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Toño Suárez

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  • 09
    Mayo
    2016

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    Oviedo Deportes

    Deme tres puntos, por caridad

    Todos los años, a estas alturas de la película, va y, cuando hacemos recuento, nos faltan tres puntos, oye. Da igual que sea año bisiesto, de bienes por las nieves o año Mariano: nuestros tres puntos están a su bola, ocupados en sus cosas, en su año sidéreo particular que viene coincidiendo, más o menos, con el lugar exacto en donde Cristo perdió el gorro, algo así como a mil años luz de donde nosotros quisiéramos que estuvieran, en la Cara Oculta de la Luna que diría Roger Waters, o quizá con las llaves, matarilerilerile, pero nunca en donde deberían estar, matarilerilerón chimpón.

    Y es lo que pasa cuando vas derrochando los puntos en juego por ahí, sin control, a lo largo de la temporada: que al final, cuando más los necesitas ya no te queda otra que reprocharle al amarrategui que llevas dentro todas aquellas tardes que pensaste que uno era mejor que tres, pertrechaste a los tuyos para recibirlas de todos los colores, sabores y tamaños y, entre los dos a los que renunciaste de mano y el que no supiste defender como hombre aunque ahora lo llores como mujer (y mira que te advirtió Boabdil) saliste del envite con la misma cara que se le queda a uno la primera vez que escucha "Your Favorite Things" de Coltrane: sabes cómo te digo, ¿no?

    Si a esos le sumas el que voló por los imponderables, el del día tonto, el del tonto del día, el del “ataque de entrenador”, diez o doce que se esfuman gracias al lumbreras con mando que ratifica al entrenador con el agua al cuello el sábado y coloca a su cuñado en el banquillo al domingo siguiente…; claro: al final no salen las cuentas: y eso si llegas vivo para contarlo después de tanto dispendio. Así que nada: a los hijos del rock and roll bienvenidos a la cuestación de fin de campaña: ¡deme tres puntitos por caridad, que no me llega para final de temporada!

    Deme tres puntos, por caridad

    Buscamos puntos debajo de las piedras: a nuestro rival en el último partido le pedimos que relaje la pestaña, total ya no se juega nada en el envite y el cuento de la pureza de la competición, el escudo y la historia de su club no son más que paparruchas, argumentos vacíos para que los entrenadores populistas se luzcan ante las cámaras. Al que juega contra nuestro rival por el objetivo, en cambio, le exigimos profesionalidad, amor por unos colores, lucha, brega, sudor, sangre, lágrimas: ¡ÉPICA!; y todo esto sin ponernos colorados, lo que le da más mérito aún al envite.

    Esto es el fútbol, niños: la incoherencia, la cháchara por la cháchara. El hablar por no callar, la viga en el ojo ajeno que se cambia por paja según sople el viento. Las conversaciones interminables alrededor de una cerveza, la polémica, kilómetros de coche, horas de colas, lo etéreo, la defensa a capa y espada de posiciones indefendibles, la mano extendida pidiendo caridad ante lo que te viene encima como el que ruega a los hados que hagan evaporarse el colegio ante el examen final que se aproxima. Y, después de todo esto, y de lo que se me olvida, el juego.

    Dicen que la tecnología va a aterrizar en el fútbol. Si con su llegada se me va a escapar la polémica mejor que el halcón se quede en Roland Garros.

    Como poco.

     

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