Blog 
Celuloide sin revelar
RSS - Blog de Christian Franco Torre

El autor

Blog Celuloide sin revelar - Christian Franco Torre

Christian Franco Torre

Tras fracasar estrepitosamente en su intento de convertirse en extremo derecho del Barça, Franco Torre centró sus esfuerzos en el estudio de la Historia del Cine. Colabora con LA NUEVA ESPAÑA y es autor del libro: Edgar Neville. Duende y misterio de un cineasta español (Shangrila Textos Aparte, 2015...

Sobre este blog de Cine

Curiosidad científica, espectáculo, vehículo de propaganda, disciplina artística... Desde su nacimiento, el cine ha jugado múltiples papeles. Pero su historia y su incidencia social quedan a menudo soslayados por su popularidad como espectáculo y por su capacidad para crear iconos.


Archivo

  • 09
    Marzo
    2016

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Historias del cine

    Un espectáculo de alto riesgo

    El cinematógrafo nació como un artefacto destinado a satisfacer una curiosidad científica: la captación primero de las fases del movimiento, y en última instancia del propio movimiento en sí mismo. Pero tras las primeras proyecciones públicas, el auténtico potencial del ingenio quedó al descubierto, y propició su inmersión en el mundo del espectáculo.
    Su atractivo, sin embargo, atrajo esencialmente a las clases populares, mientras que los sectores más pudientes de la sociedad experimentaban cierto rechazo por el nuevo invento. Una actitud que no se debía a ningún tipo de repulsión ética o estética por el cinematógrafo en sí, sino que se derivaba de la constatación de que se trataba de un espectáculo de alto riesgo. Una fama que el cinematógrafo se había ganado el 4 de mayo de 1897.
    Ese día se celebraba en París la segunda jornada del afamado Bazar de la Caridad, una institución fundada en 1885 por Henri Blount y en la que participaban numerosas damas de la alta sociedad parisina, que la usaban para impulsar diversas obras de carácter benéfico. Para la edición de ese año, el banquero Michel Heine les cedió un terreno en la céntrica calle Jean Goujon, muy próxima a los Campos Elíseos.
    Allí, se instaló una monumental carpa de 80 metros de longitud, en la que se ubicaron diversos puestos de venta, todos ellos realizados en madera y decorados con singulares tapizados de inspiración medieval. Como contrapunto, el comité organizador dio cabida al nuevo invento del que hablaba todo París, e instaló en el bazar un cinematógrafo, en el convencimiento de que el ingenio atraería a numerosos visitantes.
    El atractivo del cinematógrafo se constató en la jornada inaugural, que había sido un gran éxito de público. Para la segunda jornada, que se celebraba ese infausto 4 de mayo, las expectativas eran inmejorables. Todo se torció al filo de las cuatro de la tarde cuando, en medio de una proyección, el cinematógrafo comenzó a arder.
    Aunque se ha atribuido el origen del fuego fue el nitrato de celulosa que se empleaba como materia prima de la película de celuloide, en realidad parece ser que la causa del fuego fue el éter que utilizaba como combustible el aparato de proyección.
    Sea como fuere, lo cierto es que las llamas se propagaron con rapidez, lamiendo primero los cortinajes de la sala de proyección para ascender rápidamente hasta lo alto de la estructura del bazar, convertido de pronto en una auténtica trampa mortal para los cientos de visitantes.
    El saldo total de víctimas se elevó hasta las 126, entre ellas numerosas novicias y damas de la alta sociedad parisina. La más destacada, no obstante, era la duquesa de Baviera, Sofía Carlota de Wittelsbach. Nada menos que la célebre hermana de la emperatriz Isabel de Baviera: la célebre Sissi.

    Un espectáculo de alto riesgo
    La tragedia del Bazar de la Caridad estuvo a punto de terminar con el cinematógrafo. Lo único que salvó al invento acuñado por los hermanos Lumière fue su gran popularidad, aunque en las décadas siguientes la alta sociedad se cuidaría muy mucho de dejarse ver por las barracas de feria en las que ingenio pasó su infancia y buena parte de la pubertad.
    Durante los años siguientes, no obstante, el cinematógrafo iría dejando tras de sí un rosario de siniestros que mantendrían fresca en la memoria la tragedia de París. En Oviedo, sin ir más lejos, se rozó la tragedia en plenas fiestas de San Mateo de 1906, cuando uno de los cinematógrafos instalados en la plaza de La Escandalera, comenzó a arder.
    El incendio se declaró en la tarde del 21 de septiembre, y su origen se situó en la cabina de proyección del cinematógrafo de Antonio Mayor. La barraca ardió por completo, y el fuego se extendió por rapidez a los otros dos cinematógrafos instalados en la plaza ovetense, Pathé y Vidaograph, que resultaron asimismo completamente destruidos.

    Un espectáculo de alto riesgo

    Federico Conde Caminero

     

    Milagrosamente, el siniestro no produjo víctimas mortales. No tendrían tanta suerte, sin embargo, los asistentes a la sesión vespertina del cinematógrafo "La Luz" de Villarreal (Castellón), el 27 de mayo de 1912. Otra vez en plenas fiestas locales.
    Esa noche, el local castellonense registraba una buena entrada: había vendido 280 entradas para esa penúltima sesión, que culminaba con la proyección de Alma de traidor. Al inicio de la proyección, la película de celuloide se inflama y, en su intento por quitarla del aparato, el propietario y proyeccionista, Eduardo Pitarch, extiende el fuego por toda la cabina de proyección.
    Las llamas provocan el pánico entre los espectadores, que tratan de escapar por donde pueden. Un centenar logra huir por un boquete abierto en un tabique por un muchacho, José Palacio. Pero el saldo de víctimas terminaría siendo insoportable: 65 muertos y más de un centenar de heridos. La mayor tragedia vinculada al cinematógrafo registrada en España.

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook