De fábula 

El "prao" del roble

29.04.2008 | 15:08

El domingo por la mañana quedamos con una amiga en una cafetería de La Magdalena llamada «El roble», y fue inevitable? el nombre me devolvió a mi infancia en «el prao del roble». Ahora la cafetería ocupa una parte de aquel escenario de mis juegos, el resto está habitado por edificios y algún que otro jardincillo.
«El prao del roble» eran las tardes templadas y la brisa suave. Ir de merienda con los amigos, en libertad (a cien metros de la ventana de la cocina y la mirada ocasional de mi madre). Era la ropa bailando en los tendales de las vecinas de la calle. Los colchones de lana que se «variaban» al llegar el buen tiempo, siempre en compañía, ayudándose unas a otras. Era las vacas de Constante recogiéndose al atardecer y tirando invariablemente la cabaña de cartones que habíamos estado construyendo ilusionados durante horas. Eran las tardes de los domingos en que las mujeres jugaban a la lotería en una ancha acera junto al prado, un territorio que a los niños nos estaba prohibido en aquellos momentos para no interrumpir el juego. Recuerdo cómo me gustaba oír cantar: «Los dos patitos, la niña bonita?». Y cómo me sentía orgullosa de saber que eran el 22, el 15?
«El prao del roble» era rodar por una diminuta cuesta, la hierba en los pies cuando nadie nos veía descalzarnos, las carreras, «la queda», los indios, las confidencias, los grillos? el sol y las nubes navegando despacio por aquel mar lejano. Despacio como el tiempo que pasaba, con la seguridad de que mañana sería exactamente igual, exactamente la misma placidez y la misma sensación de que la vida era eterna y seguiría siempre así.
«El prao del roble» era la piedra que hizo que dos vecinas se dejasen de hablar durante un tiempo y que a mi (tenía entonces cinco años) un enfermero de «La Casa de Socorro» me diese seis puntos de sutura en la frente mientras me preguntaba que cómo se llamaba mi novio y yo respondía a gritos que Pedro, a la vez que mi padre se mareaba sentado en un banco por la impresión de la sangre.
Era también las historias que los mayores contaban en voz baja sobre una guerra y una «finca Pedregal» que yo no conocía. La sensación de que todas las casas eran tu casa aunque no hubiese niños en ellas. Era el pan con chocolate o con mantequilla y azúcar por las tardes. Las bolas de anís de la tienda de «María Rodes» o los «Tigretones» del «Chigrín». Quizás fuese sólo una gran mentira infantil, pero es la mentira que recuerdo
Yo era una niña, una niña pequeña que no vivía en un entorno bucólico pero que no creía que hubiese mejor universo que el suyo. Fuera de mi mundo (más allá de los arroyos que bordeaban «el prao del roble») habían hecho calles y aceras sin sentido, sin sentido para mí que imaginaba que un «polígono» consista en hacer carreteras que no iban a ningún sitio en medio de los prados, era totalmente absurdo. Y crecí, y empecé a ver levantarse edificios junto a aquellas aceras, y empezaron a pasar coches por aquellas calles, y a venir gente. Y yo me fui, a vivir a otro lugar, con calles, aceras y edificios parecidos a los del «polígono» posiblemente edificados en los prados de la infancia de otros niños. Y allí dejé la mía, como un tesoro, enterrada a veintidós pasos de la cuadra de Constante, bajo el bálago de hierba, posiblemente muy cerca de los cimientos sobre los que el domingo me sentaba en una silla de la cafetería «El roble».
Y fue inevitable, sentarme en aquella silla, y mi infancia volvió a mí?

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