El trasluz

Luego empezó a llover

12.07.2009 | 02:00
Luego empezó a llover
Luego empezó a llover

En la mesa de al lado a la que yo consumía mi gin tonic un hombre y una mujer mantenían la siguiente conversación:


-Cuando me casé con tu hermana -decía él-, no podía imaginar que entre tú y yo pudiera surgir esto.


-Dices «esto» como si hubiera algo -respondía ella.


-Si no hubiera nada -añadía él-, de qué íbamos a estar tomándonos una copa a media tarde, solos, casi a escondidas.


-Pues entonces -concluía ella-, paga y vámonos.


El hombre echaba mano a la cartera, pero no la llevaba encima. Tras el desconcierto inicial, le pidió a ella que se hiciera cargo de la cuenta. Pero ella había salido de casa sin el bolso. Entonces me ofrecí a invitarlos. No, por favor, dijeron. Sí, por favor, dije yo, hoy por ti, mañana por mí. Como no tenían más remedio, me dieron las gracias, dijeron al camarero que yo me haría cargo de su nota y salieron del establecimiento lanzando miradas huidizas a uno y otro lados, como dos adúlteros novatos o con sentimiento de culpa.


Su mesa fue ocupada por otra pareja, también de adúlteros, pero con más experiencia y sin sentimiento de culpa. Se trataba de un adulterio tan prolongado que parecía un matrimonio, por lo que no era raro escuchar de ella o de él observaciones o reproches característicos de un esposo o de una esposa. Me pareció que no tenían interés alguno, por lo que pedí la cuenta con intención de irme a escuchar conversaciones a otro sitio.


Al echar mano de la cartera, me di cuenta de que la había olvidado en casa. Tras cavilar unos instantes sobre la situación, me dirigí a la pareja de adúlteros recién llegada explicándoles mi caso y pidiéndoles que me invitaran (omití que a mi consumición había que añadir la otra). Los adúlteros me miraron de arriba abajo, para cerciorarse de que no era un indigente, y aceptaron pagar mi cuenta con la expresión del que te perdona la vida. Di las gracias, salí y pasé por delante de un coche donde había una pareja besándose. Me detuve un instante para observar y resultaron ser los cuñados a los que había invitado yo. El hombre abrió los ojos, me miró y yo levanté el pulgar en señal de éxito y de enhorabuena. Luego empezó a llover.

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