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Mirando pasar la vida
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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 26
    Diciembre
    2016

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    SOCIEDAD Oviedo

    Franco y la calle, un cuento en Navidad

    Hubo, en un país nada lejano, un dictador que pensaba y sostenía que la calle era suya. Y la sumisión del pueblo, garantizada por las armas y disfrazada de amor filial por la propaganda, le tenía casi convencido de que efectivamente era un caudillo.
    Tras un tramo de historia, largo, largo, cuando el prócer falleció y se fueron apagando los ecos de los lloros y lamentos del pueblo dirigido, empezaron a oírse los gritos del subsuelo, la palabra oculta y soterrada, las voces tanto tiempo calladas por mordazas, miedos o intereses. Otra verdad de signo contrario afloraba en la patria, que iba arrinconando a la verdad oficial que tanto había resplandecido hacía tan poco...
    Y la vida siguió por el curso que le fueron labrando los hombres de labor, los ingenieros de ideas y proyectos que saben mover los hilos que llegan al corazón de la ciudadanía. Y el país se levantó y creció; y se pronunció muchas veces en las urnas, que es donde el clamor popular se convierte en la palabra calma del pueblo reflexivo; y nadie, en su sano juicio y sin intereses bastardos que defender, podrá negar que aquel pueblo se colocó, siempre y en su inmensa mayoría, tras la bandera de la democracia e hizo de ella el primer símbolo de presente y de futuro...

    Sin embargo, tras uno de esos regates que la vida hace a la historia, muchos años después de aquel amanecer de democracia, enterrado ya el régimen opresor en un pasado lejano al que nadie se planteaba regresar, y retirados su simbología e ideario de los organismos oficiales, algunos políticos empezaron a orquestar movimientos para borrar del mobiliario urbano cualquier vestigio de aquel trozo de tiempo que perduraba en forma de pinturas, esculturas, nombres de calles y de edificios, etc... Esto, como casi todo, pareció bien a unos y mal a otros, y los pueblos y ciudades de aquel reino se llenaron de voces desabridas, unas defendiendo la piqueta y otras, su derecho a conservar calles y plazas con los nombres que siempre habían tenido y que, en muchos casos, ni siquiera sabían a qué hombres habían pertenecido en un tiempo que no era el suyo...

    Un día, en Navidad, en la plaza de un pueblo, apareció un pliego de papel en el tablón de los anuncios: era una carta escrita por un cronista ocasional y dirigida a los Reyes Magos, a Papá Noel y a cualquier ser sobrenatural capaz de enderezar los caminos de la historia e insuflar concordia en los humanos... Les pedía que hiciera ver a todos los habitantes que no conviene mirar tanto atrás para poder llegar lejos, pues el futuro está siempre por delante del presente; que reparen en que más que borrar el pasado, conviene conocerlo y tenerlo bien presente en la memoria para no tomar desvíos de intolerancias y pleitos absurdos, parecidos a los que llevaron a sus mayores a territorios de tanto sufrimiento; que piensen si no se podría indultar de la piqueta a una estatua en una plaza, o a una placa con un nombre en una calle, por el mero hecho de constituir el soporte del recuerdo de tantos juegos, tantas citas, tanta vida en sus entornos; que reparen, en fin, que al régimen de Franco -y a los de tantos reyes y tiranos que a lo largo de la historia han sido- los ha juzgado y condenado el pueblo de forma taxativa e incontrovertible, porque su ideario se contrapone frontalmente con los valores sobre los que hoy se quiere cimentar la convivencia; por lo que, quizás, desandar el camino para derribar lo que nadie quiere construir, sea mas bien tontería e incordio gratuito que empresa de provecho.

     

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