29 de septiembre de 2016
29.09.2016
De cabeza

La incredulidad

A propósito de las características comunes entre la religión y el fútbol

29.09.2016 | 03:48
La incredulidad

Una de las razones de la buena salud del fútbol es su condición de religión. Pero cada creyente expresa su fervor o su escepticismo a su manera. La postura del entrenador, como la del jugador, es en principio una postura compleja: lo mismo creen en un proyecto que son admirados y seguidos por miles de devotos. Es raro ser un profesional y mantener al mismo tiempo la candidez de la fe. Desde este punto de vista, el fútbol es una religión cada vez con más creyentes no practicantes. La fidelidad a unos colores corresponde casi en exclusiva a la grada. Casos como el de Francesco Totti, capitanísimo de la Roma que acaba de cumplir 40 años sin haber abandonado nunca el club de sus amores, parecen más propios de un hincha que de un futbolista. Totti, a la luz del fútbol actual, es una especie de santo laico.

Lo que ayer era habitual, hoy es un milagro: ser fiel toda una vida a un mismo equipo. Totti es casi un santo pues su lealtad es prácticamente un prodigio.

Dijo Fernando Hierro tras perder contra el Reus que, si ahora dejamos de creer, estamos muertos. En la afirmación del entrenador azul hay, qué duda cabe, una profesión de fe. Sabedor como es por su dilatada experiencia que, en tiempos de tormenta, conviene no hacer mudanza. Los técnicos tienen una manera muy concreta de expresar su credulidad: ser constantes y perseverantes en la alineación que deciden domingo a domingo. No hay expresión de fe más cotidiana que poder citar al equipo titular de carrerilla. Los cambios continuos en el once de salida, más allá de la clásica justificación de rotaciones y descansos por un calendario apretado, son el síntoma de una creciente desconfianza que suele desembocar en una evidente incredulidad. En un campo ya histórico para la memoria azul, el Oviedo saltó a jugar contra el Cádiz en plena crisis de fe. En cuatro días escasos, Hierro modificó la alineación ostensiblemente con respecto al partido anterior. Cuando escuché que del equipo inicial se caían jugadores como David Fernández, Michu y Susaeta, busqué desesperadamente un rosario y un misal. Sin embargo, como ya saben ustedes, la supuesta crisis se convirtió enseguida en una fiesta. Es lo que tiene el fútbol: una vuelta al día en ochenta mundos, que diría Julio Cortázar. En realidad se trataba de algo mucho más sencillo: de adaptarse a las necesidades puntuales del encuentro y de contrarrestar las virtudes del rival. En cuanto a mí: no se fíen demasiado. Paso del fervor al ateísmo, y viceversa, con suma facilidad. Vamos, lo que se dice una oveja descarriada, un hijo pródigo, un alma en pena.

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