrián Castañeda y Graciela Redondo. | M. Á. G.

Adrián Castañeda y Graciela Redondo. | M. Á. G.

Adrián Castañeda y Graciela Redondo son una pareja de Langreo. Propietarios de varias tiendas de ropas, opinan que los besos son ahora “más necesarios que nunca”. “Conmemorar algo guapo en estos tiempos tiene más significado. Al final, besarse es una muestra de amor, y todo lo que sea demostrarse amor está bien. Hace un año aprendimos que teníamos que demostrarnos mucho más ese amor”, afirma Castañeda. Redondo añade: “Con cautela y precaución, cuando uno pueda, hay que darse todos los besos y todos los abrazos que no nos pudimos dar”, informa M. Á. G.

Diego Fernández y su padre: “La barba de papá pincha”

Diego Fernández, con su hijo en las rodillas. | Luisma Murias

Diego Fernández y su hijo y tocayo, de 3 años, vuelven juntos a casa cada día a la salida del colegio. Viven en Oviedo y de camino el padre besa al chiquillo, somnoliento, antes de ir a comprar una galleta en uno de los kioscos instalados en el paseo de los Álamos, cuando atraviesan el Campo San Francisco. El hijo, en cambio, no es de devolverle los besos porque dice que “la barba de papá pincha”, informa C. Lamuño

Pelayo Barquín y Ludi Bermúdez: “Se nos cae la baba por el nieto”

Guillermo Pelayo Barquín y su esposa, Ludi Bermúdez. | Mara Villamuza

Guillermo Pelayo Barquín conoció bailando a la que hoy es su mujer, Ludi Bermúdez. El avilesino es la cuarta generación de una larga estirpe de artesanos consagrada a endulzar las vidas ajenas y la propia, con su receta para edulcorar la rutina: “El mayor secreto es dar espacio a la persona que tienes a tú lado, no ahogarla ni aburrirla”. Pelayo y Ludi tienen un nieto, Mateo, de cinco meses: “Sin la mascarilla estaríamos todo el día soltando babas por el bebé”, confiesan, informa M. Mancisidor.

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