Dos años después de su fundación, el 24 de febrero de 1023, la iglesia de Fuentes fue consagrada como basílica por el obispo de Oviedo don Adegani, quien añade al título que ostentaba en honor de San Salvador, el de Santa María Virgen. El próximo mes se cumplirán mil años del acontecimiento y, a su lado, una importante hospedería del Camino muy visitada por peregrinos y caminantes en los inicios del primer milenio.

Todo empezó un 25 de mayo del año 1021, cuando don Diego Pepici, su esposa Mansuara y su madre doña Vistrildi, inauguran iglesia y hospedería en Fuentes, las mandan construir para mayor gloria de Dios y beneficio de sus almas y de la de don Pedro, padre de don Diego ya fallecido. Dedican la iglesia a San Salvador, en la que, además, guardan y veneran reliquias del Salvador, San Pedro, San Pablo, San Bartolomé, Santa Marina y San Miguel -de este último, por ser un espíritu que se representa alado, dice la tradición oral que era una de sus plumas, sin embargo no hay constancia escrita de ello, lo que me lleva a pensar que lo más probable es que fuera tierra, un trozo de la roca o el agua milagrosa que brota en la cueva del monte Gargano, donde se venera la aparición del arcángel , de la que se asegura que cura todos los males-, reliquias que atraerían a multitud de romeros y peregrinos que buscaban en ellas la salud para el cuerpo y la paz para el espíritu.

Al lado de la iglesia, en la parte norte, separada por dos puertas y un claustro, abrieron la hospedería, “bastante amplia para los habitadores que había de tener y los huéspedes que se ofreciese recibir”, dice Caveda, que conoció las dimensiones de la casa por haber presenciado algunas de las excavaciones hechas en el lugar. Es morada asimismo de los fundadores y sus parientes, que se recluyen en ella para consagrar a Dios no solo su estrenada obra, también sus personas, las de sus descendientes que con ellos viven, y las de los extraños y peregrinos que allí se quieran confinar, con el compromiso que todos en ella sirvan, “por si mismos o por sus esclavos y criados”, a cuantos pobres, caminantes y peregrinos se acercasen a ella, dándoles limosna a unos y admitiéndolos en su casa y prestándoles la compañía y los socorros de alimento y hospitalidad que dicta la caridad cristiana a todos. Sin duda un cinco estrellas del Camino de hace mil años.

Para su mantenimiento, don Diego y familia, la dotan con las tierras que allí tienen y otras que poseen en Celada, Cabranes y Bedriñana, con todos sus lagares, molinos, contribuciones y tres esclavos, uno de ellos de nombre Menendo, y otro Sendino, este último herencia de sus suegros Sarracino y Ximena. Pero la intención de los fundadores era que más familias y personas se unieran al proyecto, y poco tardaron en allegarse Froila Rodríguez, que aportó su hacienda de Carrale, y Godesteo Loboniz, su hermana Gontrodo y Magito Ramírez que también aportan la suya, quedando la iglesia y hospedería de Fuentes con un patrimonio cuyas rentas se estimaban en mil galipos de pan de escanda, quinientas medidas de vino y otros frutos y animales, lo que les permitía afrontar un futuro con cierta holgura económica y asistencial.  A esto habría que sumar el óbolo de aquellos huéspedes y devotos más pudientes, y el de los que ofrecían algún voto, como el del oferente que se obliga a llevar a San Salvador de Fuentes cuatro panes y un cordero, o pescado, y media cuba de vino, que sin duda también ayudarían al mantenimiento y aspiraciones de la benéfica institución. 

Y para evitar bastardas y aviesas intenciones, por dos veces advierte don Diego a “aquellas personas llanas o que ostenten poder en la tierra, que abusando de su poder o autoridad, se llevasen algo de esta santa iglesia y casa, lo pusiesen en poder de otro dueño o pasasen sus bienes a otro lugar, sean excomulgados y anatema marenata”, o sea, expulsados de la Iglesia, malditos de Dios y que participen con Judas el traidor de la eterna condenación, lo que nos puede dar una idea de por dónde pueden andar, y cuál es la compañía de aquellos que tuvieron algo que ver en la desaparición de las reliquias, el Calvario, la cruz procesional de doña Sancha González y otros bienes de la casa y de la iglesia. Ah, y además debían pagar dos talentos de oro de multa.

Como las palabras las lleva el viento y los papeles se estropean y se pierden, para dejar constancia que nada de esto ocurriera ni se olvidara su voluntad, lo mandó don Diego escribir en la misma piedra del monumento levantado al presbítero Eodenando -probablemente el sacerdote y director espiritual que atendía la iglesia y la casa-, que no cabe duda que lo hizo con buena y duradera letra, pues todavía permanece su testamento en las piedras de las paredes para que cuantos en la iglesia entren y lo lean sean los mejores fiscales de su deseo. Y por hacerlo más firme y valedero, nombra como testigos a Ximeno y Bermudo Sarracini -probablemente hermanos de doña Mansuara-, y a doña Froila Rodríguez.

No sabemos cuánto duró la institución hotelera, probablemente fue tras la muerte de sus fundadores cuando se convirtió en abadía y monasterio benedictino con el nombre de Abadía de Fuentes, a la que también pertenecían las de Santa María de Lugás y San Vicente del Busto, que siguieron dando posada y ayuda al peregrino, y recibiendo los votos y rentas de la hacienda que cultivaban y trabajaban monjes, esclavos, criados y colonos.

Aunque en el monasterio de San Pelayo aparecen en 1625 documentos en los que se menciona la Abadía de Fuentes, no sabemos exactamente cuándo desapareció, y con ella la hospedería, de la que solo queda el topónimo que da nombre a la llosa donde estuvo situada y en la que crecen pumares de mingán, cuyo fruto, recién caído del paraíso, sin impedimento ni proscripción, calmará la sed del caminante y continuará el viaje lleno de saberes.