Miente, miente, que algo queda

La carrera del líder de Foro está jalonada de duros choques con los medios de comunicación, en su empeño por manipular a la opinión pública

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Miente, miente, que algo queda
Miente, miente, que algo queda  

EVELIO G. PALACIO Una de las debilidades de Cascos es manipular a la opinión pública a través de los medios. Lo mismo le da declarar el fútbol de interés general que llamar Sarasola -el que fuera gran amigo del socialista Felipe González- al propietario de unas emisoras, que decir que este mismo personaje es hermano del propietario de otro grupo de comunicación. Si es verdad o no le importa poco.

Pelear con los medios para atemorizarlos forma parte de la manera de ser del actual presidente del Principado en funciones. Desde los inicios, su carrera política está jalonada de duros enfrentamientos mediáticos. Siendo «número dos» de Aznar llegó a pedir el despido de una corresponsal en Asturias de un diario nacional, tras acusarla de divulgar un texto embargado. También pleiteó hasta el Tribunal Constitucional en su empeño por desmentir con engaños informaciones periodísticas y tratar de imponer titulares.

La mayoría de los cargos del Gobierno regional asturiano y de Foro eluden hablar con LA NUEVA ESPAÑA desde que llegaron al poder en mayo del pasado año. Cumplen, así, con una instrucción expresa que les impuso Cascos, según ellos mismos reconocen, algunos con evidente malestar.

La premeditada estrategia de no conceder apenas entrevistas a LA NUEVA ESPAÑA ni atender buena parte de sus requerimientos tiene un fin: poder ejercitar luego el derecho de réplica -mal llamado derecho de rectificación- para presentarse ante la sociedad como víctimas y denunciar que el periódico los silencia. Nada más lejos de la realidad.

Desde julio de 2011, el mismo Presidente, varios consejeros, significados diputados de Foro, concejales, empresas próximas a la Administración regional o el propio partido casquista han enviado una quincena de escritos de rectificación a LA NUEVA ESPAÑA. Uno incluso llegó a entregarlo en persona Álvarez-Cascos en la sede del periódico en Oviedo el día de Navidad. Otro, de los últimos, del consejero de Hacienda y Sector Público, Ramón del Riego, alcanza el paroxismo de rectificar un silencio. El Consejero había amenazado en Avilés a una redactora con acudir a la vía legal si publicaba que no quería contestarle unas preguntas sobre el Niemeyer.

Además, Cascos ha planteado una demanda contra este periódico por informar de su estado de salud tras haber sufrido una indisposición durante un mitin en Colombres (Ribadedeva). Cascos siente violentada su privacidad. Los mismos datos fueron divulgados por otros medios de comunicación asturianos sin que conste que el Presidente haya iniciado contra alguno de ellos acciones judiciales.

Dos jueces han advertido, en sendas sentencias ganadas por LA NUEVA ESPAÑA y perdidas por Cascos, que el derecho de rectificación -así mal definido, pues no se trata de una corrección, sino de la oportunidad de expresar otros argumentos- no implica que la noticia inicial sea falsa ni permite a quien lo ejerce imponer sus tesis al medio de comunicación. Los dos fallos judiciales avalan la información veraz, seria, rigurosa y enriquecedora de nuestro rotativo.

La totalidad de los escritos de rectificación promovidos por Cascos y Foro para precisar sus opiniones, y los costes en abogados y procedimientos judiciales de ellos derivados para el Principado, para el partido o para su propio bolsillo eran del todo innecesarios. LA NUEVA ESPAÑA siempre está abierta a ofrecer, sobre cualquier asunto y en cualquier momento, las opiniones de los miembros del Consejo de Gobierno y de los representantes tanto de la fuerza política que los respalda como del resto de partidos. Ello, con independencia de la actitud bananera y dictatorial de un personaje que no respeta nada y mucho menos el derecho de los lectores a estar informados: de lo que hace como hombre público -ahí está la rabieta por hablar de su salud- o de la forma en que logró acumular patrimonio en los ocho años en que abandonó la política. Podría resultar aleccionadora sus actividad durante esa época para ver cómo los políticos rentabilizan luego en la vida privada su estancia en el poder.

Para intentar hacer llegar a los asturianos las mentiras a las que ningún medio de comunicación independiente está dispuesto a dar cabida, Cascos utiliza como altavoces publicaciones alternativas, de elaboración propia y financiación desconocida, a las que pretende dar aspecto periodístico. En realidad son libelos cargados de propaganda y ataques a este periódico. Es el caso de «El Hormiguero», un folleto del que en la campaña electoral anterior editó un número y en la presente lleva tres, de «La Nueva Asturias», octavillas que Foro distribuye por ordenador y a las puertas de algunos mítines, y de portales digitales con los que se busca coaccionar a los periodistas recurriendo, incluso, a maledicencias de la vida particular. Podríamos hablar de las suyas, pues tiene varias y bastante poco ejemplares, y es además hombre público, que vuelve a vivir de nuestros impuestos. Por lo pronto, su nombre aparece en torno a la trama de corrupción «Gürtel», en la que están hombres de su máxima confianza. A ver si es para distraer la atención del personal por lo que monta todo este follón.

LA NUEVA ESPAÑA no es, ni mucho menos, una excepción en las batallas periodísticas de Cascos. En 1999, siendo vicepresidente del Gobierno de España con el PP, remitió una carta al director de «El Mundo», Pedro J. Ramírez, por publicar una viñeta de los dibujantes Gallego y Rey en la que se representaba a Aznar como Tintín propinando una patada a su perro «Milú», caracterizado como Cascos. El dibujo ilustraba un suplemento dedicado al congreso popular en el que el asturiano iba a dejar la secretaria general, el punto de inicio de su declive. Cascos consideraba ingrato a Ramírez, al que meses antes había defendido por la investigación de los GAL. «Tienes una deuda personal conmigo demasiado profunda», llegó a escribir en la misiva al periodista. Le reprochaba, de paso, que no hubiera despedido a una corresponsal en Asturias y calificaba de innoble que le pintara como el perro que Hergé hizo famoso.

Con el empresario asturiano Blas Herrero, dueño de la cadena de emisoras Kiss FM, pasó en breve tiempo de la enemistad al idilio. Herrero había dado el salto desde unos modestos negocios de la leche en Asturias a la cúpula de la radiodifusión. «Un testaferro de Alfonso Guerra», «es el Sarasola asturiano», bramaba el entonces Vicepresidente a todo el que quisiera escucharle mientras le buscaba las cosquillas averiguando si una nave en Siero del padre de Herrero guardaba la distancia legal respecto a la carretera. Tras una cena y una comida para engrasar las diferencias, la rivalidad se trocó en algo más que camaradería. Cascos llegó a dimitir, o amenazar con ello, en un Consejo de Ministros y a empaquetar los enseres de su despacho porque el Gobierno de Aznar no quería renovar unas licencias de Herrero. Cascos también utilizó a un empresario asturiano como intermediario para que el adjudicatario de una emisora de radio se las vendiera a Herrero. El mediador acabó rompiendo con el político por la forma en que le presionó en tan sorprendente encargo.

Al grupo Prisa, dueño de «El País», la Ser y Canal Satélite Digital también les tocó padecer las iras casquianas por un acuerdo para televisar partidos. Aliado con el radiofonista José María García, con raíces en Luarca, como el político, puso en marcha la llamada «guerra del fútbol» para incordiar a Prisa. Luego el desafecto llegó entre Cascos y García. Un distanciamiento más. Un político que trata al actual presidente del Gobierno de la nación afirma que oyó decir a Rajoy: «A este tío no le queda un solo amigo».

La Ser fue el blanco del ataque que llegó hasta el Constitucional, y que tuvo su origen en el hundimiento del «Prestige» frente a Galicia. El entonces ministro de Fomento pidió rectificar una información que le situó esquiando en Sierra Nevada (Granada) mientras la marea negra de chapapote alcanzaba la costa. Perdió la reclamación ante el alto tribunal, igual que la que en el ámbito televisivo promovió junto a su tercera esposa, la galerista María Porto, contra la cadena de televisión Tele 5 por grabarles en los inicios de su relación sentimental. Y, en fin, ayer mismo la emprendió contra TVE por un Telediario.

En la anterior ruptura del PP que Cascos desencadenó por su rivalidad con el entonces presidente del Principado, Sergio Marqués, el ahora líder de Foro lanzó un panfleto electoral llamado «La Gaviota Audaz». Sus contenidos estaban consagrados a resaltar que el candidato socialista, y ex alcalde de Gijón, Vicente Álvarez Areces, había puesto a su servicio al diario local «El Comercio». «Las ventas del periódico gijonés caen en picado», se podía leer en el libelo, que incluía columnas de opinión sin firma con títulos como «Escribir al dictado no es informar con rigor».

Los periodistas de ese medio, a la vista de los continuos ataques, hicieron público un manifiesto en defensa de su labor profesional. Entre los firmantes de aquel documento figura Carlos Prieto, entonces miembro de la redacción del diario gijonés y hoy al servicio de Cascos como «número dos» de la Consejería de Presidencia asturiana.

En esta ocasión, la obsesión querulante de Cascos ha caído sobre LA NUEVA ESPAÑA con todo tipo de insultos y mentiras. Si antes decía que los vascos se llevaban de Asturias las ganancias de un periódico gijonés, ahora afirma impertérrito que la propiedad de LA NUEVA ESPAÑA se lleva el dinero para Cataluña. Que se sepa, es precisamente Cascos quien saca todo su sueldo como presidente de Asturias para Santander, donde tiene un piso con una hipoteca próxima al millón de euros -como él mismo reconoció en su declaración de bienes ante la Junta- que está pagando.

Si antes afirmaba que las ventas del periódico de Gijón caían en barrena, ahora, en su afición a la trampa, dice lo mismo de LA NUEVA ESPAÑA, un periódico que tiene una salud envidiable gracias a la lealtad de sus lectores, sus auténticos propietarios. En homenaje a esos lectores, esta cabecera nunca puede colocarse a la altura de un bronquista cuya especialidad es embarrar el campo para que todos se ensucien.

El más infame de los propagandistas acuñó aquello de «miente, miente..., que algo quedará». En Asturias tiene en Cascos a su heredero. Al presidente del Principado en funciones lo mismo le da llamar a Blas Herrero «el Sarasola asturiano», por aquel controvertido amigo de Felipe González, que afirmar que en la propiedad de EPI hay un hermano de ese mismo Sarasola, aunque ello sea una falsedad como la copa de un pino que sí merecería el derecho de rectificación. Los Juzgados se colapsarían de recurrir a este derecho contra todo lo que larga Cascos.

La actual teoría casquista asevera, sin avergonzarse de tamaña mentira, que LA NUEVA ESPAÑA ha sido un periódico volcado en defender el arecismo. Como Cascos llevaba ocho años interesado en vender obras de arte a las diputaciones y cajas de ahorros donde se le ponían al teléfono no es de extrañar que desconozca que justamente los que en realidad aplaudían a Areces son los actuales palmeros mediáticos de Cascos.

Sus irresponsables ataques a los medios de comunicación ponen de manifiesto la catadura de un gobernante a quien no le importaría dejar en la calle a cientos de trabajadores de esas empresas con tal de salirse con la suya. Con tal de imponer su voluntad para que los ciudadanos crean que ha vuelto para redimir a Asturias y a los asturianos. Eso sí, formando un partido en el que no se puede hablar, ni siquiera pensar. Cascos dijo una vez de uno de sus máximos y más fieles colaboradores: «¿Y quién te dijo a ti que fulano tiene que pensar?». Un eslogan: con Cascos, ciega obediencia. Eso pasa ahora. El rey está desnudo y nadie se atreve en su entorno a decírselo.

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