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Sexo y filosofía

Vladimir Jankélévitch y su Curso de filosofía moral

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Sexo y filosofía  

SILVERIO SÁNCHEZ CORREDERA Vladimir Jankélévitch no habla directamente de sexo en su Curso de filosofía moral, pero sí podemos encontrarlo como una de sus líneas argumentales al recorrer su arquitectura lógica.

¿Por qué muchas filosofías desconfían del sexo e incluso llegan a ser sus enemigas declaradas?

Por lo que parece, no es el sexo como tal, sino los problemas que arrastra el cuerpo (frente al espíritu), la voluptuosidad (frente a la dicha, mucho más depurada), la felicidad (frente a la virtud del deber cumplido, premio aún mayor), el hedonismo (frente al ascetismo, mucho más de fiar), y, en definitiva, el mal como principio de tentación que utiliza los placeres (frente al bien, que salva tales obstáculos).

Dos tipos de filosofías se han enfrentado desde sus mismos comienzos, unas a favor y otras en contra de los placeres corpóreos. Los cirenaicos y los epicúreos se han distinguido por salvar los placeres corpóreos, pero también, el eudemonismo de la filosofía griega en general, que puso en el logro de la felicidad el objetivo de toda vida racional (Aristóteles dixit).

A partir de aquí la saga de los materialistas hedonistas no ha cesado de defender los méritos del cuerpo, como Onfray nos recuerda en su reciente contrahistoria de la filosofía. Pero desde la Antigüedad cristiana se tratará de sistemas morales marginados, porque toda una tradición animadversa y potente se ha desplegado contra el ingenuo y natural hedonismo. Los estoicos, los neoplatónicos, la filosofía cristiana que arranca de los Padres de la Iglesia hasta llegar a los filósofos modernos racionalistas (Descartes, Malebranche, Pascal, los port-royalistas y los moralistas del siglo XVIII, y su culmen con el riguroso imperativo moral kantiano) se han afanado bien en la higiene necesaria que la inteligencia debe acometer sobre las pasiones hasta el punto de tender a su destrucción.

Si nos volvemos un poco exigentes, y salimos de este maniqueísmo argumental en el que estamos (el de bien-mal correlativo de espíritu-cuerpo), tendremos que reconocer que los mejores sistemas morales, entre los cuales los de Platón, Aristóteles y Spinoza son un ejemplo de búsqueda del equilibrio entre las necesidades del cuerpo y los deberes del espíritu. Mucho mejor aún cuando, en Spinoza, espíritu y cuerpo se unen en el «conatus» o deseo de todo lo que existe y ambos fenómenos no son más que modos de expresarse una misma realidad sustancial.

Pero ante el éxito histórico del rigorismo frente al hedonismo cabe preguntar: ¿qué razones han podido tener las filosofías contra los placeres del cuerpo? ¿No se adivinan razones antinaturales? Tengamos en cuenta que no se trata ahora de oponerse a extremismos como el sadismo o el masoquismo: ¿quién no va a defender que vale más el altruismo o el sano amor propio? Se trata de entender por qué el necesario ascetismo se ha visto convertido en ascetismo puro, pureza que en muchas sabidurías orientales ha sido elevada prácticamente a la mayor de las virtudes.

Veamos el porqué del valor del ascetismo. La vida moral requiere un esfuerzo de estilización de la vida natural; hasta para ser felices necesitamos de una estética, de una depuración, de una distancia de lo fácil y de lo grosero. Casi todos los filósofos estarían de acuerdo con esto.

Además, los ritmos de la vida se organizan al menos en dos planos: los de la «bios» o vida orgánica y los de la «zoé» o vida espiritual. Mientras que la «bios» establece sus tendencias en un plano, la «zoé» los articula en otro, pero de manera que en múltiples ocasiones el espíritu vive los imperativos biológicos como una pesada carga que tiene que sobrellevar. Fácil será hacer creer al espíritu que el cuerpo es su enemigo.

Todos los sistemas morales defienden la prudencia. Y el prudente sabe que para seguir siéndolo ha de ser también templado, moderado y, en concreto, que reprimir y postergar el placer es signo de acierto y la condición de una felicidad verdadera.

Con estas premisas argumentales, que son territorio común de la mayor parte de las filosofías, no hace falta más que llegar al punto de inflexión en el que se identifica el mal con lo corpóreo y el bien con el camino del espíritu, para que la búsqueda del equilibrio deje paso a la ascética del cuerpo y al imperativo absoluto del deber diseñado siempre frente a los instintos, los apetitos y las pasiones, porque éstos serían enemigos de todo deber moral. Y entonces ya no se tratará de búsqueda de equilibrio, sino de renuncia, de huida del pecado, de abnegación, de purificación y de ascesis como objetivo en sí mismo. Y bajo este esquema el sexo se nos presenta como una amenaza mortal.

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