08 de septiembre de 2016
08.09.2016

Una Chavalina captada

Los 23 conciertos que ha dado la OSPA en un cuarto de siglo en Llanes

16.09.2016 | 15:24
Una Chavalina captada

Cuando nació en 1991, la Orquesta Sinfónica del Principado fue calificada de "Torre de Babel", una original ocurrencia para etiquetar un proyecto sin parangón en España. El autor del calificativo fue Víctor Manuel Burell, crítico musical de estricta trayectoria, temido y poco dado a regalar alabanzas, quien, desde las páginas de "Cinco Días", presentaba a la nueva formación como una ilusionante iniciativa. Hecho con mimbres deliberadamente internacionales (jóvenes profesionales españoles junto a colegas de Europa, América, Asia y Oriente Medio, a los que se unirían, poco después, varios profesores del grupo de los Virtuosos de Moscú), el conjunto instrumental estaba destinado de mano a convertirse en un potente icono de la Asturias moderna.

Hoy no sólo es una referencia capaz de proyectarse al mundo, sino también un eficaz instrumento de divulgación de los clásicos, lo que ha venido a dar a un buen número de ayuntamientos, a lo largo de los últimos veinticinco años, la oportunidad de sustanciar sus programas culturales con un tono de universalidad, que trasciende de lo puramente local o regional. Merced a la OSPA, en los rincones de Asturias alejados de la centralidad se puede disfrutar de la música sinfónica, comúnmente circunscrita a las áreas urbanas o metropolitanas, haciendo más fácil la articulación de lo local (prioridad inexcusable, siempre, de los centros culturales municipales) y lo universal.

Desde su fundación, ya lleva ya ofrecidos 23 conciertos en la villa de Ángel de la Moría (sólo faltó en 2012, 2013 y 2015).

La onda expansiva de su labor, que logra captar nuevos públicos cada año (lo que tiene que ver, en último término, con la idea de la democratización de la cultura), le ha llegado este verano a una destinataria de excepción: Isabel Batalla Gómez, una dama llanisca por cuyas venas corre el ADN de los Raposos, familia de mucho peso sociológico aquí. La Chavalina, que así es como conocemos todos a Isabel, concentra en su currículum las constantes que se han venido dando en las mujeres de Llanes a lo largo del siglo XX: empezó a trabajar, en plena adolescencia, en la fábrica de conservas de Llerandi, vendió pescado por las calles y se fue moldeando según el arquetipo femenino vinculado al trabajo sin cuento y a la dignidad de la supervivencia. Con la vista puesta en la mar, su única música aprendida fue la del bramido del oleaje golpeando la Barra y la de la sirena de la Rula. Se casó con un pescador, Ramón Batalla Díaz, de quien enviudó hace ya bastantes años; anduvo a la angula y al ocle, y en los atardeceres, junto a su marido, echaba la xuglera, pero en ninguno de esos años de toda una vida, tuvo tiempo ni ocasión de asistir a un concierto.

Por fin, el pasado 17 de junio, la Chavalina descubrió el universo sinfónico, en un día en el que la OSPA inauguraba el programa estival de la Casa de Cultura de Llanes con una actuación dirigida por Rossen Milanov en la basílica de Santa María. La antigua pescadera (iluminada su mirada de 85 años, expectante como la de una cría) estaba entre las 500 personas que llenaban el templo parroquial. Bajo la batuta del maestro búlgaro fueron sonando composiciones de Bach, Mozart, Beethoven, Mahler, Grieg, Brahms?, y toda aquella alegre novedad se le fue mezclando a la Chavalina en el alma con el rumor eterno de la mar y el chiflido de la vieja Lonja.

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